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Un metro noventa de cariño por los nikkei

Por Isaac Higa

«El ejemplo es una lección que todos los hombres pueden leer».
(Morris West)

Más de tres meses me tardó concretar una cita con él. Uno que otro evento por ambas partes impedía una reunión para charlar. Cuando parecía que por fin podíamos conversar, la visita del príncipe postergó un par de semanas más nuestra plática.

Finalmente se dio y con un par de cafés en la mesa de Nakachi pude conocer a ese señor que en mis años mozos en el Estadio La Unión, veía a lo lejos siempre rodeado de camisetas amarillas.

Tito Guiulfo es uno de esos queridos y entrañables personajes de nuestra colectividad que, sin tener un apellido japonés, ha colaborado para que la colonia peruano japonesa sea lo que es actualmente.

Es imposible que pase desapercibido por los pasillos de Cultural o por las canchas de la Aelu. Si levantas la cabeza lo verás con su andar pausado dando soluciones en el área de mantenimiento de la APJ, donde labora hace más de veinte años. Ha visto crecer la torre Jinnai y el Teatro, ha vivido tres coches bombas en la época del terrorismo y ha conocido a todos los más famosos personajes que han pasado por sus instalaciones.

En su Lince siempre querido, donde siempre ha vivido, es el lugar en el que conoció de cerca muchas familias de origen japonés, quienes lo invitan a la Aelu allá por el año 68, primero con la gente del béisbol y luego con el club de sus amores, el Carper.

«El color amarillo viene porque en sus inicios la gente del club le pidió una donación de camisetas al Sr. Antonio Carlo, quien, al estar casado con una señora brasilera de nombre Cleusa Pereyra, decide regalar polos de la camiseta de la selección de dicho país. Allí nace también el nombre del Club, Car, de Carlo y Per de Pereyra» me instruye Tito sobre la historia del ahora también mi equipo de fútbol.

Se entrega a sus recuerdos con pasión. Su padre ingeniero y su madre trabajadora de un banco. Todos sus trabajos han sido con japoneses o descendientes de japoneses, ferretería, implementos eléctricos y finalmente la Asociación Peruano Japonesa.

Me comenta que hace mucho tiempo aprendió a comer con ohashis, muchas costumbres japonesas las vive como suyas, como llevar sobre a un velorio o a un matrimonio, y tiene más amigos de ojo jalado que de ojo redondo.

Humilde y generoso con su tiempo ha sido dirigente deportivo de los equipos de Aelu y es un preocupado y entusiasta delegado de las divisiones de menores del club amarillo. Ha visto y ha promocionado a todos los jugadores que jugaron a nivel profesional y que salieron de las canteras del Estadio La Unión.

«No sabes cómo es nuestro fútbol, Koki» me comparte con una sonrisa. «Había un equipo en segunda división que era auspiciado por una marca de leche. Esta empresa le entregaba al delegado una botella por jugador, el delegado le servía un vaso a cada uno y luego vendía el resto de la leche, es increíble nuestro fútbol».

Me cuenta muchas más anécdotas, nos reímos mientras vamos acabando nuestros respectivos cafés. Siento en él un gran cariño y agradecimiento a la comunidad nikkei y creo que preferiría el katsudon a un lomo saltado. Le agradezco su tiempo, su paciencia y sobre todo su generosidad. Antes de levantarnos y verlo andar con su caminar pausado me comparte su preocupación por las futuras generaciones, por los niños, y me expresa su anhelo de que no pierdan los valores que dejaron los mayores, que sigan trabajando por el bien común y el respeto.

- ¿Y a los que juegan fútbol que les dirías?- Le pregunto finalmente.

- Que sigan practicando el deporte, pero que no se hagan ilusiones ficticias, que el éxito no llega fácil y que para lograrlo se debe de trabajar mucho- Me responde Tito, un señor cuyo cariño por la colectividad japonesa en directamente proporcional a su tallarín.

Desde aquí un abrazo y un homenaje para su persona.