Por Christian Hiyane Yzena
Desde 1948, durante la ocupación de las tropas norteamericanas en suelo japonés al término de la Segunda Guerra Mundial, las autoridades competentes del sector reformaron la educación universitaria a través de diversas iniciativas. Este impulso, sin embargo, se enfrentó a una serie de cambios, propios de las nuevas tendencias occidentales a fines del siglo pasado y a la posición dentro del ordenamiento económico internacional que Tokio ostentó.
Esta nueva reforma sigue su curso pero ha creado incógnitas sobre las posibilidades de éxito que tendrá. Para el investigador japonés Ikuo Amano, sociólogo en educación y profesor emérito de la Universidad de Tokio, tres tendencias a gran escala convergieron en el devenir de esa situación: la universalización de la educación superior o terciaria, la mercantilización y la globalización.
Sobre la primera de las «Megatendencias», que es como Amano los describe, hay un paso real de acceso que transcurre desde lo elitista, masificado y finalmente universal. En el caso de Estados Unidos por ejemplo, la última etapa se desarrolló entre los años 70 y 80 mientras que en el resto de países la universalización se completo en los 90, como es el caso de Japón, cuyo nivel ascendió a 45.2 por ciento y rápidamente trepó a 51.5 por ciento en el 2005 y 55.1 por ciento el año pasado.
Si a ello le sumáramos las escuelas técnicas superiores u otras abocadas a la educación terciaria, la cifra llegaría a 77.9 por ciento. Las condiciones de esta expansión cuantitativa obligan a las autoridades a realizar un cambio cualitativo del sistema y sus instituciones con la conclusión final de que Japón también forma parte de la «tendencia global a la universalización de la educación terciaria». Hay un exceso de oferta que merece la pena ir desagregando hasta el mantenimiento de lo realmente necesario en términos académicos. Las mismas reglas del mercado tras la «calidad total».
La segunda megatendencia, según Amano, es igual de compleja. La mercantilización versa sobre consideraciones pasadas que refrendaban la idea de que la educación superior debía ser un sector «cuyo mantenimiento y gestión» correspondía básicamente a las instituciones públicas. En Europa, las condiciones siguen ese postulado. Aún en los Estados Unidos pese a tener un importante número de instituciones privadas difíciles de doblegar, el sector público encierra a casi el 80 por ciento del alumnado. Pero en el Japón, la cosa va en sentido opuesto. La mayoría de los estudiantes universitarios se insertan en las instituciones privadas, algo «extremadamente excepcional».
La competencia dentro de este sector es dura, principalmente en lo que a financiación, alumnado y profesorado se refiere. A su vez, las universidades públicas tuvieron que asimilar los principios de las privadas ante el crecimiento desmedido del sector educativo como consecuencia de la universalización de la escolaridad lo que los llevó a utilizar los limitados recursos que manejan con eficiencia.
Esta tendencia se observa en la financiación y gestión. «Podemos equiparar la mercantilización con la privatización del sector público universitario. La corporativización de las universidades públicas es el ejemplo más representativo de la tendencia global a la mercantilización y la privatización en Japón», anota Amano.
La globalización como tercera megatendencia es la más actual e importante dentro del mundo académico a nivel mundial. La imparable renovación tecnológica que coloca a las universidades integradas a través de una red que no solo toma en cuenta la naturaleza universal del conocimiento y el estudio se amplía también a «la movilidad internacional de investigadores y estudiantes», especialmente en las ramas de ciencias y economía, que además son los más valorados y estimados por sus cualidades académicas. La pugna por contar con uno de ellos es cada vez más feroz.
La participación de los Estados Unidos dentro del sistema es medular por la capacidad que tiene en crear y exportar modelos de educación superior para otros países, además de la concentración de todos los recursos humanos disponibles. Según Amano, el paradigma norteamericano alcanza todas las áreas «desde el sistema de grados y la evaluación de la calidad investigadora hasta las escuelas de posgrado, destacando la rama de negocios». Japón se ve inducido por tanto a aplicar reformas para adaptarse a esos estándares.
La internalización de la globalización
Uno de los problemas que afronta el sistema universitario japonés es la internalización de sus universidades impulsada precisamente por la globalización. Si bien dentro de la clasificación mundial, las ubicaciones que poseen sus centros superiores no son malas, en comparación al Reino Unido y los Estados Unidos, las diferencias son notables especialmente en cuanto a la docencia y la investigación. A ello se suma los notables avances que las universidades de Asia Oriental están experimentando.
A principios del siglo XX, la educación universitaria nipona se impartía en japonés y por docentes universitarios japoneses y se avizoraba un repunte en la investigación en ciencias naturales, ingeniería y medicina con repercusión internacional. Antes de la Segunda Guerra Mundial era costumbre que el personal académico pasase dos o tres años en el extranjero con el objetivo de adquirir conocimientos más avanzados en Occidente. El resultado fue un conjunto muy reducido de profesionales que si bien contribuyó a la modernización y la industrialización del país, con el tiempo se convirtió en un lastre que poco pudo hacer frente a los efectos devastadores de la globalización por su estructura «jerárquica, rígida y cerrada».
Japón se ve enfrentado a la internalización del conocimiento y a los efectos de la globalización. Ahora de poco sirve que lo académico circule dentro de las fronteras cuando el tránsito de las personas y de los conocimientos prácticamente no conoce límites. Una sociedad cerrada como la nipona se encuentra entre el dilema de abrirse si no quiere morir en el intento de convertirse en la gran estrella que fue a principios del siglo pasado.