Por Koki Higa
«No dejaremos de explorar y al final de nuestra búsqueda llegaremos a donde empezamos y conoceremos por primera vez el lugar».
(T. S. Eliot)
¿Cómo una persona cuyos ojiis y obaas son de Fukushima es nombrado Embajador de Buena Voluntad de la Prefectura de Okinawa?, es la pregunta que nos podríamos hacer con sorpresa si es que no conociéramos la historia de Rubén Sugano.
Y la respuesta es más que sencilla y obvia, él es un uchinanchu de corazón y ha acogido el arte y la cultura de Okinawa a tal punto que colabora incansable y desinteresadamente en su difusión.
Antes de sacar su DNI se instaló en Lima dejando atrás su querido Chancay. Es el cuarto de cinco hermanos y administrador de IPAE. Le gusta esta ciudad, pero siempre está en búsqueda de su propio lugar, un lugar para sus frutales, animales y muy probablemente sus sanshin. Allí colgará el diploma que ha recibido este año directamente de Okinawa, ese reconocimiento que nunca pensó que ocurriría, ese que le hace sentir ahora más responsabilidad para con la Asociación Okinawense del Perú. Rubén se siente inmensamente agradecido a la directiva, pero es la directiva de esa institución quien está agradecida con él y su importante y callada labor por la cultura okinawense en este país.
Allá por el año 96 fue con su hermano a la AOP, escuchó por primera vez el dulce sonido del sanshin y le llamó la atención. Luego de un corto tiempo ya formaba parte del grupo Haisai Uchina, haciendo su nervioso debut justamente en el 50 aniversario de este periódico, en una actuación en el Dai Hall. Desde ese momento ya perdió la cuenta de cuántas veces ha salido a tocar y cantar, quizá más de 200 y un número similar de veces ha ido a comer soba al Bingo luego de los ensayos los viernes en la noche, me cuenta con nostalgia.
Y fue su constante búsqueda de hacer cosas nuevas lo que lo llevó a interesarse no solo en aprender a tocar y cantar sino también en aprender a reparar y restaurar el clásico instrumento musical de la isla sureña. Por sus manos han pasado más de un centenar de sanshin que volvieron a la vida. Es un trabajo de artesano en el cual cada familia le va contando su propia historia, cómo llego el ojii al Perú, qué trajo, qué hacía, dónde estaba esa rara caja de madera cubierta de piel de serpiente. Es por ello que Rubén escucha y respeta las instrucciones de los descendientes, que quede esta mancha o solo quieren cambiar las clavijas. Cada sanshin es una historia fascinante, cada uno carga la energía que le puso su dueño en cada nota y canción, cada sanshin es la historia de una familia de Okinawa en el Perú y cuando repara uno está a su vez reparando, sin lugar a dudas, una historia familiar.
Todo ese proceso puede durar una semana, logrando la perfección del mango en una caja y clavijas nuevas y usando piel natural o sintética. Su arte lo mejoró en la visita a Okinawa que hizo en el año 2011. Allí no solo aprendió la técnica sino también experimentó el espíritu uchinanchu y lugar donde iba era un lugar donde le daban la bienvenida y lo atendían generosamente, me comenta mi noble amigo.
En sus momentos libres (sábado de 3 a 5 p.m.) enseña en la AOP, a jóvenes y a adultos, a hacer sus propios sanshin de latas de galleta o de atún de medio kilo (kankara sanshin). «Hay un vacío de la historia en los jóvenes, en muchos casos se han olvidado de dónde hemos venido y qué tuvieron que hacer los ojii y obaa para que nosotros estemos aquí», concluye preocupado Rubén.
Su consejo para todos es que creamos en lo que hacemos y que no renunciemos a nuestros sueños. Como alguna vez le dijo Heshiki sensei, siempre habrá críticas, pero el que crítica es el que no hace nada por cambiar las cosas. No puedo estar más de acuerdo con esa frase.
Gracias a Rubén por su nobleza. Desde el primer momento, allá por el lejano 96, se volvió un Embajador de Buena Voluntad de Okinawa y sobre todo de la amistad del grupo Haisai y todos estamos orgullosos de sus logros. Que siga así, creando música, reparando sanshin y reparando historias familiares.