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Misa de obon

Soy católico. Estudié en un colegio religioso y desde pequeño aprendí el cariño a la Iglesia, mientras en casa aprendí simultáneamente el respeto a mis antepasados. En esa época de mi vida, mi culto católico no tenía conflictos con el respeto al butsudan. Mi obaa, quien ahora está en silla de ruedas, me enseñó a poner osen¬ko. Ella siempre limpiaba hacendosamente ese pequeño mueble que resultaba más parecido a un pequeño altar casero. Mi mamá me enseñó que el humo del osenko se eleva igual que mi oración hasta el Cielo, buscando a Kamisama. Desde que me lo enseñó, nunca lo dudé. Ellas y mi padre me enseñaron a respetar a mis antepasados a través de este pequeño altar.

Ahora, al lado del butsudan, está un pequeño altar con la foto de mi hermano que falleció hace siete años, allí no pongo osenko, porque mi hermano era católico, pero siempre que entro a la casa me detengo frente a su foto sonriente, le hago una pequeña re¬verencia, como saludándolo y elevo una oración a Kamisama por la alegría de haber compartido mi infancia con él. Luego, voy al butsudan y repito el gesto rindiendo respeto a mi ojii y a mis antepasa-dos porque creo, sin duda, que mi existencia está ligada a las suyas.

Durante mucho tiempo pensé que presentar mis respetos al butsudan es lo mismo que el mandamiento cristiano de honrar padre y madre, pero extendido a todos los antepasados de varias generaciones previas. Ahora sigo pensando lo mismo, pero además, añado la confianza en la existencia de la vida futura, o sea, después de muerto. Me refiero a que durante las fiestas familiares y en especial durante la semana de obon, como esta, se prenden las luces de la casa para dar la bienvenida a los familiares muertos, se sirve el gohan primero a ellos y en las conversaciones en la mesa ocurren como si todos estuvieran presentes física o espiritualmente, ¿acaso esto no coincide con la promesa cristiana de vivir después de la muerte?

Entonces esta divergencia inicial imaginable y tal vez conflictiva entre dos religiones no fue ningún problema en mi infancia, y más bien resultaba en una armónica convergencia en que las enseñanzas de Jesús se hacían evidentes en las tradiciones familiares shintoístas, no tenían ningún problema.

Sin embargo, durante mi adolescencia empiezo a dudar si las conclusiones que había tenido acerca de la congruencia de las creencias católicas y los ritos budistas no resultaban en meras soluciones que había inventado en mi cabeza y que mi fidelidad católica excluía determinantemente cualquier rito distinto de mi religión.

Los gestos de los sacerdotes de la colonia que no tenían ningún reparo en usar el osenko en las ceremonias, fue la primera pista para encontrar mi sincretismo religioso. En el año 2007 tuve la oportunidad de ser becado por el pueblo de mis abuelos paternos, así que fui a Okinawa shi y cerca de la casa de la familia Fukuhara, quienes bondadosamente me ofrecieron hospedaje, había una pequeña capilla católica que pertenecía a un nido y en esta capillita había misa todos los domingos. La primera vez que fui pude ver con sorpresa que justo en el lado opuesto al altar, al frente, digo, casi al lado de la puerta de entrada había un butsudan donde estaban escritos los nombres de los sacerdotes que habían hecho servicios en esa Iglesia y que ya habían fallecido.

Me llenó de mucha alegría ver que frente al altar de Kamisama se habían quedado grabados los nombres de los servidores de esa comunidad y que así iban a permanecer. Como fui en época de obon, la comunidad se acercó al butsudan y colocaron osenkos encendidos. Ese fue un gran día porque tuve la certeza que ambos rituales podían manifestarse simultáneamente dentro de mi creencia religiosa y dentro de mi Iglesia y fue inmensamente feliz e íntegro. Yo creo que este conflicto ha pasado por el pensamiento de más de un católico nikkei, si es que siendo católico no tendría sentido cuidar el butsudan o peor todavía, que la Iglesia se lo prohibía. 

Desde hace algunos años, los vicarios de la comunidad, padre Gibu y padre Guibo (interesante coincidencia) empezaron a celebrar la misa obon.

Creo que la misa de obon resulta muy especial: antes de ingresar al templo las personas traen o escriben en un papel los nombres de sus familiares fallecidos, y los ponen en una canasta mientras con una oración colocan el incienso encendido en las vasijas de cerámica. ¿No es acaso el mejor sitio donde podemos ubicar el nombre de nuestros familiares, sino en el Templo cerca de Dios?

En esta ceremonia traemos los rituales familiares, hogareños a la Iglesia junto con el rito colectivo de la misa y nos permite armonizar nuestra pequeña espiritualidad familiar junto con nuestras creencias católicas, ya que puede haber diferentes cultos o rituales, pero nuestra espiritualidad personal es única y precisa ser expre¬sada en una manifestación plena.      

Para Kamisama (Dios) necesito expresar lo mejor de mí, para la visita de mis familiares también, entonces, en una misa de obon creo que preciso exponer todos mis sentimientos más profundos, así que la espiritualidad se manifiesta además que con los ritos familiares, también con las tradiciones culturales. Por eso en esta misa especial cantamos canciones en castellano y en japonés, usamos el sanshin en algunas ocasiones, las ofrendas las presentamos con kimono y en los años anteriores bailamos eisa dentro de la ceremonia. Creo que no hay momento más oportuno para bailar eisa que en la misa de obon. Originalmente el baile fue creado por monjes para agradar a Dios y dar la bienvenida a los espíritus y eso es lo que hacemos en esta misa. También creo que es improbable que se baile eisa dentro de la Iglesia en otras partes del mundo, esta es sin duda parte de nuestra expresión nikkei.

Este año no hemos bailado eisa, pero las margaritas de la Vicaría nos han hecho prometer que el próximo año debemos traer los tambores para bailar para Kamisama. 

Esta semana comienza el obon y los católicos nikkei la hemos comenzado con una misa no tradicional de obon el domingo pasado que a partir de ahora celebraremos cada segundo domingo de agosto. Hemos podido armonizar nuestras tradiciones familiares junto con nuestras tradiciones religiosas en una misma ceremonia. Es¬to es nuestro sincretismo religioso, toda la expresión de nuestra espiritualidad en un rito en común.

En este momento, en Okinawa las calles se llenan de grupos de jóvenes que bailan eisa por las calles, el osenko se enciende incluso fuera de las casa como recibiendo a los familiares. Tanto en Perú como en Japón se encienden las luces de las casas para dar la bienvenida, los familiares, vivos y muertos, vienen de visita y juntos, de manera física y espiritual compartimos la comida y la conversación ignorando el muro de la muerte. ¿No es que coincide esto último con la mayor enseñanza de Jesús en la promesa de la vida eterna? Sin duda, es un gran momento para celebrar esta —pensándolo bien— extraña reunión que trasciende el tiempo y la vida misma. Otro día serán nuestros hijos los que nos inviten a celebrar a la casa.

Ojii, tío, hermanito, ya hicimos la misa, las luces de la casa están encendidas, el osenko también, la familia va a venir a visitarnos, esta es la semana de obon, sean bienvenidos.