Por Christian Hiyane Yzena
«Es un padre que tiene ángel. Tiene llegada con los jóvenes», sostiene emocionada Elizabeth Hiraoka después del tradicional besamanos al recientemente ordenado sacerdote Luis Mazekina Oshiro. Sus palabras no son cualquier cosa, porque están estrechamente relacionadas con los dos principales problemas que la iglesia católica tiene en la actualidad, difíciles de ir ganando sobre la marcha: acercarse a los jóvenes y revalorizar la imagen de Dios más allá de la voluntad de los creyentes.
Acaba de terminar la primera misa que oficia el padre Mazekina en la iglesia Santa María de la Providencia en Los Olivos. Una importante presencia de fieles ha colmado el templo y han recibido con enorme alegría la llegada del nuevo guía espiritual en tiempos difíciles. «¿Nervioso?», le pregunto después de la homilía mientras me encaramo entre decenas de personas que pugnan por llegar hasta a él por un poco de sed de paz y tranquilidad. «Un poco», me responde.
Recapitulemos haciendo un poco de memoria, porque lo trascendental aquí es el mensaje del padre Mazekina: la primera lectura de Job haciendo una reflexión de la vida desde el mismo sufrimiento. «La vida es dura, no es fácil para nadie. Tiene sus dificultades, sus problemas». Un asomo premonitorio de que acudimos a alguien que nos está conversando de las cosas tal como son sin mucho eufemismo.
Y el sufrimiento fue algo que vivió el propio padre Mazekina, asumo desde su propia perspectiva de existencia, cuando muchas veces la fe o se pierde o anda algo pérdida en medio de la vorágine de los días que corren. «¿Así es la vida? ¿Voy a estar postrado para siempre? El mayor problema es no ver a Dios. Así están muchos y así estaba yo. Pero pude ver la esperanza», revela. Una esperanza que nos recomienda ponerla en manos del salvador para que nos pueda ayudar.
Pero advierte la presencia del demonio en el aborto, en las relaciones entre personas del mismo sexo y la defensa de la familia a través del amor continuo de Dios en todo momento. Recuerdo entonces que las palabras del padre Mazekina renuevan la voz de la iglesia católica: buscar ayuda, alejarse del sufrimiento, optar por la familia y sostener a los humildes. Como la canción entonada antes de su misa: «El Señor sana a los corazones destrozados. Venga sus heridas. Cuenta el número de las estrellas y a cada una la llama por su nombre».