Por Christian Hiyane Yzena
«De repente no sabían qué hacer con nosotros. Crecimos tanto que ya no sabían qué hacer con nosotros», expresa con seguridad Walter Giardino de la banda Rata Blanca de Argentina. Quizás lo mismo pudo haber pasado con Gustavo Cerati pero no solo a nivel del país que lo vio nacer, sino de todo Latinoamérica. En parte porque llegó a un techo que sin embargo siempre se consolidaba a partir de la experimentación musical.
Desde que apareció en los 80 con Soda Stereo y la invasión del rock en castellano, Cerati siempre fue un precursor en crecimiento a diferencia de otros que ofrecieron lo mismo. Sus primeros trabajos fueron de maquillaje que no anunciaban demasiados cambios o ambiciones. De hecho temas como Me hacen falta vitaminas o Telekinesis sintonizaban más bien con la onda del momento en el que confluyeron música pegajosa y ese forzado look new wave.
Después de allí, las cosas parecían ir en serio y el trío comenzó a mostrar una madurez musical que nos anunciaba una nueva forma de trabajar. Signos fue una señal (una de esas que Federico Moura de Virus señalaba en uno de sus temas insignias), pero a fines de los 80 con Doble vida, el esfuerzo fue tomando forma. Lo que sangra (en la cúpula) o Picnic en el 4to B fueron y son estupendas canciones.
Quizás cansado, con una convivencia que no le permitía liberar en toda su dimensión el talento que llevaba en las venas o por simple respeto a «Zeta» Bosio o Charly Alberti, sorprendió a todos con el proyecto que lanzó a comienzos de los 90 con Daniel Melero: «Colores Santos». Un trabajo impecable que se alejó totalmente del estilo «Soda», para ir por surcos tan insospechados como sombríos.
A partir de aquí, Cerati se mostraba como un referente para tomar en cuenta. Este proyecto personal se enlazaba con la música tecno y con sonidos vírgenes dentro del catálogo del cantautor argentino. «Hoy que estás espléndida y que todo te ilumina, demos un paseo, vuelta por el universo, pide algún deseo», dice el estribillo de Vuelta por el Universo, mientras las almas parecían volar.
Años más tarde se volvió a unir con Alberty y Bosio y lanzó «Dynamo», aunque la mecha respecto al Cerati Proyecto ya había prendido. Soda siguió haciendo cosas, pero Gustavo también. Su díscola personalidad delataba a un ser del que se podía esperar cualquier cosa, tanto en lo musical como en lo personal. Y así fue con «Amor amarillo» de 1993, un disco muy personal que involucró a su entonces esposa Cecilia Amenabar y la llegada de su primer hijo Benito. ¿Recuerdan a Te llevo para que me lleves?
La partida de Cerati termina por darle algo de paz y de traquilidad a sus miles de seguidores que andaban con el corazón en la mano ante desinformación, especialmente en lo que a su estado de salud se refería. Igual no deja de ser dolorosa, pese a que cuatro años estuvo durmiendo auxiliado por una máquina. Hablar de sus excesos sería una estupidez. Es mucho mejor recordarlo como el gran músico que siempre fue y será.