Por Christian Hiyane Yzena
Ciento catorce años después, las relaciones entre el Perú y el Japón se encuentran mejor que nunca. El intercambio comercial que se ha consolidado a partir de un Tratado de Libre Comercio ha servido para que un país de exportaciones primarias pueda extender su red de comercialización a otra, que hace muchos años ha alcanzado altos índices de competitividad gracias a su industrialización.
Hasta hace algunos años, ver en los escaparates de los supermercados japoneses, los populares «supa», productos de origen peruano, era casi un sueño. A lo mucho, la pota siempre sobresalía en medio de las congeladoras. Pero la producción aparentemente era tan irregular, que a la semana siguiente la pota china ocupaba su lugar. Ergo: no había que dormirse sino trabajar más para asegurar nuestro nicho en ese segmento.
Después ingresaron los plátanos ecológicos, pero el precio era mucho más alto que uno filipino. De acuerdo, las distancias y los fletes eran mucho menores, pero para el consumidor japonés —cuyo ingreso per cápita es de casi 35 000 dólares y goza de un nivel de calidad de vida A1— no importaba el costo, sino la variedad de la fruta, la textura, el sabor y el tamaño. Y en eso, la banana filipina nos llevaba un poco de ventaja. La cáscara, por ejemplo, era mucho más delgada.
Hoy, no sólo exportamos esos productos: a los minerales se suman mangos, espárragos y hasta estamos luchando por el ingreso de nuestra señora palta, de envidiable calidad frente al abocado mexicano de precios exorbitantes y del tamaño de una nuez. ¿Qué falta allí? Adecuarnos a los estándares sanitarios y de calidad que dictan las autoridades japonesas.
De Latinoamérica tenemos numerosos ejemplos de exportación a Tokio: del Brasil, el pollo fresco y sin vísceras; de Chile, las manzanas y de Argentina, los vinos. Incluso ingresaban plátanos de Ecuador. No hay que ser adivinos para darnos cuenta que cada país exporta lo que mejor produce. ¿Y nosotros por qué no podemos tener nuestra parte en el sector pesquero habida cuenta de que en muchos casos la producción nipona a veces es insuficiente debido a la demanda interna? Primero miremos lo que está sucediendo por casa para darnos cuenta de lo mucho que nos falta.
En suma, es un aniversario más de la amistad peruano-japonesa que no sólo nos llena de orgullo, especialmente para quienes descendemos de las distintas regiones de ese maravilloso país, sino nos ayuda a repensar la prosperidad política, social y económica que ha logrado en base a esfuerzo y a mucha tolerancia. En países desarrollados, la opinión de los demás vale tanto o más que la del protagonista.
Hace algunos días, comentábamos en esta columna la posibilidad de que Japón nos brinde apoyo en el sector que tiene que ver con el aparato de infraestructura: caminos, servicios públicos, energía. Un déficit en inversión tecnológica y económica que lamentablemente el Perú ya está empezando a sentir por falta de políticas de largo plazo. Es una pena que no haya aún visión de futuro, sobre todo cuando guardamos altos índices de crecimiento anual sin que las cifras vayan de la mano con el crecimiento también sostenido en infraestructura en todos los niveles: desde puertos, muelles hasta terminales aéreos.
Nos enorgullece sentirnos parte de esta celebración por lo que lograron los issei, pero también nos llena de optimismo la invalorable ayuda que Japón le está ofreciendo al país en distintos de sectores, especialmente en la parte social, donde tenemos todavía muchos niveles de desigualdad y pobreza, sin acceso a los servicios más elementales.
La suerte de un peruano no debe ser mirada con desdén por los demás. Por lo mismo, las celebraciones de la amistad peruano-japonesa no sólo deben ser miradas con una visión de respeto y admiración, sino también como parte de un deseo postergado que necesita ser saldado.