Por Christian Hiyane Yzena
De pequeño recuerda a su abuela paterna Mitsue dándose un tiempo a fin de año para darle vida a la casa confeccionando un arreglo de flores. Nada ostentoso pero significativo por lo que representaba. Y rememora también a su obaachan materna Toku siempre cuidando su jardín, removiendo la tierra, disfrutando de los colores y de la vida que las plantas desprenden.
Por entonces se trataba de momentos recurrentes que Juan Hosaka Takashima (52) apenas valoraba. El círculo anduvo abierto sin poder cerrarse por años. Nació en Huacho y fue el único varón en medio de tres hermanas: Sandra, Claudia y Viviana. Sus padres se dedicaron a la crianza de pollos, gallinas y patos. Al terminar la primaria y secundaria en el colegio Nuestra Señora de La Merced, emigra a Lima e ingresa a la carrera de Administración en la Universidad de San Martín de Porres.
Poco después se hace cargo de una vidriería en La Victoria junto a su primo, César Hosaka por un año, hasta que ambos deciden cerrarlo en medio de la crisis de fines de los ochenta durante el gobierno de Alan García. Esta álgida situación lo animó a dejar el país y a buscarse un futuro mejor. Su objetivo era la Unión Europea pero por allí se topó con Japón y cambió de parecer.
Lo que si Hosaka tuvo claro fue que dentro del país no iba a lograr nada y pensó en formarse un futuro mucho más promisorio afuera. En julio de 1989 viaja a Japón con trabajo pactado con Inoue Travel acompañado de dos primos más: Carlos Takashima y Eduardo Fujihara. De Narita el grupo es trasladado a Moka, zona en la que la recordada empresa contratista Narukawa tenía su oficina.
De allí partiría a la prefectura de Saitama, en el distrito de Honjo. Su primer empleo fue en Fujikiko, una fábrica de autopartes que abastecía a la Nissan. Su labor estaba relacionada con los asientos de carro. «Si, el primero que tuve, trabajo en línea, consistía en soldar y revisar armazones de metal de la base de los asientos de los autos, me gustó porque llegué a ser tan o más rápido que los japoneses», dice.
Ingresó después a la fábrica Toshiba pero se sintió falto de todo: el kaisha era enorme y solo se encontraba con su primo a la hora de salida. Durante tres meses perteneció al área de kensa de pantallas de televisores. La revisión era de todos los días. Sin embargo el cambio era inminente. Luego pasó a una empresa que se dedicaba al pintado de piezas para medidores de luz a través de una máquina por seis meses y seguidamente en otra fábrica más de confecciones de ropa femenina en la zona de Honjo. «Otro que me gustó porque era un trabajo suave y con un buen ambiente laboral», refrenda.
MÁQUINAS CON SABOR A RAMEN
El último trabajo que Hosaka Takashima tuvo en 1992 fue en una fábrica que se dedicaba a la producción de fideos para elaborar la clásica y popular sopa japonesa: ramen. En general, todas las áreas de esta empresa estaban relacionadas con el proceso del ramen instantáneo, desde el corte de la masa, la textura de los fideos, el sabor y el envasado.
Para Hosaka, ese año tampoco no fue muy bueno para Japón. La guerra del Golfo estaba comenzando a surtir efectos dentro de la economía mundial y en el archipiélago se estaba comenzando a sentir cierta recesión. Fue por ello que el peruano no le auguraba un promisorio porvenir a Tokio y tomó en serio la idea de volver mejor al país.
CRIANZA DE PATOS
En diciembre de 1992 llegó a Lima. Invirtió cierta cantidad de dinero en el negocio de la crianza de patos y para ello alquiló un terreno en Huachipa. Paralelamente se matriculó en un instituto para seguir arquitectura de interiores. «Estudié cuatro ciclos en el instituto Toulouse Lautrec e Ikebana en el Centro Cultural Peruano Japonés». Sin quererlo, Juan comenzó a interesarse por lo mismo que sus abuelas hicieron desde pequeño. El círculo empezaba a cerrarse.
Fue con Teresa Wakabayashi que siguió Ikebana. Junto a dos socias decide dedicarse a la comercialización de flores ornamentales pero no tuvo éxito. Sin embargo todos estos periodos le fueron dando a Juan un mayor cúmulo de experiencia. Inicialmente vendía las flores en su domicilio de Santa Catalina, La Victoria. Así estuvo por ocho años.
Pero si quería que su negocio florezca debía contar con un local que le provea de todas las facilidades al cliente. Así desde hace dos años inauguró Kirei Floreria. «Siempre me gustaron las plantas y las flores, lo del negocio salió de casualidad cuando estudiaba Ikebana. Antes trabajaba con el nombre de Hanabira, pero decidimos un nombre corto y fácil de recordar», subraya.
No solo es venta de flores sino también arreglos florales y plantas en general. La tienda se encuentra en la zona residencial de San Isidro. Pero Hosaka no está solo porque tiene una socia: su prima Nancy Takashima. ¿Cuál es la tendencia en flores?- le preguntamos. «En flores las orquídeas (un pequeño paquete puede costar hasta 100 dólares) y los tulipanes. Las más vendidas las rosas, los liliums y las primaverales».
Ahora tiene un gran sueño que espera cristalizar: ir a Japón ya no como dekasegi sino como un correcto alumno de Ikebana en la misma meca de su desarrollo y técnica. Y siente que no está lejos de hacerlo realidad. El círculo fue cerrado.
Hosaka tiene un sinónimo perfecto para Japón: simplemente «desarrollo» y para el Perú: «casa». Si algo resalta del país de sus ancestros es esa perfecta y casi «exagerada» coordinación con los horarios y las actividades, la disciplina y la honradez. Por ahora quiere afianzar y extender su negocio. Como se dice, acaba de abrir un nuevo círculo que espera cerrar también muy pronto.
Kirei Florería
Calle Francisco Valle Riestra 516 San Isidro
Telf. (511) 264-0712
Facebook: Kirei-Florería