Por: Koki Higa
«El destino mezcla las cartas, y nosotros las jugamos».
(Arthur Schopenhauer)
Llego a su casa y en un segundo piso me recibe con un desayuno que me sorprende y abruma, y que hace ver humilde el refresco y las galletas que he llevado para ir despachando mientras conversamos.
Siento generosidad de su parte, ganas de compartir y toda la picardía que mantiene el espíritu joven de este experimentado violinista y cobrador.
Me cuenta que a los cinco años escuchó por primera vez el instrumento de sus amores. La melodía de Moshi moshi kameyo por el norte chico despertó su gusto por la música. Primaveras luego, mientras escuchaba la radio, apareció nuevamente el sonido especial del violín, quizá como un nuevo llamado.
Se compró uno a 60 soles (me imagino que eran soles oro, de la época preinflacionaria) y se inscribió en el Instituto Bach, que quedaba por el congreso, para convertirse en un alumno puntual y afanoso, que sabe que para hacer música te tienes que enamorar de tu instrumento.
(Mientras voy escribiendo estas líneas escucho Ave María de Schubert, su tema favorito).
En el instituto es donde conoce a la familia Romero, que por ese entonces tenían una orquesta. Como quien quiere y no quiere la cosa, un día lo invitaron a tocar en reemplazo de otra persona y finalmente quedó como titular del puesto. Corría la década de los cincuenta.
Desde ese entonces ha recorrido todas las iglesias y restaurants de Lima, violín y partituras en mano, para todos los eventos en los que la música es un elemento necesario. Paramos la charla y saca una foto muy bien conservada en la que aparece con los expresidentes Fujimori y Menen en el Chifa Royal. Un lindo recuerdo.
—¿Tú crees que el destino está ya escrito o que tu lo vas creando? —Me pregunta el señor Agena.
Difícil de saber, le respondo, y él velozmente me confiesa que vino al mundo a ser, aparte de violinista, cobrador.
Sin yo saberlo, estaba tomando desayuno con el mejor y más experimentado cobrador de este periódico. Treinta años estuvo andando por todas las calles de Lima y balnearios recolectando el pago por la suscripción anual de Perú Shimpo. Tiempos aquellos. Y me comenta que era todo un capo en su oficio que, gracias a una mezcla de sagacidad, inteligencia y carisma, lo llevó a un nivel de eficiencia sorprendente. Me comenta las técnicas que usaba para lograr el pago de un año completo y que emocionaban a sus empleadores. Lamentablemente no fui autorizado a revelarlas en esta columna.
Y su arte de cobrador lo llevó también a ofrecer sus servicios a otras empresas e instituciones, al Estadio La Unión, a la asociación de panaderos, restaurantes, ingenieros y hasta ha sido vendedor de las fotos que todos nos hemos tomado en algún parque.
Un maestro en el violín y en la cobranza, una mezcla original y que requiere, cada uno en su estilo, un toque de arte y talento.
Padre de tres hijos y abuelo de siete nietos. Su esposa es amiga de mi suegra y mi esposa ha ido más de una vez a cortarse el pelo a su peluquería. A medida que seguimos conversando vamos descubriendo que tenemos más cosas en común de las que podríamos imaginar.
Le gusta el sonido del violín, la melodía es suave, pero quizá la profesión no tanto. Muchas veces fue a una iglesia a dejar sus tarjetas para que la secretaria las entregase a los fieles que deseaban celebrar allí sus sacramentos, pero esta señora nunca le daba bola.
Un día decidió llevar a cabo un arriesgado plan de marketing, y con plata prestada se fue a comprar un reloj y se lo obsequió a la señora, que hasta ese momento no le hacía el favor de entregar sus tarjetas. Ni el reloj ni sus oraciones sirvieron para que la secretaria se apiade y ablande. Gajes del oficio, me comenta entre risas y tostadas.
«La música es conveniente para los niños, es buena para el carácter de las personas, es un consuelo, un aliento y te ayuda a hacer amigos, Koki», me dice cuando le pido un mensaje o un consejo. No puedo estar más de acuerdo con él y le agradezco sus enseñanzas.
Antes de acabar el desayuno saca su amado instrumento, lo afina con precisión y empieza a tocar. Es la primera vez que escucho su arte y me emociona. Cierro los ojos en ese momento y lo imagino en todas las iglesias, llevando con el sonido a la novia a los altares, acompañando las emociones humanas en esos momentos trascendentes. Sigo disfrutando la melodía y le agradezco en silencio por esa conversación, por saber que su destino fue ser cobrador y su pasión el violín, ese que siempre lo acompaña, ese que nos sigue deleitando, ese que escuchó en el norte chico a los cinco años…
(Pueden contactar a don Máximo Agena al teléfono 3461301, quien estará encantado de atenderlos).