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«Japón significó para mí crecimiento»

El día que Cinthia Silvia Miranda Ipanaqué (30) vio como su padre Víctor Miranda (59) doblaba con dificultad las antenas parabólicas que le habían asignado cuando trabajaban juntos en la fábrica Taisei de la ciudad de Chichibu, en Saitama, comprendió lo que significaba ganarse el dinero. 

Las maniobras de un hombre sobre piezas que necesitan de cierta delicadeza y menos tosquedad no es una empresa fácil ni sencilla. La destreza y la práctica si bien se ganan con el tiempo, no pueden sacudirse de la fuerza natural de las manos de un hombre. Entonces cuesta lograrlo.

«Nunca antes lo había visto así. Yo tenía 17 y mi papá 40 años. Coincidió en que los dos laborábamos en el mismo sitio. Esa experiencia siempre la tuve conmigo y la enseñanza directa fue no dejarse. Allí nació en mí la responsabilidad», remarca esta peruana nacida en Casma, que viajó a los 15 años al Japón, apenas terminó la secundaria.

La decisión de su arribo al archipiélago la tomaron sus padres en su afán por mantener a la familia unida. Su madre Juana Ipanaque Ota (57) junto a Víctor emigró al Japón en los 90 después de dejar Casma y establecerse en Lima por cuestiones laborales.

Los hijos del matrimonio, Diana, Daigoro y la propia Cinthia, permanecieron al cuidado de familiares de la pareja. Debido a que se encontraban en plena efervescencia juvenil y con los peligros de las calles de Lima a la vuelta de la esquina, es que prefirieron que los tres se unieran con ellos en Japón. 

En la localidad de Kasakake, Kiryu, Gunma, se sintió muy segura y cómoda. La comida como el popular «chaja» japonés, la tecnología, ropa, accesorios y por encima de todo, la seguridad en calles y avenidas, la conquistaron. Su primer sueldo de la fábrica Tomita, encargada de la limpieza de cámaras fotográficas, estuvo destinado a un ahorro personal para que pudiera estudiar al regresar a Lima.

En junio del 2002 retorna al país y después de una fallida incursión en radiología de la universidad Federico Villarreal, postula e ingresa a la carrera de odontología de la Universidad de San Martín de Porres en agosto de ese año. Al término del primer ciclo regresa a Japón con el objetivo de aprovechar el receso universitario y ahorrar lo más que pueda. La carrera y el material que se utilizaba tenían un costo considerable además.

Al año siguiente volvería a repetir la experiencia. Cuando concluyó en diciembre del 2003 el tercer ciclo, no dejó pasar la oportunidad de viajar a la isla. Laboró en una fábrica de máquinas tragamonedas y conoció a varias compañeras japonesas. Sus padres no dejaban de incentivarla y ella misma era testigo de los esfuerzos que realizaban por costearle los estudios.

Las asignaturas se hacían cada vez más especializadas y complejas. No había tiempo para distraerse en otras cosas. Cinthia dejó de viajar regularmente a Japón como lo hizo hasta entonces y solo en el 2006 pegó la vuelta pero para renovar la visa que estaba por vencerse. Del sétimo al noveno ciclo realizó clínicas en la misma casa de estudios y en el décimo cumplió su internado hospitalario en San Bartolomé, nosocomio del Estado ubicado en la céntrica avenida limeña Alfonso Ugarte.

EL ESFUERZO VALIÓ LA PENA: SER ODONTOLOGA

En el 2008, Cinthia se recibe como odontóloga profesional para orgullo de sus padres, especialmente de papá Víctor. Culmina de esa manera su etapa universitaria robustecida no solo por la experiencia de haber costeado en algunas ocasiones sus gastos personales sino también la administración de la casa durante los cinco años y medio de carrera ante la ausencia de sus progenitores que se encontraban en Japón. 

Ahora venía un compromiso mucho mayor e igual de difícil: implementar su propio consultorio dental. Entre los rigores de talleres y las prácticas que realizó como asistente de un odontólogo, Cinthia se hizo de un tiempo y planificó otra vuelta al Japón con un nuevo objetivo. 

En octubre del 2010 entró directamente a trabajar a la fábrica de televisores Toshiba, localizada en Fukaya, Saitama, en el turno de madrugada. «Laborar de yakin siempre me gustó. No solamente porque el pago era mayor sino también porque se trabajaba más tranquilo en comparación al turno de día», confiesa.

En febrero del 2011 rescinde su participación directa y se cambia a la Yamaki Kodan que producía teléfonos móviles (celulares) y en abril de ese año regresa a Lima con la firme intención de instalar su consultorio. 

ODONTOKISEKI CLÍNICA DENTAL

Ya tenía el lugar para su instalación: el segundo nivel de la casa de sus padres quienes se mostraron más que dispuestos en que la última de sus hijas corone sus expectativas profesionales en su propio hogar. El área es amplia. La máquina principal les fue obsequiada por sus padres. Hubo que modificar el piso. Cuenta con dos ambientes, una equipada y otra que está camino a hacerlo. 

¿Y de dónde surgió el nombre con el que bautizó a su consultorio? De su sobrina.  Cierto día le preguntó a ella qué nombre le sugería y sin dudarlo le respondió: «Kiseki», que en español significa «Milagro». No existe mejor palabra que esta para resumir todas las etapas que vivieron Cinthia y su familia para seguir echando a rodar el proyecto hoy convertido en realidad. 

Cinthia viene llevando un curso intensivo de ortodoncia pues quiere hacerse de esa especialidad y está por culminar un diplomado de estética dental que está en boga actualmente. Lleva seis años titulada y siete ejerciendo.

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