Por: Ángel Shirota
Yokohama, o quizá otro puerto de Japón, en algún momento, a inicios del siglo pasado, estuvo abarrotado de familias, hubieron sollozos y silencios íntimos. Nuestros ancestros vivieron el sufrimiento de presenciar la partida de su hijo y la sensación de verlo, acaso por última vez. Para los viajeros hay la tristeza de abandonar su tierra por un futuro promisorio, y aguardar un pronto retorno para conceder una vida mejor a la familia.
Para un papá, el orgullo se rompe por la impotencia de no poder brindar oportunidades a su heredero, por más sudor derramado. Pero también hay admiración y satisfacción por ver su coraje al partir en la búsqueda de fortuna.
Las lágrimas aparecen por ese destino que los separará, miles de kilómetros, un océano entero de distancia y de incertidumbre. No será un hasta luego, se percibe como un adiós.
El hijo se lleva los bienes más preciados: las enseñanzas del padre, la persistencia, los valores y sus sueños, que nada ni nadie le podrá arrebatar; y de su madre, la discreta alegría, la devoción optimista ante la desventura y la ternura de un ochá bien caliente, sentados en el áspero tatami al lado de sus seres queridos.
Progreso, tesón, honradez y trabajo, son legados heredados de ese lejano puerto, serán las herramientas para batallar con el destino. En el Perú un nuevo sol brillará.
Allá la única alegría llegaba por misivas tardías. Su benjamín crecía, se hacía un hombre de bien, conseguía el progreso y pronto regresaría. Pero llegó una guerra ajena y el sol naciente se oscureció. Estas lenguas malditas de fuego terminaron por destruirlo todo, la percepción del adiós se hace realidad y el padre con dolor escribe la despedida final: ¡No vengas! ¡No hay nada, aquí!
El hijo se hace padre y ahora es el ojiichan quien reconoce esta estampa ya probada, el mismo estremecimiento ante la incertidumbre de la partida. Décadas después, en Lima, se siente la misma soledad. Ahora le correspondió quedarse, su nieto pega la vuelta a la tierra donde él vio la luz y los albedríos del destino se encargaron de alejarlo.
Ojiichan, hijo y nieto se dan acaso los últimos abrazos juntos. Su sucesor se embarcará ahora en un vuelo que lo conducirá a Japón dónde hará fortuna, pues la sombra del infortunio golpea de nuevo con una guerra interna. Será el nuevo protagonista de la epopeya al extremo del océano, con su valentía, sus valores y sus sueños heredados. ¿Este lúdico destino reclamará el «retorno» en este nuevo milenio?