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Un samurái a punto de ser beatificado

Por: Christian Hiyane Yzena 

Lo tenía todo pero prefirió abandonar su posición económica y social antes que renunciar a su fe católica, así como a vastos ejércitos subordinados a sus órdenes. Esta es la historia del samurái Takayama Ukon cuyo martirio fue reconocido por el papa Francisco el pasado 22 de enero, lo que le permite seguir el proceso de beatificación, aunque la petición ya se encontraba en agenda desde Benedicto XVI, quien al tomar conocimiento de la solicitud mencionó en su momento que podría hacerse «una consideración especial».

«Él ha dado un gran testimonio de la fe cristiana durante el periodo de la persecución de Japón, en la historia del cristianismo en Japón, podríamos decir. Primero mantuvo su fe (...) sin dejarse embaucar, sin una riqueza temporal. Siguió a Jesucristo en todas las circunstancias y vivió una vida cristiana siguiendo el evangelio», señala el monseñor Joseph Mitsuaki Takami, obispo de la histórica prefectura de Nagasaki y promotor del acopio de información para la solicitud de beatificación de Ukon ante el papa. 

Entre el catolicismo y el budismo

Nacido en 1552, Takayama perteneció a los Daimio, clase gobernante de los reinos feudales, y fue un converso japonés que por su poder protegió a los cristianos y misioneros jesuitas, y trabajó incansablemente en las actividades misioneras dentro de ese país. En 1576, construyó la primera iglesia de Kyoto, que albergó a cientos de misioneros y de la que hoy solo queda la campana. 

Su influencia y poder lo llevó a relacionarse con dos de los shogunes que tuvieron un papel importante en la unificación de Japón: Oda Obunaga y Toyotomi Hideyoshi. 

Fue bautizado por su padre Tomoteru como Justo por el sacerdote jesuita, P. Gaspare di Lella. La familia Takayama partió al exilio apenas el canciller japonés Toyotomi Hideyoshi inició la persecución contra los cristianos de manera implacable, expulsando a los misioneros y forzando a los católicos japoneses a que abandonen la fe.

Según el periodista Pablo J. Ginés de la página Religión en Libertad, Takayama llevó al castillo Sawa, lugar en el que vivía, a un sacerdote católico por orden de su padre, «un hombre con inquietudes religiosas, que quería debatir las virtudes del budismo con un sabio cristiano». El debate convenció a Tomoteru, quien después de un análisis detenido, convirtió a toda su familia al catolicismo, entre ellos, al joven Takayama, cuyo verdadero nombre era Hikogoro Shigetomo. 

Pese a que otros samurái lo conminaron a reconsiderar su decisión y a acatar la decisión imperial, prefirió abandonar lo material, cultivar su fe y continuar profesando la religión católica. Este ejemplo de desprendimiento conjuntamente con otras causales fueron anexados a la solicitud de unas 400 páginas que presentó la Conferencia Episcopal Japonesa a la Congregación para las Causas de los Santos. 

Implacable persecución

El sacerdote Anton Witwer, postulador general de la Compañía de Jesús (jesuitas), aseguró que el samurái sirve como ejemplo de «gran fidelidad a la vocación cristiana, perseverando a pesar de todas las dificultades (…) Eligió la pobreza para ser fiel a la vida cristiana y durante años vivió bajo la protección de amigos aristocráticos, llevando así una vida digna (…). Era un noble, una persona conocida».

La persecución fue tal que se condenaron a muerte a 26 católicos japoneses y extranjeros que terminaron crucificados el 5 de febrero de 1597. Takayama, entonces con 45 años, decidió viajar a la ciudad de Manila con su familia y 300 católicos japoneses más. La prohibición del cristianismo en 1614 por el shogun Ieyasu Tokugawa aceleró la idea de dejar el archipiélago e instalarse definitivamente en Filipinas.

El llamado «Samurái de Cristo» dejó sentada su posición como católico y le respondió a Tokugawa con la siguiente afirmación: «No voy a luchar con armas o espadas, solo tendré paciencia y fe de acuerdo con las enseñanzas de mi Señor y Salvador, Jesucristo», según refiere Ginés. Así, en 1614, tres barcos con cristianos japoneses zarparon de la isla, dos hacia Macao, Portugal y uno hacia Manila.

En la capital de Filipinas, dentro de la plaza principal, se levantó una escultura en homenaje a Ukon con la cruz en sus manos. En Japón los católicos peregrinan en los lugares donde «vivió, luchó y rezó», y esperan con expectativa la beatificación del guerrero de quien admiran su ejemplar conducta y coherencia espiritual.

Enemigo de la violencia

Cuando frisaba los 26 años, Ukon Takayama tuvo como invitado dentro de su castillo Takasuki a un sujeto de apellido Murashige, quien por entonces no se llevaba bien con el poderoso Nobunaga. Un ejército de este llegó hasta al fortín pidiendo la cabeza del huésped. Si no lo entregaban la respuesta sería sangrienta y con un alto número de víctimas. Ante esta situación, Takayama se rapó el pelo y se vistió de monje budista para entregarse en lugar de Murashige, y evitó así un trágico final. Nobunaga quedó impactado con esa demostración de valentía y lo premió, quien lo diría, con su confianza, algo que en nuestro país, por ejemplo, se encuentra devaluado.