Por Christian Hiyane Yzena
Saber varios idiomas fueron los mejores soportes que tuvo Patricia Isabel Moscol Furuya (45) para escalar posiciones laborales en Japón y no resignarse a trabajar por tiempo indefinido en una fábrica. Nunca rehuyó esa posibilidad, pero siempre buscó explorar otras áreas. De esa manera pasó, casi sin quererlo, del trabajo agotador de una kaisha a otro, cuyo giro correspondía al sector de servicios en un céntrico restaurante de Tokio.
Mientras la mayoría se esforzaba por hacer más horas extras, Moscol Furuya prefería utilizar sus ratos libres en aprender más nihongo, teniendo a favor otro idioma que dominaba a la perfección: el inglés. De esa ecuación pudo sacar resultados sorprendentes.
En cuatro días
Unos cuantos días le sirvieron a Moscol Furuya para que se animara a pensar que podía lograr muchas cosas más en el Japón. En 1989, en plena fiebre dekasegi», un amigo le encargó que le averigue en la agencia de viajes Inope, que por entonces transportaba a los peruanos al Japón, los requisitos necesarios para acceder a un empleo.
Le dijeron que sólo los descendientes de japoneses podían hacerlo. Su amigo que no era nikkei no lo pudo hacer pero ella sí. «Un lunes me enteré y el sábado viajé. Formé parte del segundo grupo que llevó Inoue. Recuerdo que mi abuela Hisayo Hirose me acompañó. Cuando se lo dije a mi madre Isabel Furuya, me contestó que si estaba segura entonces que pruebe.
Por ese tiempo Patricia estaba siguiendo la carrera de Ciencias Contables en la Universidad de Lima y ya había culminado en el Instituto Cultural Peruano Británico sus estudios de inglés después de tres años, obteniendo el FEC Cambridge. Trabajaba en el Banco Latino y paralelamente daba clases de recuperación o refuerzo de este idioma de manera particular llegando a tener hasta doce niños bajo su responsabilidad. En realidad, Japón la terminó de seducir.
Trabajo en Japón
La Tachis de Hamura, que se encargaba de la fabricación de aparatos de refrigeración para la marca NEC, fue su primer destino laboral. Al cumplir los seis meses volvió al Perú y regresó después nuevamente a ese país, esta vez a la zona de Yokohama. También laboró en zonas como Hamura y Hanno.
«Me animé a estudiar japonés y me matriculé en ARC Institute de Yokohama. Definitivamente saber inglés me ayudó también a comprender de manera rápida el idioma japonés», dice.
Desde entonces fue creciendo como persona y como profesional. Aunque admite que nunca descartó volver a la fábrica, reconoce que se sintió mucho más cómoda relacionándose directamente con el público. Cada vez hablaba más el idioma japonés y fue a través del instituto que ingresó a una reconocida cadena de restaurantes, un conglomerado que maneja hasta la actualidad más de 50 negocios de comida A1en Kyoto, Karuizawa, Tokio y Yokohama.
«Mi primer trabajo fue en el Odaiba Café, donde estuve cuatro años. La diferencia con el trabajo en la fábrica es la disponibilidad de horarios y la capacitación que obtuve», agrega. En esta parte recuerda con cariño como Yamagishi san, el manager de la empresa, le dio su respaldo desde el primer día que ingresó a la cadena. Asimismo, se desempeñó en banquetes y actividades de celebración en el Hyatt Hotel y el Festival de la Cerveza. Su ascenso fue vertiginoso: de atender al público pasó después a la caja y a formar parte del staff de calidad que supervisaba la calidad del vino (viajó a Estados Unidos a recibir cursos), así como de motivación del personal.
El reconocimiento fue tal, que incluso Promperú le cursa una invitación personal cada año a la Feria de Alimentos del Mundo para que cada país muestre lo mejor de su gastronomía a todo el planeta. Un privilegio.
Gracias al manejo de horarios pudo seguir enseñando inglés en dos institutos más como el Step by step de Saitama y el Ten Languaje Schoool de Tokio.
Preservar la lengua madre
Para Patricia sólo las personas que invierten en su imagen y en estudios tienen éxito. «Siempre he pensado en capacitarme, en estudiar, en todo lo que tenga que ver con la interacción con otras personas porque la idea está en eso, en relacionarse, tener contactos. Al principio se puede ganar menos que en una fábrica pero conoces a gente interesada en tu cultura, en tu forma de pensar», asegura.
Y señala con seguridad que no todo es ganar dinero en la vida y que es inevitable aprender el idioma japonés. «Todos los que viven en Japón por lógica tienen que hablar japonés. Me estoy refiriendo por ejemplo a los chicos que han nacido aquí o llegaron muy pequeños del Perú. La novedad, el plus es que hablen español. Que no se pierda eso porque es muy valioso». Queda claro que mientras más idiomas manejen, mayores posibilidades de crecimiento personal tendrán.
Cómo aprendió japonés
Podríamos llamarla iconoclasta o rebelde, pero a Patricia Moscol Furuya no le parece de mucha utilidad práctica los cursos de japonés que dictan las municipalidades, con muchos rodeos para llegar al quid del asunto, si ellas no van acompañadas del ingenio y las iniciativas para captar la idea. Aunque resulte increíble, ella aprendió mirando televisión, especialmente dramas y dibujos animados japoneses. Escuchaba palabras, las apuntaba, nunca iba al diccionario sino al día siguiente le preguntaba a algún japonés lo que quería decir. Pero Patricia se adelantaba al posible significado de la palabra de acuerdo a la imagen o acción que veía. «Muchas veces me he equivocado, pero así fui aprendiendo. Ellos me corregían. Y es que hay que saber aprender japonés. El método puede ser de la Prefectura, pero hay que estudiar en casa», asevera.