Por Grace Gálvez Núñez
El conversatorio «Carnavales limeños de antaño y la participación de la comunidad japonesa», llevado a cabo por el Lic. Marco Antonio Capristán, se llevó a cabo con una gran concurrencia el miércoles último en el CCPJ, donde se compartió la historia y los orígenes del carnaval en Lima, desde la llegada de los españoles.
«El carnaval comenzó en el Perú con la llegada de los españoles, luego tomó características propias en nuestro país y en diversos lugares del Perú. (…) Durante el siglo XIX, algunos viajeros describieron a los carnavales limeños como un salvajismo, en donde se arrojaban agua desde los balcones. Era común ver heridos entre 1860 y 1874, donde se relacionan los carnavales con el vandalismo», expresó Capristán al abrir la conferencia.
Contó que con mucha anticipación en Lima se juntaba agua para arrojarla en la popular «catarata de carnavales». «No había desagüe antes, y las acequias era los lugares de donde se sacaba agua», señaló.
Asimismo, existían las famosas jeringas que se llenaban de agua, llamadas específicamente «el jeringatorio de carnaval», que fue prohibido por el Municipio de Lima, aunque igual era vendido a escondidas. Su alcance era desde el piso hasta un balcón.
Existía también el «lanzador de huevos». «En esa época no había globos, y agarraban huevos, les sacaban el interior, los dejaban vacíos y los rellenaban de talco, agua o perfume. Los tapaban con cera y eran arrojados a distancia. A comienzos y mediados del siglo XIX así era el panorama de los carnavales», reveló Capristán ante la sorpresa del público.
Más adelante, durante el gobierno Augusto B. Leguía (1919-1930), se decidió convertir al Perú en un país del primer mundo. «Él (Leguía) había viajado a países del primer mundo y fue testigo de carnavales en los mejores países del mundo, como Italia (Venecia, donde existían los disfraces y bailes), y en Francia (Niza), y quiso implantar lo mismo en Lima», narró.
La incursión japonesa en los carnavales
A finales del siglo XIX comenzó la inmigración japonesa al Perú, y estos fueron llevados al sur y a la Costa Norte. «Luego de una década de su llegada, el crecimiento económico de los inmigrantes comenzó a ser notable y muchos se fueron trasladaron luego a la capital e invirtieron su dinero en pequeños negocios, fondas y peluquerías».
Después de la Primera Guerra Mundial, el crecimiento de negocios de propietarios japoneses fue de tal magnitud que en 1920 eran de 2386 negocios en la capital; y en 1924 llegaron a más de 3000.
«En 1928, la comunidad japonesa con una gran muestra de cariño se unió a las celebraciones por el centenario de nuestro aniversario patrio, obsequiando la estatua de Manco Cápac», manifestó Capristán.
«La colonia japonesa creció y había un grupo de peruanos que tenía temores respecto a los negocios japoneses y algunos pedían que se limite el crecimiento económico. Algunos periódicos de la época pedían incluso a través de artículos que se limitara su crecimiento económico», sostuvo.
Sin embargo, la amistad de Leguía con la comunidad japonesa hizo que se les planteara la posibilidad de entrar a los carnavales limeños como forma de acercamiento a la comunidad limeña e integrarse, para que se evidencie que no existía ningún problema.
Y fue en 1923 que la colectividad comenzó a participar en los carnavales limeños. «Año en el que comienza el cambio, puesto que se le encargó a la Municipalidad de Lima organizar los carnavales. Se reemplazaron los juegos violentos por pasacalles, juegos con serpentina, el juego con los famosos chisguetes de éter y elección de las reinas de belleza Lima», resaltó.
La comunidad japonesa participó con un carro alegórico en 1924 con un elefante, y fue catalogado por la prensa de aquel entonces de tener un aspecto impresionante.
«En 1928, ya había una mejor participación del pueblo en los carnavales. La comunidad japonesa participó también en ellos con un carro alegórico de la Casa Tominaga, una compañía constructora propiedad de Cintaro Tominaga», destacó.
No obstante, en los años cincuenta resurgió el juego violento y el juego con agua, y esto causó mucho rechazo.
«En 1957 se realizó el último gran corso, el carnaval limeño, y allí se acabó. La colectividad japonesa participó con un corso alegórico muy bonito, un barco, obtuvo un premio como uno de los tres corsos más bellos del último carnaval limeño», detalló el expositor.
«En 1958 no hubo corso, hubo un terremoto en Arequipa y el dinero se destinó para el apoyo a los deudos. Este año 1958 hubieron reinas y fiestas, pero a partir de allí, en 1959 se suspende el carnaval mediante un decreto del presidente Prado, ya que en 1958 hubieron 22 muertos por las fiestas violentas que hubieron», lamentó Capristán.
DATO
Este evento fue desarrollado gracias al Grupo de Estudio e Investigación «Presencia de los Japoneses en el Perú. Siglos XVII-XX» del Instituto Riva Agüero (PUCP), la Asociación Peruano Japonesa y Pinceladas Limeñas.