Por Koki Higa
Todos los que han jugado al tenis con Justino Paucar y los pocos que le han ganado tienen que estar tranquilos. En ningún partido se dejó ganar. Así que si le ganaste a Justino, en verdad le ganaste. Nunca perdió para agradar al contrincante.
Esa fue la primera pregunta que se me ocurrió formularle cuando nos reunimos en el cuarto de sonido del Dai Hall del Centro Cultural Peruano Japonés.
Y es que Justino es así, un señor tranquilo de 58 años, tres hijos y dos nietos a los cuales adora como si fueran sus alumnos de la academia de tenis del Estadio La Unión, que dejó hace 25 años para empezar a trabajar en la APJ. Así es y así quiere que lo recuerden, como una persona sencilla, que le gusta colaborar con los demás y que gusta de su chamba.
Recuerda con nostalgia que llegó a Lima de Pasco a los once años de edad. Luego de estudiar y trabajar le pasaron la voz para ser el recogebolas oficial de las canchas de tenis del Estadio. Allí aprendió ese deporte y se convirtió en un alumno aplicado, y posteriormente en un profesor exigente y esforzado. Quince años estuvo en la arcilla.
Aunque juega con la derecha y pocas veces pasa a la net, su tenista favorito es Nadal. Confiesa que Tito Ichikawa ha sido el mejor tenista contra el cual ha jugado y que los partidos contra Julio Yamashiro paralizaban toda el área del tenis. Me repite que nunca se ha dejado ganar, ni siquiera para hacerle la patería a nadie y si tenía que meterle un 6 a 0 al presidente lo hacía sin contemplaciones. El tenis le permitió conocer México, a donde viajó como parte de la delegación en un Confraternidad.
Con tantos años con los japoneses, Justino sí ha aprendido muchas palabras y frases que suelta con confianza como si estuviera devolviendo una pelota con un drive. Ha conocido a la princesa y al príncipe del Japón en sus visitas a Lima.
Ahora, ya alejado de las canchas, es el encargado de los eventos y equipos de la APJ. En otras palabras, es el encargado que todas las actividades artísticas, culturales internas salgan como tienen que salir desde hace siete años. Fue contratado para tener a su cargo al personal y como jefe de mantenimiento de las instalaciones de la asociación, y luego se fue especializando en el manejo de la consola de sonido y las luces.
Nunca dejó de aprender, me comparte con sinceridad y sencillez.
Todos los que hemos pasado por algún auditorio del Centro Cultural Peruano Japonés sabemos del profesionalismo y la buena onda de Justino. Siempre busca que el sonido sea el mejor para la persona que esté en el escenario aunque no siempre faltan los «artistas» joyitas.
En una ocasión, me comenta, estuvo encargado del sonido de un guitarrista y en plena actuación empezó a fallar. El guitarrista cambió tres veces de cable y seguía sin salir el sonido. Era su guitarra lo que estaba fallando, confiesa Justino, pero el artista no quería admitirlo y simplemente dejó el escenario y se marchó. Hasta ahora lo está esperando Justino para que acabe la canción que dejó a medias.
Maneja la consola de 40 canales con gran maestría, súbele aquí, bájale allá, dale vuelta a esta perilla y listo, tenemos el mejor sonido. Eso sí, no hace milagros, no puede hacer nada con los que no nacieron para cantantes.
Admira y ha hecho suyos algunos valores de la colectividad: el respeto por los mayores, la puntualidad (valor que yo no cumplí al llegar quince minutos tarde a nuestra reunión) y la responsabilidad en los eventos.
A los jóvenes les aconseja que sean perseverantes, responsables y que se ganen la confianza de los demás con responsabilidad y compromiso. La mejor forma de enseñar es con el ejemplo, concluye Justino.
«Nada ha sido más difícil que las actividades del Centenario, Koki», y yo le aseguro que no se preocupe porque ya no estaremos para el bicentenario de la inmigración.
Dejo a Justino en la cabina, le agradezco el tiempo y la paciencia. Le digo que él es parte de la historia y el desarrollo de la APJ y que por ello le quería hacer esta entrevista. Él sonríe y regresa a su consola de 40 canales, esa que maneja con maestría, regresa a su chamba, esa que le gusta y espera algún fin de semana para desempolvar su raqueta y regresar a sus tiempos mozos, esos que siempre volverán…