Por Christian Hiyane Yzena
A Eduardo Freire le perdimos la pista hace muchos años. Después de verlo junto a Miki Gonzáles hasta fines de los ochenta y la incursión de este con ritmos más afroperuanos en Akundun, nos preguntábamos que era de la vida de este gran bajista. Y nos dimos con la sorpresa de que estuvo trabajando en Japón. Empecemos con la historia.
Alguna vez lo vimos empuñando el bajo junto al cantante Miki Gonzáles en uno de sus primeros videos a mediados de los ochenta. «Dimelo dímelo» fue el éxito en aquella época y ocupaba el top de las listas radiales de entonces. Después vinieron otros temas más como «Puede ser tú», «Vamos a Tocache», «Lola» y «Un poquito de cariño». En todas vimos a Eduardo Freire Hoyle (54), tocando su Fender de cuatro cuerdas.
Fue el momento estelar del rock en español. Pero también fueron épocas difíciles como el mismo asegura. La inflación nos comía y el terrorismo hacía de las suyas. Por lo mismo los coche bombas invadieron Lima y los apagones estaban a la orden del día. Bueno, o mejor dicho, de la noche.
El país ingresó a una espiral de violencia en los ochenta, pocas veces visto. Para Freire significó la ruina total. Los conciertos no sólo dejaron de hacerse por falta de electricidad sino que en muchas oportunidades cuando estaban a punto de empezar, repentinamente se cancelaba por la sencilla razón de que los subversivos habían derribado alguna torre de alta tensión.
Fue en una de esas tocadas que conoció a quién después sería su esposa. Una nikkei, asidua a la movida rockera de entonces, de nombre Patricia Kawamura. Fue en 1985. Cuatro años después contraería matrimonio. Alberto Fujimori asume la presidencia del país dejando atrás a un Mario Vargas Llosa con los crespos hechos y a un país polarizado.
«A mi esposa, que entonces trabajaba en Polocentro, un negocio de japoneses, le arrojaron de todo porque se la agarraron contra los descendientes que no tenían nada que ver. Aquella vez llegó llorando por lo que le habían hecho», señaló Freire. Esta incomodidad más el ambiente de peligro e inestabilidad que atravesaba el país, fue suficiente para pensar en emigrar.
Así, en 1990 la pareja viajó en plena explosión del fenómeno dekasegi al Japón, arribando a la ciudad de Hamamatsu. Ingresaron a la fábrica Hamana Bujin, donde Eduardo laboraba en la sección de autopartes de la marca Suzuki y Patricia en la parte de cables. Una situación económica mucho más estable terminó por darles tranquilidad, aunque Freire quería llegar más allá del confinamiento laboral que significaba estar en una fábrica por más de diez horas de trabajo. Quería crecer como músico, experimentar en un medio que no era nuevo para él (ver recuadro).
Por eso la primera compra que hizo en Japón fue la de un bajo Fernández de cinco cuerdas, el mismo instrumento que hasta hoy le acompaña y desenfunda cada vez que toca en vivo acompañando a Miki, más de veinte años después. A la par del trabajo en el kaisha, tocaba en uno que otro pub. Así formó Sudaca junto a un amigo brasileño, Carlos Ishihira. Pero antes, vivió momentos increíbles que merece la pena contar.
UN TERRIBLE ACCIDENTE LO TERMINÓ FORTALECIENDO
A fines de los noventa Eduardo pasó el peor momento de toda su vida. Un accidente en una máquina prensadora de chapas que abastecía a una conocida marca de cerveza local, terminó por triturarle varios dedos de la mano derecha. Siete meses en una clínica que comprendió terapias de rehabilitación de dos horas diarias, terminaron por «sacudirlo de la cabeza» y hacerlo reaccionar: «¿qué haces aquí Eduardo si este no es tu lugar?».
Entonces comprendió que ya no tenía nada que hacer en el Japón y que un capítulo de su vida había concluido. Un terrible accidente que sin embargo, terminó por fortalecerlo. El mismo médico que lo vio le amenazó diciéndole: «ya no vas a volver a tocar». Una bravata que solo quedó en eso, en una torpe amenaza que nada pudo hacer frente a las ganas y al ímpetu de Eduardo por salir adelante a costa de todo. Además, el bajista ya tenía acordado un concierto los días 24 y 25 de diciembre. Con la mano vendada y convaleciente aún por el dolor, Freire decidió con su banda Sudaca, brindar su última tocada en el Japón antes de regresar a Lima, en febrero del 2000.
DE VUELTA Y A ACOMODARSE
Eduardo llegó con todos los finos instrumentos que adquirió en Japón. Cuatro bajos, un teclado, módulos de sonido, monitores de estudio. Como buen músico, sabe de éstos. Además se trajo varios discos de vinilo de Casiopea, una banda de jazz que conoció durante su larga estancia por el país del sol naciente. Hasta ahora los conserva y nunca deja de sorprenderse cuando los escucha.
En el 2005 regresó a Tokio pero como parte de la banda de Manuel Miranda. Actualmente sigue tocando con Miki Gonzales y ha revivido a parte de la banda Pateando Latas, quienes acompañaban a la recordada y desaparecida vocalista chilena Danai. Por si fuera poco, ha lanzado su disco como solista, «20 años después» con reconocidos cantantes como invitados, entre ellos, Charly García, Julio Andrade
Pero el gran legado que le dejó Japón ha sido los instrumentos y consolas de gran factura que le ha servido para montar su propio y primer estudio de grabación. Precisamente de aquí salió su álbum solista. Pero esa es la parte económica. Por el lado inmaterial, reforzó sus ideales de honestidad, puntualidad y perseverancia. «¿Lo que más extraño de Japón, su comida sin duda. Cuando puedo me acercó a Conquistadores (San Isidro) a comprar en la tienda Súper Nikkei mi kamaboko que tanto me gusta. Quisiera regresar algún día», refiere el gran Eduardo.