La profesora Maruja Abanto celebra sus Bodas de Plata enseñando el arte de la pintura en la colectividad nikkei, empezando con el colegio La Unión y continuando en el taller Camino a la Felicidad hasta el día de hoy. En la siguiente entrevista nos relata más al respecto.
¿Cuándo empezó a enseñar en la colectividad?
En 1988 comienzo a enseñar en el colegio La Unión y en 1989 conozco a Ernesto Takuma, que fue el promotor del taller. El señor Takuma era directivo de Educación de la Cooperativa Pacífico y estaba a cargo en el colegio de los concursos internacionales infantiles de pintura a través del Club Pacífico.
Justo se estaba llevando el concurso de pintura para la prefectura de Kanagawa. La modalidad era que se realizaban las pinturas en el patio del colegio y se hacía la selección con un jurado. El señor Takuma me pidió ser parte del jurado en ese octubre de 1989 y desde allí hemos comenzado a hacer talleres en el colegio La Unión y en Santa Beatriz también.
Una de esas tardes estábamos llevando los trabajos a mi casa y mi mamá me dice: «¿Por qué hacen todo para jóvenes y para niños? Ellos lo tienen todo, los adultos mayores, en cambio, no tienen nada». Entonces el señor Takuma me dijo para que haga un proyecto, hice el proyecto y él lo presentó a la Cooperativa Pacífico y desde el 16 de abril de 1991 comenzamos el taller.
Este 16 de abril el taller Camino a la Felicidad del Jinnai Center cumplirá 22 años.
¿Ha enseñado a varias generaciones?
En La Unión enseñaba a los niños de primaria, jóvenes de secundaria y a los padres de familia. Luego me venía al Kaikan para enseñar a los abuelos. Era gracioso porque yo enseñaba a los nietos, a los padres y los abuelos. Y lo más gracioso era que los nietos me decían que tenían a sus abuelos en el taller del Jinnai y me preguntaban: «¿Cómo se porta mi ojiichan?». Era al revés. Era muy bonito pues a través del arte se podían encontrar generaciones.
¿Hay alguna característica particular de los adultos mayores en cuanto a la pintura?
Lo que observó un visitante al taller fue que a los adultos mayores les agrada mucho el color verde. Ese verde se puede relacionar con la naturaleza y la contemplación, entonces podemos llegar al punto de que los orientales son los que contemplan más y encuentran su fuente de creación y su vinculación con lo que ofrece la naturaleza.
¿Admira usted algo de sus alumnos?
Su tenacidad para poder expresarse a través de la pintura. Su laboriosidad, que no es lo mismo que tenacidad. Y eso lo vi mucho en los isei, pues el taller comenzó con isei. Japoneses con los que yo no podía comunicarme verbalmente, pero nuevamente el idioma universal de la pintura hacía que con una demostración me pudieran entender lo que yo quería decirles.
¿Hay apoyo para el artista plástico en el Perú?
No hay apoyo. Yo pertenezco al Aspap (Asociación Peruana de Artistas Plásticos) y en la Ley General del Artista vemos que el artista plástico no existe. No está considerado. Porque solamente está considerado me parece que el teatro y los compositores de Apdayc.
El modelo de México, por ejemplo, es que los egresados de la Escuela de Bellas Artes de México tienen una subvención de algunos años en los que tienen que producir y reciben una ayuda. Por decir, el artista hace en determinado colegio un mural y, mientras va ejerciendo su profesión, no sólo va dejando huella a través de sus obras, sino que además va recibiendo una subvención hasta que se vaya haciendo conocido y se pueda situar en el medio.
Aquí no. Tú egresas de una escuela de arte —aparte que está tan venida a menos la carrera de pintor porque nos relacionan con bohemios y borrachos— y no recibes nada para poder progresar.
¿Tiene alguna temática en especial en sus obras?
Pinto gatos. Me fascinan los gatos y ahora estoy realizando el proyecto Cien temas del universo felino, el cual consiste en pintar cien gatos. Me gustó mucho la obra del escritor japonés Soseki Natsume (Yo, el gato) porque él, a través de la visión de los gatos, ve como eran sus amos, es decir los seres humanos.
Eso de Cien temas del universo felino lo he tomado, pues el gato es un gran compañero. El compañero presente, que en ciertos momentos no está presente pues se encuentra en su propio universo.
El gato, aparte de ser tan misterioso —lo relaciono con el misterio de la vida pues no sabemos que hay más allá de esta—, me enseña también a que tenemos que detenernos. Bueno, él duerme todo el tiempo y no tiene problemas existenciales.
Veo que a los gatos se les ve muy bien. Cuando duermen, duermen; cuando comen, comen y cuando están contemplando, están mirando eso fijamente y justamente eso es lo que nos dice el budismo zen: «El problema de occidente es que cuando comen, están pensando en sus problemas; cuando duermen, quieren solucionarlo todo en la almohada; entonces nunca duermen ni nunca comen».
Esas cosas las relaciono y me parece que el gato fuera un maestro zen que me dice: «Es hora de trabajar, trabaja». Y estéticamente es una belleza el gato. Los denomino «pañuelos de seda», pues una amiga de mi mamá me comentó que las mujeres tenemos mucho que aprender de los gatos, pues cuando entran a un lugar caen como la seda. Y me gustó esa figura.
Hice dos exposiciones individuales aquí en el Cultural. Me apoyó mucho el Departamento de Cultura y estoy muy agradecida.
¿Algún mensaje para los lectores de Perú Shimpo?
Quisiera agradecer a la colonia japonesa, pues estos 25 años han sido de mucho aprendizaje, de mucho afecto, de mucha interacción humana. Extraño mucho a los isei, tenían algo especial, he aprendido mucho de ellos.
Y mi agradecimiento a ellos, a la colonia en general por haberme permitido desarrollar en su seno, en su Centro Cultural, por la confianza que me ha tenido. Gracias a la señora Elena Kohatsu, que me llamó para que diera las clases aquí. El taller lo comenzamos el 16 de abril de 1991 y Jinnai empezó sus actividades en agosto de 1992. Tenemos casi un año y medio antes, luego la señora Elena incorporó el taller a Jinnai Center.
Soy feliz con lo que soy y con lo que hago. Imagínate, ser feliz con lo que uno es y con lo que hace, qué gran felicidad. Y eso gracias a todo lo que he aprendido y toda esa riqueza humana que he encontrado.
Anécdota
Una de las alumnas del taller tenía la inquietud de postular a la Escuela Nacional de Bellas Artes. La preparé, ingresó a la escuela y terminó graduándose a los 85 años. Fue una vocación tardía, pero terminó bien.