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Efectos de la costumbre

Los efectos de la movilización de simbolismos dentro de las fiestas centrales que marcan el calendario de un país o región, son significativos y reflexivos a la vez. Parte de la experiencia de la solemnidad y la creencia asumida como fe le permiten al individuo a enfrentar con mayor decisión y valentía lo que le resulta un reto o un ideal de difícil consecución.

Para quienes viven en Japón, con carencias de afectividad y problemas de comunicación, de interrelación con quienes conforman su entorno, con una filosofía de vida difusa y diferente, la religión se convierte en el lugar preferente para sentirse como parte de algo. Cuando se transporta desde Lima un juego de muñecos que nos acercan a la materialización de la Navidad como celebración del nacimiento del Niño Jesús, se lleva todo un bagaje cultural y religioso celosamente guardado.

Al arribar a Narita y después al apato, lo que se preserva es este juego de personajes cristianos. No son necesarias las luces destellantes ni los regalos especiales. Menos una barra de chocolate para taza. Bien podría ser un detente o al Niño Jesús en el pesebre bendecido. Sin olvidar la estrella de Belén en lo alto del armazón que cobijará bajo su techo al Salvador. 

El tamaño de los muñecos que encarnan a cada uno de los protagonistas del Nacimiento se acomodan a la longitud de un apato: estrecho y con poco margen para disponer de espacio. Puede ser en un rincón pero faltaría ambientar las enormes montañas y las comisuras de las praderas sobre las que descansarán los animales ofrendados, entre becerros, vacas o caballos. Todo en pequeño.

Aquí es donde entra a tallar la creatividad y la curiosidad. Una familia allegada al autor de este artículo se echó a buscar el clásico papel verde que en el Perú sirve para formar los cerros después de ser arrugados. Obviamente no lo consiguió, por lo que tuvo que comprar varios pliegos de papel blanco y un pote de tempera verde, además de un pincel, para pintar las sábanas blancas que luego pasaron a ser verdes.

El colchón de paja sobre el que descansa Jesús fue hecho con ramitas tullidas arrancadas de algún parque de la zona. Las luces se adquirieron con menos dificultad y se plegaron a los cerros sobre pendientes y pequeños descansos. Al oscurecer el día, se prendían y se difuminaban entre ellas cada quien con su propio color: rojo, amarillo, azul, blanco y verde. Una tradición que revive el ambiente de certidumbre que para los creyentes solo ha cambiado de lugar y no de significado.

Sin villancicos pero con pavo

La Fortaleza, una conocida tienda de productos peruanos a las afueras de Isesaki, ofrece el tradicional pavo navideño con relleno a 6500 yenes (65 dólares aproximadamente). El pedido llega por delivery, con la puntualidad que caracteriza al servicio de encomienda japonés (Takkyubin). Nótese cómo algo tan folclórico en un lugar distinto de residencia puede servirse de los medios de accesibilidad de un país desarrollado al que muchos llegan como inmigrantes recibiendo en la propia puerta de su domicilio el producto en perfectas condiciones. O el mismo comerciante lo puede llevar al lugar del destino si no está tan apartado del negocio. Celebrar una festividad de carácter religioso al que se adhiere por unos segundos el recuerdo del lugar del que se procede no tiene valor y justifica su presupuesto. 

Si se cuenta con una vivienda propia, suele ser más factible colocar algún CD o USB que contenga villancicos. Por lo demás, no hay mucho tiempo disponible porque al día siguiente hay que trabajar y la celebración de la Navidad no amerita ser rojo en el calendario japonés. Pero irse a la cama con el saludo a cuestas ayudará a levantarse mejor y a sentirse revitalizado. Enfrentar con mejor humor la jornada en el kaisha. 

El poder del vínculo como subgrupo en una sociedad también es importante. Las familias de inmigrantes se unen, se pasan la voz y refuerzan su relación y compromiso de interés común de impronta cultural esencialmente. La agenda del día suele ser local, pero la necesidad de motivación eminentemente citadina. Todo lleva un sabor y un aroma que transporta. Si se hiciese una encuesta sobre qué es lo que más le genera recordación de un producto que consumía en su país de origen, es probable que sea el aroma. De un… panetón, por ejemplo. O de una buena taza con chocolate caliente que suele caer mejor en una fría noche de invierno que en una de verano, como es el caso del clima japonés.

Panetones y merry Christmas

Un panetón D’onofrio cuesta 1500 yenes (15 dólares). Desde mediados de la década anterior, la importación de estas masas de harina con pasas y frutas confitadas ha crecido no solo en volumen de comercialización, sino también en variedad. A las versiones clásicas se sumaron panetones con chispas de chocolate o de presentaciones especiales y de mayor precio. Al mercado japonés ingresaron también los panetones brasileños Bauducco e italianos Motta.

La recordación que genera la sola presencia de un panetón en la mesa de Navidad es interesante. Muchos revelaron que cuando estaban en el Perú, el panetón no les agradaba; pero por el poder de la distancia y la melancolía les comenzó a gustar a tal punto que sienten que sin él la mesa navideña es incompleta. Había que vivir y trabajar en el exterior para sentir lo que la tradición puede ofrecer. 

El ser humano está formado de pasiones y sentimientos concatenantes que adquieren mayor valor cuando se enfrenta a situaciones impredecibles y asociadas al azar. Dentro de ellas hay presencias multiculturales que cumplen un papel importante dentro de la persona, una necesidad indisoluble de creer en algo y de sentirse parte de ese proyecto para combatir a la soledad. Y la tradición es un elemento clave dentro de este amasijo de porqués y paraqués para llevar la vida en paz y armonía. El antropólogo y etnomusicólogo alemán Johannes Ruhl lo dice mejor que nadie: «Lo que me interesa es el lado de la tradición, porque una tradición que no se vive, ya está muerta».