Por Ángel Shirota
El arte del koto y la cultura okinawense tienen la más grande deuda, pues gracias a su trabajo este instrumento preserva su magia en el Perú.
El pasado domingo 12 de octubre durante el retorno del Uchina Engeikai (tradicional actividad de folklore okinawense) se llevó a cabo un justo y sentido homenaje a la profesora de koto, Haruko Oyama. El público se puso de pie para rendirle su admiración por carrera de décadas al servicio del arte okinawense quién recibió un muy merecido reconocimiento de la Asociación Okinawense del Perú.
Oyama sensei, una dama cuya serenidad y sencillez ha entregado décadas a su vocación hacia el arte del Koto, irradiando tranquilidad y sabiduría a un arte cuya prolijidad requiere dedicación e infaltable para desarrollar el folklore okinawense. Única docente de esta disciplina en Perú, batalla para su preservación y gracias a su esfuerzo, en la actualidad tiene un grupo de alumnos. Este instrumento como muchas tradiciones fue olvidado por los nisseis pero redescubierto por los sanseis.
Para entender la trascendencia del aporte de Oyama san, la ausencia del Koto, haciendo un paralelo sería como, un vals peruano sin guitarra o cajón, para el folklore de Okinawa sus acordes son fundamentales y tienen una metodología muy propia demandando de un sólido docente que instruya en sus técnicas de ejecución.
A los 21 años una vecina shimanchu (paisana en el idioma de Ryukyu) le sugiriere a su mamá llevarla para aprender el arte del koto, siendo el inicio de una sublime vocación. Sus padres son Seiken Ganiku y Uto Ganiku oriundos de Katsuren (actual, Uruma Shi) quienes apoyaron su formación, pues ellos también practicaban el arte. Más adelante, contraería nupcias con Chosho Oyama proveniente de Okinawa Shi, conformando una familia con 10 hijos, marcando una pausa de 10 años en la actividad, donde se dedicó a su hogar.
Su formación en koto, la recibió del prominente sensei Soei Yaka proveniente de Nago. La enseñanza era individual por un periodo de 15 minutos, luego salían, escuchando al siguiente compañero afuera del recinto. Cada mes se reunían para tocar en conjunto, como también lo hacían en las fiestas familiares, los aniversarios, las celebraciones institucionales, etc. Las reuniones sociales se realizaban en Jardín Perú y Jardín Ancash destacando el Shiro oto engeikai siendo el festival de jóvenes promesas, pues no había docentes en esta primera época.
Estuvo en Okinawa, varias veces, donde se fue perfeccionado su talento hasta alcanzar el título de profesora, principalmente cuando, su papá cumple 73 años, pues residieron medio año, aprovechando en afianzar su talento y su formación para ser profesora. En estos viajes se presentó en diversos espectáculos llegando a demostrar su arte en Hawai.
Toca con su esposo Chosho san, Tsuja san, Matayoshi san, Arakaki san y con diversos exponentes de la época. Las danzas se hacían con música en vivo. Con Miezo Toma (Yonabaru) y los hermanos Taira (provenientes de Shuriyo), el arte Okinawa toma una nueva dimensión. Cabe destacar que su papá Seiken san practicaba el arte de la danza, siendo muy destacado.
Muy pocos nisei (segunda generación) aprendieron el arte de Koto por las dificultades de ejecución, como toda actividad requiere de paciencia, disciplina y dedicación. En ese sentido, destaca el esfuerzo de Oyama san como única exponente, docente y difusora. 71 años de titánica tarea en solitario esfuerzo por mantener esta disciplina siendo transcendental para entregar su conocimiento a las nuevas generaciones quienes forman con diligencia.
Nuestra comunidad Okinawense en Perú, en general tiene una gran deuda con sensei Haruko Oyama por su generosa labor. ¡Muchas gracias a esta dama infatigable por su entrega, talento y dedicación a nuestra cultura!