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«La beca es un punto de inflexión en mi vida»

Gracias a las becas otorgadas tanto por la prefectura de Okinawa y los distintos Shi Cho y Son, muchos jóvenes conservan y mantienen diversos aspectos culturales que son mostrados dentro y fuera de la colectividad nikkei en nuestro país. Angie Shimabukuro, becaria de Uruma Shi, nos comenta en la siguiente entrevista sus experiencias y anécdotas en la isla.

¿Qué tiempo estuviste becada en Okinawa?

Estuve tres meses, del 2 de setiembre al 30 de noviembre del 2015. Me hospedé en el departamento de mi tía.

¿Qué fue lo primero que te impresionó al llegar?

Me sorprendió la amabilidad, cortesía, hospitalidad y calidez de la gente. Siempre te alientan a continuar y a hacer mejor las cosas. También me impresionó el rigor, disciplina, orden y respeto. El saber vivir en sociedad, pensando siempre en los demás. La paciencia, honradez, sencillez y gratitud; el saber pedir las cosas y la gran capacidad de servicio. La calidad de vida de las personas, el trabajo duro sin dejar de lado el bienestar de uno mismo, el saber darse un tiempo para apreciar los momentos de la vida, desde un almuerzo en familia hasta una puesta de sol. El poder ver la belleza en las cosas simples de la vida. Asimismo, me impresionó la arquitectura y el sistema constructivo, tanto actual como tradicional, de las construcciones, además de los paisajes y la seguridad ciudadana.

¿Qué cursos llevaste?

Llevé curso de nihongo, shanshin, odori, ikebana, shodou y tougei.

¿Qué comida te gustó más?

Me gustó el Okinawa soba.

¿Qué lugares de Okinawa conociste?

El acuario Churaumi, el castillo Shuiri, las ruinas del castillo de Katsuren, las ruinas del castillo de Nakagusuku.

¿Qué actividades apreciaste?

Tsunahiki de Naha, Matsuri Eisa de Uruma shi, Matsuri Kitanakagusuku, JICA Festival, Carnaval en Okinawa shi, la clausura de los becarios de Okinawa shi, Nakagusuku, Kincho, Nishihara.

¿Alguna anécdota durante tu estancia en la isla?

La ciudad de Okinawa tiende a ser sumamente amable con sus habitantes, sobre todo con la población más vulnerable. Por ejemplo, en la intersección vial cerca a la estación de bus en Goya, me llamó la atención que en un momento todos los semáforos se pusiesen en luz roja dando pase al peatón en todos los sentidos de los cruces, incluso hay dos cruces peatonales en diagonal. La señalización de las veredas para los no videntes poseen una textura diferente para indicar la dirección y la aproximación a un cruce. La buena calidad de servicio de los buses, siempre limpios y con conductores muy amables, te saludan, conducen con cuidado, esperan a que uno se siente para poner en marcha el bus y te brindan orientaciones.

Por otro lado está la limpieza de las calles, el sistema para clasificar la basura, la sensibilización hacia los niños sobre el medioambiente. Por ejemplo, un día fuimos a la entrada de una escuela primaria, escuchamos la charla de uno de los profesores sobre cómo y por qué se debe clasificar la basura. Luego nos separaron en cinco grupos, caminamos por las calles recogiendo y clasificando la basura. Llegamos hasta un lugar cerca a la playa, juntamos lo recolectado y se premió al grupo que recolectó más basura. Fue maravilloso ver las caras de alegría de los niños que limpiaban sus calles, y de la gente mayor, que nos miraba y nos daba palabras de ánimo.

Otra anécdota fue cuando visité a la cuñada de mi obachan. Pisar por primera vez una casa tradicional okinawense, conocer a toda su descendencia, sentirse en un ambiente ajeno pero a la vez confortable, mirar el butsudan y reconocer en la parte superior la fotografía de mis bisabuelos que vivieron en Lima fue para mí un momento único de conexión.

El tocar sanshin en la playa mirando una puesta de sol fue uno de mis momentos mágicos y memorables.

¿Qué mensaje le darías a los jóvenes?

Cuando mi directora de tesis doctoral se enteró de mi viaje a Okinawa me dijo que para tener éxito en la vida, tanto en el aspecto profesional como personal, es importante conocer sus raíces, y no se equivocó. Son justo estas raíces las que necesitamos conocer, aquellas que vienen desde nuestros propios ancestros. Por más que uno se considere peruano, uno arrastra una carga cultural okinawense muy fuerte. Sin darnos cuenta, somos el resultado de dos culturas diferentes, las cuales han ido complementando y creando en nosotros mismo una identidad híbrida que toma lo mejor de cada una de ellas.

La oportunidad de conocer la tierra de mis abuelos, caminar por las calles donde vivían, conocer a la otra parte de la familia, hace que todo el esfuerzo haya valido la pena. Esta experiencia ha reavivado en mí el interés por buscar respuestas a preguntas que alguna vez me hice durante la infancia. Además, gracias a esta estadía pude reforzar los vínculos familiares, hice nuevas amistades, pude entender mejor la forma de pensar tanto de la gente que me rodea como de mí misma.

Esta es una experiencia única, un punto de inflexión en la vida. Es por ello que recomiendo que aquella persona que tenga la oportunidad de vivir este sueño lo haga sin temor alguno. Nunca se arrepentirán y traerán consigo una serie de cambios positivos.