Por Christian Hiyane
(NA: Con esta expresión queremos unirnos al homenaje realizado algunos días atrás a Gerardo Manuel, recordado conductor, productor y hombre fuerte del rock peruano, a quien le debemos muchas cosas, principalmente sus eternas ganas de mostrarnos muy buen material nacional, aquella que nace por fuera de los circuitos comerciales. De «Disco Club» salió la fuerza de esa recordada banda de metal «Temporal» y «Del Pueblo», con su propuesta fusionada de música andina y rock. ¡Fuerza, Gerardo!)
A mitad de la década de los ochenta, la Aelu por la temporada de verano presentaba a reconocidas orquestas como Fresa Nisei o Melodia Nisei. Los anuncios, papelógrafos de gran tamaño, eran por entonces muy distintos a los que hoy se toman ya como referentes y son parte de la cultura popular: letras y colores chillones como el verde limón o el fucsia. Una herencia directa de los intérpretes y las bandas de chicha y cumbia que se presentaban como nichos embanderados de la libertad, el desamor y la tristeza por el terruño, pero principalmente por la lucha en ser reconocidos como nuevos ciudadanos de la capital.
Esa parte de la historia no ha cambiado y aún hoy se busca alejarse un poco de esos estereotipos, aunque muchos disfruten bailando de una buena cumbia de moda. Quienes vivieron esa década llena de violencia por el terrorismo y una galopante inflación a causa de las recetas populistas de Alan García no podrán olvidar que el rock en español irrumpió con fuerza. Y hubo contados casos de la aparición de nikkei dentro de esta escena.
Después de escuchar a César Ichikawa y Los Dolton’s, y a Yoshi Hirose con Luigi Montagne, parecía que era poco lo que existía de descendientes de japoneses dentro de la corriente musical y comercial del momento. Hasta que en 1986 escuchamos a Bo Ichikawa, quien volvía después de Telegraph Avenue, con «Setiembre del 86» y casi dos años después a Frank Kiyan tocando el bajo en Cuarzo, una banda que apenas puso en las consolas un hit con la voz del popular «Juancho», quien emigró al poco tiempo a Chile.
En ese intérvalo, en 1985, nacería otro grupo más formado por la chilena Danai Hohne y el virtuoso guitarrista nikkei, Carlos Kakutani, que entonaba con precisión riffs de Iron Maiden y Stevie Ray Vaugh: Danai y Pateando Latas. Nadie de esa época puede olvidar temas memorables como Maquillaje sensual, Confesiones e Ídolos. A ellos se unieron después Eduardo Freire, Armando Patroni y Alberto Chong.
Hoy nos damos con la sorpresa de que en 1987, tras separarse de la banda Calle Sexta, el cantante Christian Schroeder y el bajista Oscar Loli, formaron Octavo Par, reclutando a Rubén Araki quien procedía precisamente de Melodía Nisei y JR, según precisa Javier Lishner, a través de su blog «DrRockas». Destacado locutor, Lishner condujo en Radio Panamericana junto a Sammy Sadovnik «Perú Rock», recordado programa sabatino que abría su espacio teniendo como cortina musical al famoso instrumental Obertura del grupo Frágil.
En los 90, un grupo de nikkei formó «Los Inmigrantes» sin mayor pretensión y luego Roger Hiyane, Jimmy Monzón y Alex Morales incursionaron en el death metal, un estilo duro, fuerte y necrofílico nacido del heavy con «Eternam», lanzando un demo, del cual sonó Desvirgador. De aquí para adelante, sin duda, muchos descendientes deben de haber asomado por alguna experiencia musical, pero poco sabemos de ellos. Escríbannos en todo caso si saben algo de ellos.
Hoy la historia es distinta. A falta de espacio, los propios nikkei se han juntado para lanzar proyectos de J-pop o con reminiscencias de visual key, obsérvese al grupo Akasia de Juan Hirose en un spot publicitario de una conocida entidad bancaria. Pero lo interesante hasta ahora ha sido esa mezcla eficaz entre el talento japonés y la música peruana. De ese híbrido suelen salir cosas interesantes que terminan imponiéndose en el tiempo.