Por Alejandro Yoshioka
Luis Arriola, editor general de Terra Perú, es un peruano enamorado de Japón. Vivir por más de seis años en tierras niponas ha marcado su vida al punto de que es siempre una inspiración para sus creaciones literarias. El pasado sábado presentó su segundo libro, Otosan y otros cuentos, que le permitió una mención honrosa en el concurso literario organizado por la APJ. A continuación, una breve entrevista con este joven escritor, cuyo estilo ágil y ameno garantizan leer el libro de un solo tirón.
Háblanos de Otosan y otros cuentos.
Estos cuentos los escribí de madrugada, siempre después de acostar a mi hija. Algunos tienen que ver con peruanos en Japón, otros de alguna forma están ligados a Japón. Son temas muy fuertes que en algunos casos he vivido y los he procesado a través de un cuento.
Por ejemplo, hay un cuento que se llama «Musume / Musuko», que es cuando mi hija se enfermó. A los seis meses presentó una obstrucción intestinal y fueron momentos muy difíciles tanto para mi esposa como para mí, no encontré otra forma de exteriorizar todos los momentos terribles que pasé que escribiendo una ficción, un cuento inspirado en lo que vivimos. Así, el cuento parte de la frase que dice que «Un padre nunca debe enterrar a su hijo».
Entonces el cuento trata de un padre que tiene muy mal a su hija, pero a quien le dan la posibilidad de firmar un contrato para que lo operen a él en lugar de su hija. Sin embargo, esta operación tiene que ser sin anestesia pues el padre tiene que dar su cuota de dolor, así como la madre lo hizo al dar a luz a su hija. Así salió el cuento.
En tu primer libro Gambate, la figura de tu padre estaba presente. En el cuento «Otosan» asumo que también sucede lo mismo.
La figura de mi padre siempre, de alguna manera, está presente en mis obras; pero en el cuento «Otosan» hay otros elementos. Es una historia que nace en Japón y en la que tomo la figura del sempai y kohai, del maestro que enseña al novato. Por los años que viví en Japón me di cuenta que es un referente muy fuerte en la cultura japonesa.
También trabajé este cuento con la toma de la residencia del embajador de Japón en Lima, el punto es cómo vivieron los peruanos en Japón, el tema del secuestro, cómo vieron esa coyuntura tan difícil y cómo la colonia peruana iba a afrontar y afrontó toda esta carga.
Un cuento que me causa mucha curiosidad y del que ya soltaste prenda en tu blog es sobre el «Cónsul de Nagoya». Cuéntanos algo al respecto.
Es un personaje que aún me sigue rondando la cabeza. Lo utilicé para el cuento, pero pienso hacer una novela sobre el personaje. Por ejemplo, el gran escritor Haruki Murakami escribió una vez un cuento y luego rescata a su personaje para crear Tokyo Blues. Yo quiero hacer eso: a raíz del cuento, desarrollar el personaje para una novela.
El «cónsul» es una persona que intenta sobrevivir en Japón y se da cuenta de un detalle que le va a solucionar la vida de muchos peruanos sin visa: logra falsificar a la perfección las visas y le da cierta esperanza a los peruanos que están en zozobra luego de que la oficina de migración deja de dar visas tan fácilmente. Entonces es la historia de cómo él afectó la vida de miles de peruanos.
Así, el «cónsul» es perseguido por la yakuza, y muchas personas que quieren saber cómo logró esta imitación tan perfecta. La vida no te condona las deudas y las tienes que pagar en efectivo, el personaje ha tenido errores y aciertos, y al ser tan poderoso hay mucha gente que quiere cobrarle.
El personaje existió, lo conocí de vista y sabía a qué se dedicaba, y es interesante conocer este proceso porque hay muchos peruanos que saben que existió, aunque en el cuento hay muchas cosas que se ficcionalizan.
«Kamisama mou sukoshi dake» es otro cuento en el que narras otro suceso importante en la historia reciente del país como el terremoto en Pisco.
El título lo saqué de un dorama que vi en Japón durante el tiempo que viví allá, «Kamisama mou sukoshi dake» (‘Dios, dame un poco más de tiempo’). Cuando cubrí el terremoto de Pisco, a los dos días después del sismo me conmovió mucho ver los muertos, tuve que dormir en la Plaza de Armas en la móvil del periódico, hice varios informes y uno de los últimos personajes que encontré fue al guitarrista que se salvó del derrumbe de la iglesia de San Clemente. Lo encontré en su casa con un miedo atroz y a raíz de la historia de él, surge la ficción para crear una sanadora.
El cuento transcurre cuando llevan al guitarrista a la casa de la sanadora para curarle el miedo, y el periodista incrédulo no cree en lo que hace la sanadora Mori chan, que cuando rezaba decía muy bajito, en medio de una pausa: «Kamisama mou sukoshi dake».
Entonces, luego de sanar al guitarrista, el periodista descubre el secreto y de eso se da cuenta la sanadora que le dice al incrédulo: «Yo también te puedo quitar a ti el miedo, pero tu miedo es más difícil porque te ha seguido de Japón», así el incrédulo se vuelve crédulo.
Si en tus cuentos hay muchas de tus experiencias, ¿pasa lo mismo con «Ichi go ichi e»?
(Risas) La historia es de un peruano que regresa al Perú luego de vivir varios años en Japón, país que añora. Dentro de esa añoranza está tener una chica japonesa. En este afán va a una academia de idioma japonés, pero descubre que las chicas que dictan clases son mayores. Al verlo desesperanzado, uno de sus compañeros le dice: «¿Si hablas bien el japonés, por qué vienes? Si quieres conocer chicas yo te voy a enseñar donde encontrarlas, pues en mi universidad vienen chicas de intercambio».
Y así el personaje conoce a japonesas, vuelve a sentir lo que vivió en Japón, se enamora, tiene un amor a distancia, pero esta distancia genera muchas infidelidades, pero al final este personaje vive con su primer gran amor japonés y en ese interín descubre que no son tal para cual. La japonesa se va y él la va a despedir, pero no hay una comunicación verbal, se queda con la duda de querer retomar el amor o dejarlo ir. Entonces se comunica con el compañero de la academia quien le aconseja: «Ichi go ichi e» (‘cada oportunidad vívela al máximo’) y acepta este consejo y con cada china, japonesa o coreana busca entablar un romance, pero estas siempre se van. Entonces son amores con fecha de expiración, se da cuenta que en agosto unas van y otras vienen.
Háblanos de los otros cuentos.
«Chimbote gambare» es un cuento sobre peruanos, iraníes y filipinos en un barco atunero, un trabajo fuerte de mucha adrenalina, pero en el que se puede ganar mucho dinero, aunque hay que competir para ello. Finalmente está «Kankoku girl», que es una ficción sobre el camino inca, donde el protagonista conoce a una coreana.
En todas tus obras, Japón siempre ha estado presente.
Hay una carga de nostalgia en todos los cuentos. Japón es un cordón umbilical que no puedo cortar, tengo dos proyectos más que quiero escribir y no sé si se romperá el círculo; pero Japón todavía me sigue motivando a escribir estas ficciones y a imaginar circunstancias que recreen estas vivencias.
¿Japón ha marcado mucho tu vida?
Cada cierto tiempo descubro que Japón me sorprende, escribir Gambate fue una descarga emocional y lo mismo pasa con este libro de cuentos porque cada uno tiene su propio feeling, me he puesto a reír, he gozado con cada uno y me he puesto triste también; pero en cada cuento descubro que Japón persiste y me sorprende, que es imposible romper el cordón umbilical y quiero materializar todo lo que aún siento. No sé si se acabará esta mina, pero es algo que me motiva y me sigue motivando.