Por Christian Hiyane Yzena
A Akiko Hiyane Nashiro (71) jamás le pasó por la cabeza ser víctima de bullyng con más de 50 años de edad. Sucedió cuando una asistente japonesa que cumplía la misma labor que ella, le arrancó de las manos de manera violenta y despectiva una toalla que llevaba sin ofrecerle en algún momento las disculpas del caso. Prefirió guardar silencio y asumir la mala actitud con la mejor de las caras.
Con esta parábola, la peruana nacida en Lima, intenta resumir lo duro que en ocasiones le resultaba a una extranjera trabajar en Japón en un rubro en el que curiosamente, muy pocos han ingresado por lo delicado de su naturaleza: atender a pacientes de la tercera edad en un hospital privado como asistente de enfermería, es decir como jerupa (helper en inglés).
No fueron uno ni diez años: dieciocho en total sin contar los que pasó inicialmente en una fábrica de autopartes, la Sawa Denki en Nita machi, desde que arribó a la prefectura de Gunma con el pasaje financiado por Kinjyo Travel en agosto de 1989. Al borde de cumplir los tres meses en esa empresa, viajó a Agueda shi, Okinawa, a visitar a varios de sus primos, entre ellos, Hoe y Mitsuru Hiyane.
La recibieron con alegría y beneplácito, como una miembro más de la familia. Akiko nunca se sintió extraña entre ellos. Como sucede en estas reuniones, el huésped es objeto de especial atención por parte de los anfitriones al que, además, se le suele entregar sobres con dinero, de manera voluntaria. Gracias a ese obsequio es que canceló el pasaje y se sacudió de la deuda contraída.
OIDO A LA HISTORIA
Como todo inmigrante que llegó a Japón con el boom del fenómeno dekasegi, la historia de Hiyane Nashiro, no tendría nada de extraordinario sino fuese por la labor que realizó en un país que por lo general, urgía de mano obra para el sector manufacturero. Una compañera de trabajo de nacionalidad argentina, la llevó a presentarse en una clínica como asistenta y tentar suerte.
Ambas fueron aceptadas pero el destino las llevó por diferentes caminos. Akiko fue seleccionada para trabajar en el Hinode Hospital en Shizuoka, regentada por coreanos donde tuvo bajo su cuidado a tres pacientes por cinco años. Luego, y a solicitud de la propia jefa de pabellón del centro hospitalario, fue removida al Kumori byoin de Tokio, de propiedad de la médico japonesa Maki Kumori, más grande y espacioso. Ubicado en la ciudad de Musashi noshi, se ocupa hasta la fecha de atender a hombres y mujeres mayores de 60 años.
Recibió todos los beneficios sociales como shain (trabajadora en planilla). Era responsable de la atención integral de los pacientes en coordinación con las enfermeras y éstas a su vez con los médicos, en tópicos como la toma de medicinas y la ingesta de alimentos en procedimientos que llevaban la huella del hanko (único documento registrado y amparado por ley que portan japoneses y extranjeros. Se trata de un sello con el kanji del apellido del titular) en cada reporte.
Akiko laboraba todos los días contenta pero no satisfecha. El ayer, hoy y mañana significaba una jornada más de aprendizaje. Sin doblegarse y a puro entusiasmo fue que remontó la falencia y la desventaja de no ser japonesa y pugnar con las asistentas locales por las mismas oportunidades. Ya sabemos lo difícil que es para un extranjero conseguir algo dentro del competitivo escalafón laboral nipón.
Los pasillos del hospital fueron solo una parte del escenario de su faena diaria. Otra estaba por empezar cuando retornaba al ryo (lugar en el que residían los empleados y trabajadores del hospital) para descansar: enfrentar a la inevitable soledad. “En ese país no tienes amigos solo compañeros de trabajo con quienes te llevas bien. Hacer amistad cuesta y no era prioridad para mi”, reflexiona.
Pasaba su tiempo libre cocinando y viendo algún noticiero o programa informativo peruano o una que otra telenovela en DVD. Recorría centros comerciales. Akiko además sabía de ropa ya que por años tuvo un negocio en Lima, “Bazar Aki”, en el que se dedicaba no sólo a la venta de prendas sino también a la costura. Dos de sus hijas que trabajaban y vivían en Japón la visitaban los fines de semana.
Conoció Kioto, Yamanashi, Nikko, Gunma, Kanagawa, Shizuoka y Oyama por los paseos que cada año organizaba el hospital a sus colaboradores. Momentos agradables que aprovechó al máximo. Y Okinawa por los rigores familiares. 18 años entre experiencias buenas y enriquecedoras. Lección de vida: nada es fácil y todo tiene su cuota de sacrificio.
Mantuvo una que otra relación de cercanía más que de abierta amistad como fue el caso de la asistenta Iraha san, una japonesa de 32 años, quien desde un principio se interesó por el idioma español. Pero la vida que nos depara sorpresas se la llevó de este mundo cuando Akiko ya no se encontraba en Japón.
Un día tocaron la puerta de su casa en Lima y le entregaron una carta enviada por la madre de Iraha que no escatimó palabra alguna para agradecerle por lo bien que se portó con su hija en vida. Akiko se entristeció pero reconfortó su espíritu recordando los buenos, aunque fugaces, momentos que compartieron en el hospital.
MADRE CORAJE
Contar con un empleo estable y seguro es importante para toda persona en cualquier lugar del mundo. Cuando la crisis arreció en Japón, la producción se desplomó y los despidos se hicieron virales, Akiko se convirtió en pieza clave para toda su familia. Siempre optimista, abierta y con bonhomía, nunca dejó que sus hijas se amilanaran y sean presas de la desesperación pese al duro momento que vivió ese país.
Después de un incierto período que obligó a muchas familias peruanas a pensar en el retorno, devolver la casa adquirida y ajustarse los cinturones, el panorama fue cambiando y la recuperación se fue haciendo nítida. Y detrás de la fortaleza de Akiko estaba el Kumori Byoin que de alguna, respaldaba su puesto de trabajo
CERTIFICADO DE HELPER
Laborar en el Kumori Byoin le permitió obtener asimismo el certificado de asistenta después de tres meses intensivos de clases. Del hospital seleccionaron a seis personas, entre las que se encontraba Hiyane. Profesionalizó su labor en la atención al paciente: cómo sostener la cabeza al paciente con algún problema neurológico irreversible; cómo asistirlos durante un baño. Tomar el pulso, la presión. Parte importante de este logro, sin desmerecer a Akiko, fue el ambiente de camaradería con sus demás colegas. Una relación distendida y fraternal que supo ir formando.
EL BENEFICIO DE LA JUBILACIÓN
18 años después, en el 2011, decide retirarse. Los descuentos mensuales de la boleta de pago le sirvió para recibir mensualmente su pensión de jubilación que le llega desde Japón. Guarda muy buenos recuerdos del hospital, compañeros de trabajo, quienes le despidieron de la mejor manera con sake y biru incluido y de su jefa, Maki Kumori. Akiko no oculta su satisfacción por todo lo que logró en Japón, país al que agradece con todo su corazón y al que volvería, dice, pero en plan de turismo. “Mi país siempre será el Perú”, concluye con una sonrisa.