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Akira Shindo: ¿Habrá más historias como ésta?

Por Christian Hiyane Yzena

Akira Shindo es un japonés marcado por el agradecimiento. Con 67 años encima, lento andar y carácter amable, tiene entre sus virtudes a la sencillez. Pero su rostro cambia totalmente cuando se topa con el maltrato que reciben los trabajadores latinoamericanos por parte de los kacho (jefe) en sus centros de labores.

En plena época de escasez de empleo y decenas de denuncias en contra de la labor de las oficinas estatales de auxilio laboral, Hello Work, pasó a convertirse sin quererlo en el promotor de trabajo de los dekasegi.

Esto no es parte de un guión cinematográfico ni un relato de ficción. Es real y sucedió en la prefectura de Gunma. Con estas acciones, el japonés solo quiso devolver el favor que a inicios del siglo XX, Sudamérica le dio al gobierno nipón permitiendo el ingreso de sus connacionales a trabajar.

Para nadie es un secreto que la aventura de emigrar era parte de una experiencia dura y difícil, llena de riesgos en países en los que recién se larvaba la institucionalidad. Pero hubo un destino que supieron aprovecharlo a costa de su propio esfuerzo.

Shindo suelta su secreto mejor guardado para justificar su preferencia por los latinoamericanos. En Akagi, una ciudad que pertenece a Gunma (Al norte de Tokio), existió un centro de entrenamiento que cumplía con enviar a los japoneses a Sudamérica con conocimientos en servicios agrícolas e idioma para que se adaptaran mejor a su nuevo destino.

Curiosamente, muchos años después los dekasegi comenzaron a poblar esa zona a comienzos de los noventa por la crisis económica que sufrió toda la región latinoamericana. ¿Algún familiar de estos podría haber provenido de ese lugar?

Estas experiencias le sirven de base para recordarles a sus compatriotas que ahora es el momento de devolverles las gracias a países como Brasil o Perú, principalmente. «Ahora hay que ayudar a quien nos ayudó», dice resueltamente.

Este dato le asigna a la historia de la inmigración japonesa un nuevo enfoque con relación a la preparación que de alguna manera recibían antes de partir, inicialmente, a Estados Unidos y después a Latinoamérica y que probablemente se fue afinando con el paso de los años.

Quizás la comunicación a través de cartas escritas por quienes les antecedieron les permitió a los futuros viajeros a tomar conocimiento de la naturaleza del trabajo que tenían que realizar diariamente.

Centros como las de Akagi, podrían encontrarse en otros lugares del territorio nipón posiblemente. Pero no deja de llamar la atención, el especial cuidado que guardaban cuando tenían a su cargo alguna responsabilidad de ese tipo. Más aún cuando del fruto de ese trabajo, dependía la familia que dejaron y el honor de un país que si bien se encontraba en bancarrota a causa de la guerra, erguía la frente por encima de todo.

La labor de Shindo en beneficio de los trabajadores latinos no tuvo límites. Cuando este columnista lo entrevistó explicó que acababa de haber hecho ingresar a un peruano y a un brasileño al trabajo temporal de tala de árboles que la Municipalidad de Gunma ejecutó. Pero para que éstos ingresen tuvo que protestar porque no entendía porque la comuna prohibía el ingreso de extranjeros a acceder a un puesto de trabajo como cualquier otro.

«A mí me pareció raro que a todos los extranjeros los botaran. Hasta quise denunciarlos. La razón que daban era que la vegetación en el Perú (o Brasil) era muy distinta a la de Japón. Esta idea equivocada con los extranjeros es por falta de comunicación», agregó.

La historia dio un giro radical cuando el peruano Armando Jáuregui y el brasileño Milton Mira (ambos en la foto) se convirtieron en dos de los más responsables y eficientes trabajadores del grupo. «Entonces el mismo funcionario japonés me pidió disculpas», mencionó Shindo.