El grupo de estudio e Investigación «Presencia de los japoneses en el Perú. Siglos XVII - XX» del Instituto Riva Agüero, Escuela de Altos Estudios de la Pontificia Universidad Católica del Perú presentó la conferencia «Era Meiji 1868-1912:Asimilación Cultural y Modernización del Japón» a cargo del Dr. Iván Pinto Román diplomático, abogado, estudioso de la historia cultural japonesa, docente desde 1993 en el Centro de Estudios Orientales de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
La conferencia se llevó a cabo el pasado miércoles 18 en lñas instalaciones del Centro Cultural Peruano Japonés.
A continuación presentamos la sinopsis de la conferencia realizada por el propio Dr. Pinto.
El Japón, durante el término del reinado del emperador Mutsuhito, 1868-1912, quien a su fallecimiento recibiría el nombre póstumo que él diera a su era, Meiji, vivió un período excepcional, en que por acción de una élite ilustrada, el país experimentó una radical transformación, mediante la concreción de una segunda masiva y rauda asimilación de instituciones y tecnología de generación foránea, esta vez occidental, a semejanza de lo que experimentara ya en el pasado, cuando entre fines del siglo VI y mediados del VIII d.C., procediera, pausadamente, a digerir los logros de la civilización surgida y desarrollada en la China desde el siglo XVII a.C. Aprender de otras culturas y sociedades y aspirar a equipararlas fue el plausible objetivo.
Mas, tal absorción de conocimientos, técnicas y ordenamientos, habría de impulsar un tiempo nuevo, para el Japón y para el mundo. Avanzada la segunda mitad del siglo XIX, el País del Sol Naciente inició un vertiginoso ascenso cualitativo, sin precedentes en la historia universal, al efectuar en sólo 44 años el paso de una rezagada sociedad agrícola, feudal, medieval a un moderno estado-nación, industrial, con un régimen monárquico constitucional, el primero de gobierno parlamentario en Asia, que dejó atrás un prolongado, auto-impuesto aislamiento de más de dos
siglos, para desplegar una activa política comercial, y una marcadamente agresiva y acometedora estrategia en su inmediato entorno, que lo habría de convertir en la única gran potencia económica y militar no occidental al alborear el siglo XX.
La élite propugnadora de la restauración imperial que se convirtiera en la oligarquía transformadora del Japón de la era Meiji, logró imponer a la nación insular una vertical revolución, de impresionantes y absolutamente imprevisibles resultados.
La honda humillación causada por Occidente al forzar al previo régimen del shogunato de Edo a suscribir tratados desiguales, no impidió que algunos avisados miembros de la casta guerrera, de la nobleza cortesana y la nueva, clase burguesa se percataran de que mientras el Japón no se equiparase tecnológicamente con Occidente, los tratados inequitativos y la real condición de inferioridad del país, permanecerían intactos. No obstante el florecimiento literario y artístico surgido durante el aislamiento impuesto por los Tokugawa, las revoluciones científica e industrial acontecidas en Occidente, habían sido plasmadas sin que el Japón tuviera noción de ellas.
El fomento al sentimiento de unidad nacional, colocando al tennô o emperador, hasta entonces figura reverenciada, pero remota e inaccesible, en el más alto y sagrado sitial del país, así como consagrando cada una de las reformas que plasmaran en su nombre. La innovada educación, obligatoria, que hiciese ampliamente alfabeto al pueblo nipón. La promoción del patriotismo y de una nueva entidad militar, profesional inspirada en los modelos occidentales más eficaces (británico y alemán) de la marina y el ejército respectivamente, enseñaron las virtudes guerreras de la obediencia sin cuestionamiento y la disposición al sacrificio.
La economía japonesa -transferida por el gobierno Meiji a manos de unas pocas familias poderosas, asociadas a la oligarquía política- experimentó un crecimiento industrial sin precedentes. Las cuatro familias conformantes de los más destacados zaibatsu (\\\"grupos plutocráticos\\\") singulares componentes económicos de la era fueron: la Mitsui, cuya casa mercantil surgiera en la previa época Edo, tiempo en que también se estableciera la casa Sumitomo, que incursionara en la actividad minera; y las dos creadas en plena era Meiji, la Iwasaki (que actuara bajo el nombre mercantil Mitsubishi), y la Yasuda. Estas familias, expandidos sus campos de actividades, controlaron la mayor proporción de las industrias carbonífera, de aceros, del hierro, de la celulosa y del aluminio; como también las actividades mercantiles, bancarias, de transportes y de seguros.
La rauda occidentalización del Japón, patrocinada por la ilustrada oligarquía reformadora que nominalmente restaurara el \\\"gobierno imperial\\\", se sustentó en la asimilación jurídica romanista que dio solidez a los drásticos cambios en las instituciones políticas, económicas y sociales del país, al materializar en 1889 la primera constitución moderna de un país del Asia, inspirada por la autoritaria constitución prusiana; suscitando la asunción de la técnica y la ciencia más adelantadas; consiguiendo un ascenso económico-industrial y una transformación político-militar sin parangón. Al término de los 44 años de la era Meiji, tras dos victoriosos trances bélicos, el Japón se presentaba al mundo como una monarquía constitucional absolutista y parlamentaria, un estado imperial expansionista (insularcontinental), potencia comercial, manufacturera y bélica de primer orden. La opción autoritaria entonces asumida, décadas después revelaría sus lacras y negaciones y haría indispensable, tras dolorosa experiencia, cambiarla por la opción democrática que habría de permitir, esta vez con vocación de permanencia, otro singular y admirado capítulo de la historia nipona.