Por: Christian Hiyane Yzena
El mito del Inkarri, el dios del mundo andino, que en la lectura ordinaria se conoce como el descuartizamiento del cuerpo de un inca cuyas partes luego se reunirían para iniciar un nuevo periodo de resurgimiento del Imperio inca, parece blindarse. Las últimas investigaciones apuntan a arrebatarle el significado mesiánico que ostentaba esta leyenda para cederle paso a interpretaciones más reales y menos sagradas.
Intelectuales e investigadores han buscado acercarse a la realidad del mito (cuyo nombre proviene del quechua (inqa) y español (rey) abstrayéndose del perfil fantástico y bregando más bien por lo simbólico.
Fue el escritor costumbrista José María Arguedas uno de los que investigó el tema, aunque después se supo que el interés que guardaba estaba relacionado con el acopio de información en torno al mestizaje colonial.
En esencia, el Inkarri encarnó el dolor de la conquista hispánica y el fracaso de la continuidad del modelo del Tawantinsuyo, pero con la convicción de que en algún momento todo volvería a ser como antes. Esa tristeza por lo perdido y cruelmente despojado tomó congruencia mediante la afirmación de un personaje mítico que luego sería utilizado para fines estrictamente políticos como fue en la época velasquista. Así, es evidente su aprovechamiento coyuntural de acuerdo a los intereses de una minoría en el poder.
Aquí adquiere especial protagonismo la labor del andinista japonés Hiroyasu Tomoeda (Kumamoto, 1935 - Osaka, 2009), quien gracias al trabajo de campo que realizó desde 1959 en Huánuco y Ayacucho prefirió desmitificar el Inkarri hasta que se convirtió en un tratado progresista, especialmente por la oportunidad que tienen los indígenas de leer y comprender los textos.
Según la interpretación de muchos, en el caso de la separación de las extremidades y la cabeza del cuerpo del inca, este no sería otro que Atahualpa, el último de los soberanos de la dinastía Hanan Cusco, y el degollamiento se le atribuye a Francisco Pizarro. Según esta versión, el proceso estaba incompleto, y se daba por descontado que existirá una resurrección, que revitalizaría a los indígenas del maltrato que padecieron.
Para muchos, la autoría del mito del Inkarri recayó en José María Arguedas. Esto, sin embargo, es errado, pues quien primero se refirió a dicho mito fue el escritor boliviano Mario Unzueta en su obra Valle (1945), aunque no se detuvo a desarrollar el tema ni le dio mayor espacio.
Sobre las conclusiones a las que llega Tomoeda, puede decirse que engarzan muy bien con el trabajo de Carlos Iván Degregori respecto al valor simbólico del mito con fines de reivindicación social. Por momentos, el investigador peruano explica que este proceso estaba vinculado subrepticiamente con las modificaciones educativas impulsadas por los mismos indígenas en la década del 70 para no hablar del Inkarri después del informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR).
Tomoeda ha sido muy cuidadoso con las versiones que en los últimos años han argumentado jóvenes sociólogos e investigadores en medio de un boom explicable sobre los orígenes de las leyendas que le han seguido al desmembramiento del Imperio incaico. En su momento, recomendó no fiarse de ellos y más bien profundizar la labor in situ y aprender los idiomas quechua y aimara. El mito dentro del mito, donde todo aún está por empezar y nada es definitivo.
La genealogía del Inkarri de Tomoeda
El cruce de información recogida en 50 versiones del Inkarri, le permitieron al especialista nipón hablar con autoridad de un tema pocas veces abordado por los peruanos. Hasta donde sabemos, los libros educativos de historia estaban más familiarizados con dos leyendas centrales en torno a la fundación del Imperio incaico: la de Manco Cápac y Mama Ocllo, y la de los hermanos Ayar. La difusión casi inexistente del Inkarri probablemente nos lleve a considerar que no hay nada concluyente al respecto, pero posee una configuración emocional que ensalza a la dinastía incaica y a sus herederos, y aún hoy juega un papel importante en el entendimiento de nuestra embrionaria historia.
Ese rescate animó a Tomoeda a construir una genealogía incaica en un momento crucial para el país que discutía la «desindigenización», aunque de círculos bastante cuestionables, que parecían estar convencidos de que saltarse el obstáculo puede aligerar la ceguera del país como proyecto. De esa manera pasamos de indigenista a andinista. El investigador insistió y lo que finalmente tenemos es un trabajo honesto y decoroso.
«La genealogía del Inkarri de Tomoeda es refrescante, puesto que se contrapone a varios discursos vigentes que han intentado explicar las transformaciones culturales y sociales del Perú contemporáneo. Entre los más difundidos, se encuentran el discurso celebratorio de la "andinización" y los discursos denigratorios "chichaficación" y "combificación", que en buena medida han reemplazado al discurso indigenista, en vista de que supuestamente el Perú se ha "desindigenizado", señaló el artista Emilio Fernández.
Las conclusiones de Tomoeda son claras en tanto trata de desmitificar lo que parece haberse nutrido de casta en casta, pero que anda bastante lejos de ser unificador. La idea de la decapitación del inca es mayoritaria, pero la recomposición del cuerpo no lo es tanto, y existe un dios por encima de este al que le guarda sujeción. El Inkarri, finalmente, parece haberse humanizado.
Condecorado por el Congreso
Hiroyasu Tomoeda dejó un valioso legado desde que se interesó por la vida y la cultura andina del Perú en 1963. Entre sus libros destacan El toro y el cóndor y Entre Dios y el Diablo. Magia y poder en la costa norte del Perú, que también contiene ensayos de Luis Millones y Tatsuhiko Fujii. Asimismo, sobresale su importante colección etnofotográfica, que suma más de 45 mil imágenes en las que retrata al poblador de Caqui-Copacabana. Este material, que fue una publicación póstuma promovida por su amigo y también antropólogo Takahiro Kato, hoy forma parte del archivo de la universidad japonesa de Nanzan.
En marzo del 2009, fue condecorado por el Congreso de la República con la Medalla de Honor en el grado de Gran Oficial. «Gracias a sus estudios comparativos sobre la originalidad de la cultura andina y japonesa, y sobre el encuentro de ambas, han hecho que los lazos de amistad y hermandad entre el Perú y Japón se estrechen, y la cooperación académica permita nuevos y mayores proyectos de investigación y de acción comunitaria», señaló Javier Velásquez Quesquén, por entonces presidente del Legislativo.