MaruAmaru, un libro que explora lo nikkei desde el diseño gráfico es sugerente y provocador dentro de sus propios límites. Una propuesta pocas veces vista que trastoca lo peruano con lo japonés desde aquello que permanece inmanente dentro de cada uno, entre el silencio y la complejidad de la procedencia. Por eso mismo es un inventario de pasiones y desvencijadas interrogantes.
Una lectura más sincera nos indica que el Maru al que Roger Hiyane Yzena (Lima, 1977) —con varios cursos seguidos en España, cinco premios a la excelencia de la Society for News Design y galardones en concursos locales— hace mención es inagotable y por tanto abierto al tiempo. Pero además es una de las formas que mejor engarza a la historia con la ficha personal del inmigrante; lo establecido con una nueva forma de sobrevivir. En cada movimiento subyace un temor natural ante la irracionalidad de lo que realmente significa ser un descendiente.
Por eso la gratitud logra ser mendaz. Ese movimiento necesita de una tenaza que la zarandee en perfecta armonía, en ocasiones intensa, profusa y en otra diligente. De allí el visor movilizante que acciona el intercambio de la historia casi como aquello que se puede repetir. Para vivirla, ciertamente, no basta la narración sino protagonizarla. Y Hiyane ha trabajado en Japón a partir de lo suyo como parte de un aprendizaje ubicado en el tercer eslabón generacional. Por el momento agradezcamos que el influjo del MaruAmaru nos devuelva la fe en lo productivo que ha sido sostener lo peruano con lo japonés.
Luego están los propios elementos que se encargan de revitalizar las comuniones. Ciertamente las relaciones suelen ser más fluidas en base a la desaprensión de los afectos. La aspereza de un gesto, la frialdad de un beso o las limitaciones de una caricia. La cosmología andina hace lo suyo a través de la pugna entre los sentidos, las constelaciones y el placer espacial. Como bien señala la lectura de la contraportada del libro: «la serpiente, amaru en quechua, un ser divino del clima, los remolinos y las ilusiones que aparecen en mandalas: formas geométricas que unen el microcosmos con el macrocosmos».
Forma y fondo han dejado que Hiyane trabaje de acuerdo a una genuina conceptualización: entre el abatimiento y la dicha de sentirse diferente. Hay una colisión y movimiento que nos explica la adaptación que tuvieron los issei al llegar al Perú. Siempre dispuestos a escalar y ganarse un lugar en medio de una pugna que líneas y recodos tratan de recrear mediante una antigua técnica de animación conocida como ombro cinema.
La vuelta al significado nos acerca a la valoración de la nikkeidad desde cualquier ángulo. Entre el tumulto y engrosamiento del diseño de los círculos hay un testimonio de agradecimiento de todo aquello que el universo nos ha puesto en la vida. MaruAmaru es rico en interpretaciones y obliga a una mirada interior.
Las imágenes no llevan título y casi no hay texto, a excepción de unas cuantas líneas que prefieren darnos una pista de lo que está por venir. No está escrito nada salvo la valoración de cada uno. Pero hay un centro y un núcleo que todo lo mueve. Hay lecturas cifradas que se apoyan en el visor/movilizante que parece trabajar mejor la parte del Amaru. Del lado japonés hay guiños que se deben de escrutar con cuidado.
Finalmente son las figuras geométricas, en especial el círculo o Maru, lo que todo lo puede. Entre la especialización y el ojo crítico MaruAmaru se mueve como una serpiente y nos revela una nueva mirada de la descendencia peruano-japonesa, mucho más moderna y ágil. Un primer esfuerzo que se cimentará con el tiempo sin duda.