Tras la crisis nuclear en Fukushima, el gobierno japonés ha concentrado esfuerzos en mitigar los daños ocasionados y a la fecha poco a poco la prefectura ha podido recuperarse.
Desde el accidente muchos padres de familia pidieron chequeos médicos para sus menores hijos, apoyándose en el ejemplo de Chernobil en 1986 ya que, tras la catástrofe, los habitantes de las zonas vecinas a la antigua central soviética sufrieron numerosas disfunciones relacionadas con la glándula tiroides.
Un estudio no oficial, dirigido por doctores de la región de Fukushima, ha concluido que una décima parte de los pequeños -su estudio se basa en una muestra de 130 niños- presentaba problemas hormonales y sufría algún tipo de trastorno relacionado con el tiroides. Sin embargo, estos investigadores no han podido establecer una relación directa entre estos trastornos y la exposición a la radiación.
Para esclarecer el asunto, las autoridades sanitarias japonesas han iniciado esta campaña de revisiones médicas cuyo objetivo es controlar a largo plazo la salud de los menores que vivían en las inmediaciones de la central cuando se produjo el accidente.
Un equipo de la facultad de Medicina de la Universidad de Fukushima será el encargado de realizar los chequeos, que se repetirán periódicamente en los próximos años.
Según sus datos, las complicaciones en el tiroides pueden tardar en ser detectadas, por lo que lo más adecuado en estos casos es realizar un seguimiento continuado a la población que puede sufrir potenciales complicaciones.
El 11 de marzo de 2011, un seísmo de magnitud 9 en el Océano Pacífico provocó un enorme tsunami que devastó la costa noreste de Japón, dejó más de 20.000 muertos y desaparecidos y provocó un grave accidente nuclear en la central de Fukushima Daiichi.