Por Álvaro Ito
Al cumplirse 114 años de la llegada de los inmigrantes japoneses a tierra peruana, es importante conocer el contexto y los motivos por los cuales estos optaron por dejar su país natal y cruzar el océano Pacífico.
A finales del siglo XIX, el Japón vivía bajo el reinado del emperador Meiji, época en la cual el país había sufrido diversidades de cambios y se pasaba de un sistema feudal a una modernización impuesta por Occidente.
A pesar del rápido crecimiento y de alcanzar un proceso de industrialización temprana, se vivía mucha desigualdad dentro del pueblo, por lo que muchos habitantes sufrían para salir adelante en su vida diaria.
En paralelo, el 8 de octubre de 1898, Makoto Morioka, jefe de la compañía de Emigración Morioka, obtenía el permiso para incluir al Perú en áreas de migración a su cargo. Desde entonces se hizo un llamado al pueblo para que se anime a ir al país andino.
En referencia a lo que señala Mary Fukumoto en su publicación Hacia un nuevo sol / Japoneses y sus descendientes en el Perú, los diarios de la época, fomentando la migración, decían lo siguiente sobre el Perú: «Los salarios son de 1 yen y 20 sen al día. Pero podría aumentar a 2 yenes y 20 sen diarios. Se podría tener un ingreso neto de 21 o 22 yenes. El clima es agradable, una brisa fresca sopla del océano durante todo el año. La temperatura es adecuada para los japoneses. No hay enfermedades endémicas, y además, los peruanos les ofrecen a los japoneses una cálida bienvenida».
Y es así que muchos se llenaron de ilusiones y esperanza por este país, del que nunca antes habían escuchado. Tenían miedo, pero a la vez eran perseverantes y sabían que tenían que trabajar por sus hijos.
Así es como el 28 de febrero parte del puerto de Yokohama el vapor apodado «Sakuramaru», con un total de 790 hombres, de los cuales 372 provenían de Niigata, 187 de Yamaguchi, 176 de Hiroshima, 50 de Okayama, cuatro de Tokio y uno de Ibaraki. Cabe resaltar que además acompañaban cuatro mujeres: la esposa de un empleado de Morioka, sus dos hijas y una enfermera.
«¡Banzai!», se escuchó en el puerto del Callao el 3 de abril a la llegada de los primeros inmigrantes, tras el largo viaje de cruzar el océano Pacífico. Ellos no imaginaron que posteriormente iban a arribar más japoneses y que varias mujeres llegarían a través del yobiyose para casarse con los que ya hayan cumplido sus años de contrato en las haciendas que abarcaban la costa del Perú.
Muchos japoneses abrieron sus pequeñas empresas e industrias, pues vieron que en el Perú había una gran oportunidad comercial. La mayoría llegaba a Lima y comenzaba con sus negocios. Es por ello que, a partir de ese momento, la colectividad nikkei comienza a crecer dentro del país.
Y si bien durante la Segunda Guerra Mundial los japoneses sufrieron por persecuciones, racismo y deportaciones, terminado el conflicto muchos decidieron quedarse eternamente en el Perú y comenzaron a comprar sus propios terrenos para construir sus casas. Sin darse cuenta, ya eran parte del país y la colectividad nikkei se había organizado muy bien.
Los pioneros japoneses que llegaron a territorio peruano supieron salir adelante, y por eso le agradecieron al Perú contribuyendo con mucho trabajo y dedicación en su desarrollo. Ellos supieron adquirir costumbres peruanas y a la vez seguir con la nipona, por lo que se enriqueció la cultura nikkei en poco tiempo.
Hoy, al cumplirse 140 años del Tratado de Amistad que firmó Japón y Perú, y 114 años desde la llegada del Sakuramaru, lo único que podemos hacer es reconocer el esfuerzo de los japoneses, porque ellos vivieron pensando en sus hijos y descendientes. No hay mejor día para agradecer a los pioneros y valorar lo que la colectividad nikkei es actualmente.
Por último, nosotros, sus sucesores, debemos tenerlos siempre como espejo de vida, ya que ellos tuvieron el corazón de querer salir adelante, hasta sufriendo, por sus seres queridos. Un valor que caracteriza puntualmente a los japoneses.