Por Christian Hiyane Yzena
Las horas que pasó en las máquinas que imprimía las etiquetas autoadhesivas especialmente para la flota de Toyota en una fábrica de Toyohashi, terminaron seduciendo a Carlos Guima Inamine (37) a tal punto que al llegar a Lima, no dudó en matricularse en un instituto de serigrafía inicialmente y estudiar diseño después para poder establecer su propio negocio de impresiones.
Este nikkei nacido en Lima, viajó al Japón en 1995 con la intención de acompañar a su padre, Carlos Guima Oshiro, quien requería de ayuda por un dolor permanente a la espalda. Pero acabó en Saitama, donde por entonces se encontraba su primo Arturo Moromizato. Su primer empleo en la F-Tec de autopartes de la marca Honda, no le agradó por completo. Por ese motivo viajó a la ciudad de Toyohashi, Aichi, donde estaba su padre.
Paralelamente, se sorprendió por cosas que en Lima nunca vio como los silos de los servicios higiénicos. «No sabía si había que sentarse mirando a la puerta o hacía el otro lado. Y al final lo que hice fue limpiar la superficie y sentarme como si fuese un WC», recuerda con una sonrisa. También se dejó conquistar por la ciudad de Tokio y su modernidad, llena de tiendas A1, dispositivos electrónicos y masas de gente. Una metrópoli de esas que solo se pueden comprobar en los países del primer mundo.
Un trabajo que lo marcó
Fue en Toyohashi que tuvo su primer contacto con el giro de las impresiones. Carlos trabajaba toda la semana haciendo cuatro horas extras diarias. Alimentaba a una máquina que imprimía pliegos de papel autoadhesivos por lo general de casi dos metros destinados a la empresa Toyota y Mitsubishi. Se trataba de stickers de logos y modelos. Aquí trabajó por tres años. «Era entretenido», indica.
Lamentablemente tuvo que dejar la kaisha porque su papá se quedó sin empleo. Se mudaron juntos a la ciudad de Toyokawa, ingresando a Nakata Kogyo, una fábrica que producía pistones y engranajes, para motos. Se hizo de un buen círculo de amigos japoneses, lo que le favoreció en el aprendizaje del nihongo. De ellos recuerda a Uchida, Ochiai y Kuroki, con quienes salía a divertirse y pasarla bien.
Dos años después se traslada a Ueda, Nagano, también acompañado de su padre. Pero solo fue por seis meses. En esta zona de frío intenso y poblado mayoritariamente por brasileños, Guima trabajó en fibra óptica para internet. El empleo iba bien pero así como aceptaban a los trabajadores también cuando la producción bajaba los despedían a todos. Fue parte de una razzia de casi 200 obreros.
Eso pesó en parte para regresar a Lima aunque con fines de descanso en abril del 2002. Después de arreglar un asunto familiar, en setiembre alista sus maletas y retorna a Japón, esta vez a Isesaki en Gunma donde vivían sus hermanos Danny (36) y Andy (34), quienes lo reciben. Asegura su ingreso a la fábrica Hayakawa, por entonces con un alto número de latinoamericanos, entre peruanos y brasileños, donde permaneció por cinco años.
En esta ciudad conoce a quien sería su esposa después, Erika Fukuhara Nakama con quien se casa en el 2006. Tras la unión matrimonial, retornan a Isesaki. Carlos ingresa a Isesaki kits donde se encargaban de la producción de tubos de diversos usos. Su último empleo fue en la fábrica de inyectores de plástico, Sansen. Entonces su esposa estaba embarazada de quien sería su primera hija, Kiara que hoy tiene cinco años. Regresan a Lima con la esperanza del nacimiento de su primogénita y con el reto de emprender una nueva vida en Lima.
El diseño de su propia sangre: Toki’s
Ni bien llegó, Carlos se matriculó en un instituto para aprender más de serigrafía. Sentía que lo suyo estaba por ese camino. Adquirió dos máquinas serigráficas nuevas para impresiones de polos y se puso a trabajar para ver qué tal le iba. Son T-shirt personalizados, es decir, prendas que se caracterizan por tener un diseño único, escogido por el cliente.
«Cuando estuve en Japón aprendí a usar algo que los otros no tengan. Ser original con diseños exclusivos. Es lo que trato de hacer ahora con mi trabajo. Que el cliente se vaya satisfecho con una imagen que otros no van a mostrar. Que sea algo de ellos y lo aprendan a querer», puntualiza.
Para la venta inicial puso en stock unos cuantos polos con diseños que le pertenecían. En febrero del 2012, alquila un stand en el Matsuri de la Asociación Okinawense del Perú (AOP). Profundiza sus conocimientos con un curso online de diseño vertidos por un profesor mexicano. Y en diciembre de ese año, alquila su propio stand para poner al alcance del cliente su propio talento durante todo el año en Jesús María, muy cerca al céntrico mercado San José.
Las prendas llevan su propia marca: Toki’s por las dos primeras letras de los nombres de sus hijos, Tomokazu (3), su segundo hijo y Kiara. «Es un homenaje a mis hijos», dice. Las camisetas dirigidas a hombres y mujeres, tienen figuras de kanji, hip hop, anime, games y logos y grupos de música. Y por supuesto, todo aquello que el cliente lleve para que después quede inmortalizado en un polo.
Carlos quiere crecer a base de valores que supo practicar en Japón: Ser puntuales y no mentir, cumplir con lo que uno promete. Pero sobretodo, entregarle calidad al okiakusama con el ofrecimiento de cosas nuevas. «Lo principal es hacer algo que te guste, sea el área que sea», agrega. Y asumir el riesgo sin dejarse doblegar.
Por el momento anhela insertarse en el mercado de los polos de autos, los que denomina como «Drift» o «polos tunning». Para ampliar su oferta, precisamente, guarda el deseo de mostrar sus diseños en eventos o carreras de autos que se organizan en Lima. Tal vez sea un mercado poco explorado o valorado en el Perú.
Ahora habla más bajo, con un tono más gradual, -»he dejado de ser «gritón», reconoce- y del carácter áspero que poseía pasó a uno más flexible y racional. Otros dos asuntos importantes que aprendió en la tierra de sus ancestros para bien.
Dato
Los diseños de Toki’s los pueden encontrar en la Av. Horacio Urteaga 1435, Stand 20, Jesús María. Búscalos en Facebook como polostokis.