Por Christian Hiyane Yzena
Cuando el escritor y actor Yukio Mishima (Cuyo verdadero nombre fue Kimitake Hiraoka, Tokio 1925-1970) se casó el 11 de junio de 1958 con la hija de un pintor, Yoko Sugiyama, las cosas no le fueron bien. Los críticos de literatura recibieron con reservas el que sería por entonces su última novela La casa de Kyoko y llegaba de un corto viaje por Estados Unidos. Un año después nació Noriko, la primera hija de la pareja y cuatro años más tarde, Iichiro.
Tuvo una infancia difícil y complicada con un padre, Azusa Hiraoka, un funcionario estatal, que jamás aceptó que su hijo sea escritor. Cuentan que de pequeño lo levantaba por los aires y lo colocaba a un metro de distancia del tren que cruzaba sobre los rieles a indeterminada velocidad para que pueda sentir el golpe del ventarrón en la cara en los tantos paseos de campo que ambos hicieron.
Esa etapa de la vida, crucial para la formación de toda persona, lo marcaría a lo largo de su existencia. A ello se suma la crianza que recibió de su abuela Natsuko, «una enigmática mujer que, al tiempo que le priva de la compañía materna y le prohibe jugar con los otros niños, le descubre un mundo de grullas de papel y acuarelas, de amigas cuidadosamente escogidas y, sobre todo, de libros», apunta Guzmán Urrero.
En medio de sus excentricidades y maniqueo gusto por lo corporal, Mishima asumió con responsabilidad su paternidad. El mismo día por la mañana que tomó el cuartel de Ichigaya junto a tres jóvenes cadetes -entre ellos Hiroyasu Koga quien lo decapitó- de Tatenokai (Sociedad de los Escudos), el grupo paramilitar que comandaba, para decirle al país que se iba a sacrificar cumpliendo el ritual del Seppuku con el objetivo de levantar de su letargo al Japón, se acercó a la habitación de su hija Noriko quien se preparaba para ir a la escuela y le besó la frente en señal de despedida.
Luego pasaría por el colegio y bromearía sobre la música de fondo que le pondría si tuviese que filmar ese instante. Todo estaba decidido. Los niños no se quedarían huérfanos de apoyo. Dejó una carta al Nobel Yasunari Kawabata, quien fue padrino de su matrimonio al estilo occidental que consumó, para que los proteja en su ausencia (Ver recuadro). Lamentablemente cuando llegó el momento, el autor de País de Nieve, ya era un anciano. El día del entierro, estuvo en primera fila junto a Yoko y los padres de Yukio.
Aparentemente Mishima fue un padre estricto y partidario de la disciplina, características que le llevaron a la práctica del Kendo. Sus hijos siempre defendieron su fuero íntimo enfrentándose a quienes lo tildaron de homosexual después de que se quitara la vida. Es famosa la demanda que le ganaron al escritor Jiro Fukushima quien reveló una correspondencia que recibió del autor de Confesiones de una máscara.
Kenzaburo Oe
«¡¿Cóooo-mo es-tán, amigos?!», ensaya Hikari cuando junto a sus padres reciben al periodista español Xavi Avén. El verano está por despedirse y afuera, el tráfico vehicular contrasta con la envidiable quietud que se respira en cada rincón de los ambientes de la casa en el residencial de barrio de Seijo, en Tokio. «Lo aprendió en un programa de idiomas que pasan en horario nocturno por la televisión japonesa», señala Kenzaburo Oe (Ehime, 1935), el último Premio Nobel que Japón le ha ofrecido al mundo. Lo que se convierte en un especial saludo de bienvenida no es sino el prólogo sobre el que girará toda la entrevista que Avén sostendrá con quien escribiera la novela ¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era!: el significado de Hikari dentro de la veta creadora de Oe. Quien prepara el café y alista pastelitos de queso es su amable esposa. En 1963, la vida de Oe trastabilló de manera inopinada al nacer su hijo con un severo problema en la cabeza.
«Sufrió una operación a vida o muerte pues había que extirparle un bulto de color rojo brillante, tan grande como una segunda cabeza, adherido a la parte posterior de su cráneo», cuenta. Esto lo condenó a una discapacidad mental irreversible. Ese mismo año, Oe viaja a Hiroshima intentando no naufragar en el dolor. No fue fácil procesar la circunstancia que después se convertiría en algo cotidiano. Al pegar la vuelta se dio cuenta de que nunca más podría escribir sin referirse a él. «Lo convertí en el centro de mi historia», agrega.
Los problemas que enfrentó Hikari fueron gruesos pero gracias a las atenciones y terapias recibidas fue mejorando considerablemente sus funciones. Avén escucha por ejemplo un bullicioso coro de pájaros en la trastienda de la casa lo que le llama la atención. Oe interrumpe señalando que fue gracias a los cánticos de las aves que su hijo inició la etapa de recuperación. Una tarde mientras paseaba cerca a la casa en la que vivían oyó el cantar de un pájaro y lo imitó de manera precisa.
Desde entonces el avance no se ha detenido. Atrás quedaron los fantasmas de las recomendaciones médicas proponiéndoles que dejaran morir a Hikari. Oe no se dio por vencido. Como asevera el escritor español Javier Cercas «a partir de aquel momento Oe dedicó exclusivamente su vida a cuidar a su hijo, y sus obras a tratar de entenderlo (y a tratar de entenderse a sí mismo a través de su hijo); a este doble empeño se debe quizá que Hikari Oe sea ahora mismo un reconocido compositor musical y se debe sin duda que Kenzaburo Oe sea uno de los grandes narradores vivos».
Cercas precisa que varios de sus libros como Una cuestión personal o Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, son muestras de «un salvaje esfuerzo moral por asumir su responsabilidad en el destino de su hijo y un esfuerzo imaginativo asombrosamente logrado por ponerse en la piel de su hijo». El último libro del sensible escritor Un amor especial, es un homenaje a la sensibilidad humana y al poderoso elixir de la superación del dolor que solo poseen los seres de corazón abierto y de riqueza interior. Son dos homenajes al padre en su día.
Lo que Mishima le escribió a Kawabata
«Digo cosas casa vez más tontas, que seguramente le harán sonreír, pero de lo que tengo miedo no es de la muerte, sino de qué será el honor de mi familia después de mi muerte. Si alguna vez me sucediera algo, supongo que el mundo lo aprovecharía para sacar sus dientes, marcar mis menores defectos y hacer trizas mi reputación. Esto me da igual que si se burlaran de mí estando vivo, pero la idea de que se rían de mis hijos me resulta insoportable. Seguramente usted es la única persona que puede preservarlos de esto, se los entrego completamente para el futuro… En lo que a mí concierne, nada detesto más en el mundo que las caras gordas de los realistas con anteojos». Mishima Yukio.