Su padre es procedente de Chinen-son (hoy Nanjo-shi) y su madre de Nishihara-cho, el mismo lugar del que es originario su esposo. La sensei Kazue Kohatsu nos brinda esta entrevista luego de varias décadas de difundir su arte a varias generaciones.
¿Desde cuándo se dedica a enseñar danza okinawense?
Desde hace 34 años. Empecé a enseñar por las bodas de oro de mi papá y mi mamá a todos los sobrinos, no como profesora, sino porque quería que mis padres vean los bailes. Y me gustó. Después me llamaron de Nishihara Chojinkai donde estoy hasta el día de hoy. También he enseñado en el Centro Nikkei de Estudios Superiores, desde 1994.
¿Cómo aprendió esta danza?
Aprendí con Taira Ryojin, el primer profesor que estaba en Lima. Mi papá era dueño de Jardín Áncash, donde se hacían matrimonios, fiestas y cumpleaños. Siempre se presentaban espectáculos. Mi papá le ofreció ir y él en gratitud dijo: «Voy a enseñarle a bailar a sus dos hijas». Yo tenía 9 o 10 años y empezamos desde Kagyadefu, el primer baile clásico que se aprende. Y allí estuve 21 años, hasta que me casé. Ya después lo dejé, pues estuve ocupada atendiendo a los hijos, tengo siete, nueves nietos y un bisnieto.
¿Y cuando volvió a enseñar?
Cuando enseñé a bailar a mi último hijo, cuando él tenía cuatro años. Ya yo lo podía llevar a todas partes, así que enseñaba en el Centro Nikkei, el Estadio La Unión o en la Asociación Okinawense, en el local de Miro Quesada. También bailábamos en el Teatro Bolívar, pues todos los años había aniversario de Okinawa-jinkai que ahora le dicen Okinawa engei. Era tradición, todo era dirigido por Taira sensei, quien nos dijo que cuando ella ya no pudiera enseñar, busquemos a Toyama Tsuru y así lo hicimos. Había dejado de practicar por criar a los hijos. Tenía que recordar los bailes.
¿Qué recuerda de las presentaciones de ese tiempo?
Todo era en vivo. Desde los 13 o 14 años ya estaba acostumbrada a bailar con guitarras y sanshin en vivo. A veces los músicos se equivocaban, ya que dentro de la celebración estaban medios picaditos (risas) y ese era el riesgo. Recuerdo que en el Teatro Bolívar se hacían dos funciones (matiné y vermouth). Eran la mayoría isseis, pero las que bailábamos eran bastante niseis. Antes de que bailara con Taira ojiisan habían dos generaciones más que bailaban. Pero a ellas, una vez que se casaron, sus esposos ya no querían que bailen porque son muy celosos (risas).
Yo tuve suerte, pues a mi esposo le gusta que baile. Yo enseño más que nada porque quiero trasmitir lo que sé para que quede, para que no se pierda la danza, los movimientos y la estética.
¿Qué pensaban los isseis?
Ellos no nos hacían mucho caso porque decían: «Ellos bailan, pero no entienden lo que están bailando». No era así. Mi papá era profesor de shamisen, de koten, y mi mamá tocaba koto. Cada vez que ojiisan Taira nos enseñaba un baile nos lo explicaba; por ejemplo, el baile Tanchame es de mucha alegría porque se disfruta la pesca abundante. Todos los bailes de Okinawa tienen bastante significado, eso hace que uno baile con sentimiento y el rostro indica si estas triste o alegre y eso es lo que a uno le gusta.
¿Cómo ve a la juventud descendiente de okinawenses?
Me da mucha alegría, pues la juventud de ahora, desde que van a las becas tocan sanshin, taiko, koto. La cultura okinawense se enriquece más y eso nos motiva para seguir adelante. Yo siempre digo «ya me voy a retirar», pero hasta donde pueda voy a seguir.
¿Qué puede contarnos sobre sus alumnas?
El año pasado, con motivo del 95 aniversario de Perú Nishihara Chojinkai, 8 o 9 alumnas se integraron. A ellas les explico cómo se debe de bailar, según lo que me explicaron mis padres. Me preguntan, por ejemplo: «¿En este baile hay que sonreír? No, les digo, es triste, o en otro les digo que sí es un baile alegre y que hay que sonreír. Ese grupo se ha adaptado bastante y han hecho amistad entre ellas.
¿Cómo fue su viaje a Okinawa?
Mi sueño siempre fue ir a Okinawa a aprender, aunque sea una vez en mi vida, en un dojo, conocer los movimientos, cómo debe pararse cuando es baile de hombre o de mujer. Personalmente, me gustan los bailes de hombres (hecho por mujeres), pues tienen bastante fuerza, bastante energía. En 1994, gracias a mis hijos cumplí mi sueño.
¿Tiene algún mensaje para la juventud?
Les diría que sigan, pues cuando uno tiene un sueño, como el mío de ir a Nihon, los sueños se pueden lograr. Que sigan cultivando el baile, el sanshin, shamisen, koto, entre otros. En Nishihara tenemos un buen grupo de jóvenes que practican sanshin con Héctor Igei. Le diría a la juventud que no dejen las artes, pues ellos mañana le enseñarán a otras generaciones y así no se perderá la cultura uchinanchu.
¿Algún saludo por Fiestas Patrias?
A todos los lectores de Perú Shimpo, que pasen unas felices fiestas y disfruten en familia del tradicional desfile.