Por Christian Hiyane Yzena
Conoce el procedimiento de la celebración del Obón, los tres días en que los parientes nos visitan y se reúnen en casa para sentirnos, vernos y cerciorarse de que los seguimos recordando a pesar de su ausencia física. Prepara el soba y tempuras, y disfruta al hacerlos. Cocina el arroz sin sal porque a «Obaa le gusta así. Ella nunca quiso tener empleada, sino que todo lo hiciésemos nosotros mismos».
Pero hay más. Aunque el ojii ya no les acompaña, se sigue la tradición de Año Nuevo: lavar todas las herramientas, entre tractores, vehículos y utensilios y agradecer por tener siempre trabajo y un plato de comida en casa. Se hace ofrendas, se les sirve alimentos y se ruega por el bienestar. Al estilo japonés.
Formar parte de una familia nikkei sin serlo ya debe ser un reto. Aunque con el tiempo las cosas se han distendido y la presión parece haber bajado pese a que las costumbres y el arropo cultural suele ser distinto. «Tuve miedo al comienzo pero nunca sufrí algún rechazo. Siempre me aceptaron», dice sonriendo Pilar Aguirre Centurión (42), casada con Daniel Fukuhara Yagui (53) desde hace 15 años.
Ambos se dedican al cultivo de flores. Aunque es un simple cumplido porque todos sabemos que la faena materna es un pacto imperecedero. Los Fukuhara Aguirre tienen tres hijos: Akemi (14), Tomoyoshi (10) y Kiyomi (8). Ellos estudian en el colegio Hideyo Noguchi de Chacra Cerro. «La siembra en sí no es tan laborioso, pero lidiar con el sol es complicado», sostiene. El rubor natural en sus mejillas corrobora lo que dice.
Cuando recién se casaron, el trabajo fue compartido. Ella en una farmacia y él en la siembra de claveles. Había asistido a una beca sobre manejo de plantas en Okinawa. En los momentos libres empaquetaba las flores porque se ofrecían en el Mercado Santa Rosa. Sus suegros, Choichiro Fukuhara y Kiyoko Yagui, se dedicaban a la crianza de aves de corral.
Un momento complicado
Nació Akemi, la responsabilidad creció y Pilar eligió dejar el empleo y dedicarse a su hija. Tiempo más tarde, la vida tomó otro rumbo con el accidente vascular que sufrió la obaa. Entonces, los roles familiares se replantearon. Con el apoyo de sus cuñados pudieron asimilar el momento. «La obachita está al tanto de todo. Ella solo observa por su estado. Quiere mucho a Akemi, su primera nieta, porque la cuidó por casi año y medio», confiesa.
Tener a tres chicos bajo su mando no es sencillo. Hay la garantía de que son tranquilos, aunque Akemi está creciendo y sus ideas van adquiriendo independencia. En la adolescencia, uno termina cuestionando todo, «¿por qué esto, por qué el otro?»; cursa el cuarto de secundaria y está convencida de que su vocación está compartida entre Economía o Medicina. Mientras tanto, no descuida sus clases de inglés y francés.
La venta de flores ha subido por la temporada. Ahora, además del campo de Chacra Cerro, tienen otro más abierto en Chancay. La razón: la creciente urbanización del campo que cada vez está perdiendo más terreno y la demanda de servicios básicos como el agua están perjudicando a los productores de flores de la zona. «Esa cercanía con las casas estresan a la plantas que necesitan crecer en un ambiente más sosegado. Y se nota porque a diferencia de las flores de Chancay, las de aquí tardan más en crecer», confiesa doña Pilar.
Chacra Cerro, Chancay
En Chacra Cerro, lo que se está haciendo es sacar los esquejes (semillas) para después sembrarlas en Chancay. Tienen riego mecanizado y están protegidos en viveros. No solo son claveles sino también crisantemos. La rutina del trabajo ha fortalecido a la familia.
«Siempre he vivido con tranquilidad y somos unidos. Me siento feliz. Quizás un momento complicado fue cuando la oba pasó por ese momento difícil. He visto que otras parejas de peruanos con descendientes han tenido dificultades, pero no ha sido mi caso. Aprendí nuevas cosas de una cultura donde importa mucho la honestidad y la lealtad», refiere.
Mamá de tres niños, esposa dilecta y nuera comprensiva. A pesar de los años, sigue admirando a su pareja como la primera vez, destacando su inteligencia y su calidad como persona. «Tengo que aceptar que a veces es renegón, pero es su forma de ser. Mi hija Akemi parece haber heredado eso», agrega.