Por Christian Hiyane Yzena
Una nota publicada en un diario local al payaso peruano Jonathan Anaya, «Dulcito», quien labora en el Pop Circus de Japón, revela ciertos detalles de lo que la comicidad significa en términos de lenguaje gestual y movimientos corporales al otro lado del continente. En esencia, una forma de comunicación de las muchas que hay pero que no necesariamente tiene que ser universal. En eso Japón ha llegado a desarrollar ademanes, muecas y gestos altamente relacionados con su propia cultura y su filosofía de vida.
La utilidad del arte, si en eso podemos ponernos de acuerdo por encima de los ortodoxos que prefieren quitarle el titulo de «utilitario», es en caricaturizar la vida, llevando consigo las taras, miedos, pasiones y odios, que el ser humano crea de manera inmanente. Desde experiencias personales y traumas hasta la violencia doméstica, poseen un rostro. No definitivo pero rostro al fin y al cabo. Uno que el arte explora de manera perfecta a través de la performance pero que preferimos guardar en secreto para evitar ser descubiertos. Al final, efectivamente, somos prisioneros de nuestras propias locuras y excesos emocionales.
Las carpas y los animales amaestrados, como su propio origen, llevan consigo las marcas de donde provienen. Este columnista tuvo la suerte de asistir a un circo en una provincia del Japón, en la prefectura de Chiba, pero el choque cultural fue mayúsculo. Sentados ordenadamente, el «Sacas», como se le llama allá, carecía de esa chispa occidental que percibimos desde niños. El solo silencio del público japonés de manera prolongada ya sentaba una diferencia sustancial que borra de un solo golpe la idea propiamente de la diversión desde nuestra propia visión.
Por lo general, la riqueza cultural de un pueblo suele advertirse de manera más exacta en los espectáculos primigenios. En medio de su sentido rústico y lóbrego, la lección que se toma es considerablemente valiosa. La idea es que tengamos el espíritu y la conciencia completamente abiertos para aceptarla como nuestra. O para someterla a nuestra crítica. Entre esta afirmación y los pobres espectáculos circenses que Lima acoge en Fiestas Patrias por ejemplo no hay demasiadas diferencias. Hoy el coso se ha llenado de cómicos ambulantes de bajo pelaje y vedettes que fungen de bailarinas.
Pero más allá del espectáculo circense, los movimientos corpóreos y ademanes japoneses encarnan una forma de comunicación muy propia y por lo mismo, cautivante, sugerente y osada. Bajar la mirada o agachar la cabeza puede ser suficiente para comprender el grado de respeto hacía alguien. Aquí, según dicen, medimos la confianza y la sinceridad de una persona por el grado del apretón de mano que recibimos. Cada una con sus propias bondades y experiencias de vida detrás.
Si hoy la gente se ríe de las muecas de un lugar que hasta hace poco nos eran imposibles de decodificar, es porque el mundo se está rindiendo ante el poderío de la tecnología y de la globalización. Lo cual es bueno en términos de apertura cultural. Pero hay que ir con cuidado porque siempre hay un lado, un espacio, que no siempre lo pueden entender todos. Es allí donde mejor debemos ajustar nuestros sentidos para dejarnos sorprender. Siempre hay algo nuevo por descubrir.