Por Grace Gálvez Núñez
Es un día cualquiera. Me subo al bus y me siento. La gente conversa en voz alta, el verano ya llegó y hace un calor infernal. De pronto, dos jóvenes se suben en plena avenida Abancay. ¿Y ahora qué van a vender? ¿Qué historia nos van a contar? Uno de ellos se va al fondo del vehículo y el otro, el jaladito, se queda delante de todos con los ojos cerrados, como concentrándose.
«Atentos todos, directamente de un templo Shaolín, con ustedes, el Mago Tsukayama», dice con entusiasmo Óscar Daniel Castro Córdoba, provisto de un micrófono y con música de fondo adecuada para la ocasión. El mago nikkei comienza con el espectáculo.
Tres aros de acero puro son ensamblados y desensamblados de manera inexplicable, una tela se convierte en bastón y luego ya no existe más, una botella de Coca Cola desaparece ante nuestros ojos atónitos... El público está satisfecho. Adultos y niños miran con emoción los actos de ilusionismo perfectamente presentados.
«Y ahora el mago realizará el truco más difícil, intentará ablandar un objeto duro… él tratará de ablandar tu corazón para que colabores con él y así pueda seguir entrenándose en este arte», finaliza Óscar. El respetable los reconoce como es debido. Ver un acto de calidad es un bus es casi imposible.
Alejandro David Tsukayama Córdoba tiene 27 años, es sansei y vive en el Rímac. Su padre es Ricardo Tsukayama Higa y su madre Rosa Elvira Córdoba Miyahira. No sabe mucho de su ascendencia, pero entiende que su apellido es distinto y suena imponente. Por eso decidió ponerse como nombre artístico «Mago Tsukayama».
Recién a los 17 años conoció a su padre, quien se encontraba trabajando en Japón por más de una década. Pero fue su madre la que se esforzó para mantenerlo, incluso vendiendo muñecas en la calle, actividad que realiza hasta el día de hoy. «No pude estudiar nada porque mi mamá siempre trabajó para nosotros, para darnos de comer. Y nosotros siempre hemos trabajado para sobrevivir», explica.
Alejandro Tsukayama se sube todos los días a los carros para realizar la actividad que más ama: la magia. Y se sube junto a Óscar, su hermano por parte de madre. «Siempre me subo a los carros con mi hermano, será a unos 20 carros a diario, él hace locución y yo me dedico a la magia. Buscamos una alternativa para trabajar y salió este bonito dúo», nos cuenta el artista de la calle.
Él sabe que tiene un aire místico por su look oriental y trata de explotar ese lado al máximo. «Me encanta porque en ese momento me convierto en una persona especial, que puede transmitir algo emocionante, algo mágico», expresa con brillo en los ojos. «Sé que mientras dediques tiempo a lo que te guste, después vienen los frutos», dice con esperanza.
Y es que él no se conforma. Su lado oriental no lo deja. «Como todo japonés, mis pensamientos siempre son de superación. Mi meta es practicar y profesionalizarme en esto, para algún día tener la oportunidad en la televisión o algo mejor», expresa.
Mientras tanto, él y su hermano han empezado un pequeño negocio. Es que son tan buenas sus presentaciones, que los contrataron para realizar un show infantil. «El recibimiento de la gente es bueno, nos quieren, nos aprecian bastante. La misma gente hizo que nosotros saquemos nuestra tarjeta, porque nos preguntaban a dónde nos podían llamar. Y con mi hermano nos arriesgamos sacar la tarjeta. Hemos tenido una presentación y salió bien. La señora quedó a gusto y nosotros también», indica.
Sin embargo, es difícil el mundo de los magos en el Perú. «No hay muchas escuelas de magia y las que hay, son muy caras. No hay una industria que se dedique a este arte. El mago peruano tiene que informarse de una u otra manera, como en internet, de repente intercambiar trucos, conocer a otros magos para intercambiar videos de magia, trucos e ilusiones diferentes», narra.
Con su arte, el Mago Tsukayama tiene una meta: llevar alegría a la gente. Y el público es agradecido. «La gente, cuando tú le llevas ese sentimiento, ese aprecio y lo estás haciendo bien, te responden con su cariño», detalla. «La gente tiene esa tensión de quién va a subir, al carro, pero al momento que escuchan a mi hermano, la música y yo comienzo a actuar, todo se transforma y se crea una atmósfera diferente», añade.
Un buen mago
Alejandro Tsukayama trabajó en Navidad, trabajará en Año Nuevo y seguirá adelante con su arte, el cual pretende desarrollar hasta el último día de su vida.
Este fin de año lo recibió en compañía de su familia, como se debe. Su mamá preparó una cena acompañada de tempura y «bombitas chinas», que imaginamos es sata andagi.
Cuando le pido que deje un mensaje a la colectividad peruano-japonesa, me sorprende: «No hay raza ni condición social, lo que nos une es un sentimiento de hermandad. En realidad más que un país, somos una sola raza que es la raza humana y todos debemos querernos, respetarnos y amarnos. Les deseo feliz Año Nuevo, que sea mejor cada año». Sin duda tiene un gran corazón, es un buen mago y merece nuestros aplausos. ¡Bravo!
El mago
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