Por Christian Hiyane Yzena
Probablemente algo de la historia haya cambiado, pero el acceso del extranjero a la diversión mundana japonesa estaba reducido a unos cuantos y negados a muchos. En todo caso, una sociedad con tendencia a la baja en natalidad y uniones civiles ofrece también una diversión de esas características.
Hasta principios de los noventa, la zona roja de Kawasaki en la prefectura de Kanagawa, escondía a una gran cantidad de casas de cita donde todos competían por la mejor escenografía. Muchas luces y gusto refinado. Algo que distaba del tradicional y prohibido lugar donde se ejercía el oficio más antiguo del mundo y generaba carraspera. El detalle estaba en que no podían ingresar extranjeros, sino solamente japoneses.
Para el que tiene buen gusto, disfrutar de la belleza femenina bajo un mohín o un gesto de cortesía es mucho más que la degradación o el comercio carnal. Hasta en eso el giro del negocio puede ser explotado de diferentes maneras dependiendo de lo que el cliente ansía y desechando la torpe idea de que la fantasía no tiene por qué formar parte del deseo humano.
En esta parte del planeta donde el machismo reina, la conquista de una mujer se sostiene en una buena habladuría y en un mar de promesas. Con el tiempo, la rutina impone sus condiciones y lo que fue enamoramiento termina siendo parte del pasado. El macho sorprende a la fémina con el vigor de su poder y la satisfacción sexual.
Pero en otros lugares, el fin es todo lo contrario: solamente se busca endulzar a la pareja para que termine enamorándose del anfitrión y pueda consumir lo más que pueda y vuelva las veces que sea necesario al club de la medianoche.
No es que el cliente necesariamente desee eso. Es el medio el que lo conduce por ese camino. Nada de compromisos sólo de diversión pasajera. O en todo caso, diversión con quien mejor se lo conceda. El caserito o la caserita nocturna con quien tomarse unos tragos y contarle sus problemas. Una vez descargado lo afectivo, de frente a dormir para despertarse al día siguiente renovado.
Para muchos analistas, el desinterés de los jóvenes por formar una familia y comerse las obligaciones de mantener a un hijo, ni siquiera estamos hablando de dos o tres vástagos, ya es parte del estilo de vida de los japoneses. A muchos ni siquiera les quita el sueño la situación económica. Eso en el plano de la distensión voluntaria trae tontas conversaciones pero también alarmas de compromisos frustrados. Nada en serio por cierto y todo a la ligera.
Cuando José Santa María Carrasco de El País relata la experiencia del barrio de Kabukicho, especialmente de robots haciendo las veces de mozos o azafatas en algunos restaurantes o lugares de diversión nocturnos, cualquiera de nosotros se preguntaría cuál es el fin de que una máquina se avenga a órdenes humanas para atenderte. Para un latino la diferencia entre una jovencita de falda corta y buenas piernas y un prototipo terminaría por aguarle la fiesta y el show. Para eso están las ferias tecnológicas, se diría con seriedad.
En Shinjuku, el epicentro de la diversión ejecutiva por excelencia, las performances suelen ser muy distintas a cualquier centro de diversión que se pueda conocer. Más allá de los paneles de neón y los jaladores de comida, o los hosts y hostesses, la capacidad de enervar los sentidos llegan hasta donde pueda encaramarse un aroma, una prenda, un cruce de piernas o hasta un sujeto con la apariencia de un visual kei. Pero no hay que confundirse. En los parajes del sexo como fantasía existen límites. Que unos los respeten y otros no, no forman parte de la idiosincrasia del latino medio. No por el momento.