Regresando hace poco de la beca otorgada por Nishihara-cho (Okinawa) Jocelyn Sato Miyahira nos comenta en esta nota la experiencia que vivió como becaria en la tierra de sus ancestros. Ella estuvo becada desde julio hasta diciembre del 2012.
¿Qué fue lo que más te impresionó al llegar a Okinawa?
En verdad lo que más me impresionó fue la mentalidad de los okinawenses. Eran muy organizados, siempre pensaban en la comunidad, en sus niños, sus ancianos, en preservar la cultura. El orden también era pieza fundamental de la sociedad okinawense. Todos respetaban a los demás, en todo sentido. No hacían bulla a partir de las 10 p.m. , a pesar de no haber tachos en las calles, siempre estaban limpias, etcétera. Me encantó la sensación de sentirme segura en cualquier lugar.
¿Qué te pareció la comida en Okinawa?
Me encantó. Había una gran variedad. De todo para todos. Me sorprendieron las alacenas de las tiendas, toda la clase de alimentos procesados que habían, pues como parte de mi carrera de industrias alimentarias no podía dejar de sorprenderme de los diferentes tipos de alimentos que envasaban, ya que nunca se me hubiese pasado por la mente hacerlo.
¿Y cómo describirías Okinawa después de la experiencia?
Me encantó. Para mí es un lugar que llevaré siempre en mi corazón. Lo que más extraño es a las personas que conocí.
¿Dónde te hospedaste?
Me quedé en casa de unos amigos de mi primo, Miguel Miyahira, quien fue anteriormente, becario de Nishihara. Era una familia de peruanos. Sadako Uehara, y sus padres Seiji y Masako Chinen. Mi familia de Okinawa siempre se preocupaban por mí y nos llevábamos muy bien . Gracias a ellos, que me abrieron las puertas de su casa y hablaron con mis familiares allá, pude conseguir la beca. Por lo cual siempre estaré agradecida y en deuda con esa familia. Los extraño mucho sobre todo a mi okaasan de allá, me recordaba mucho a mi mami.
¿Qué cursos seguiste en la beca?
La beca de Nishihara es una de las más largas que hay (casi siempre es de 6 meses). Lo cual te da mucho más tiempo para aprender cosas que no se pueden aprender en periodos tan cortos. Al principio reforzamos mucho el idioma japonés. Luego empezamos a ensayar los aspectos culturales de la beca. Entre ellos el sanshin, shodo y ryubu (danzas de Okinawa) en una frecuencia de 2 veces por semana, por último se añadió a nuestra programación la práctica de wadaiko una vez por semana. Adicionalmente llevamos seminarios o pequeños workshops de kabuki, noh, y kyogen, entre otras actividades.
¿Alguna experiencia fuera de lo común que tuviste por allá?
Bueno, ¡hay tantas! (risas). Pero una de las más increíbles fue haber hecho eiza por Obon. Con los otros becarios de Nishihara ensayamos solo dos veces, por lo que no nos aprendimos toda la coreografia. Pero nos invitaron a participar para recorrer las calles, como suelen hacerlo por Obon. Y fue así que estuvimos un poco más de 5 horas tocando taiko y bailando por las calles de Nishihara. ¡ 5 horas! Fue tan agotador, pero no nos rendíamos. Queríamos ganbattear hasta las últimas consecuencias!
¿Cómo afectó la beca en tu vida?
Las personas que me conocen siempre decían que yo era una japonesa «bamba» por así decirlo (risas). Ya que si bien por fuera tengo los rasgos, no conocía la cultura ni el idioma. Esta experiencia me ha abierto los ojos. Aprendí a tocar sanshin, a bailar danzas de Okinawa, a escribir según la caligrafía japonesa, practiqué eisa y wadaiko, es decir, me empapé de la cultura de la tierra de mis abuelos y me encantó. Me siento identificada tanto con el legado de mis antepasados, como con mi país. Quiero seguir cultivándome en aquello que empecé allá y no perderlo, sino más bien animar a otros a que lo prueben y seguir difundiendo la cultura de nuestra Okinawa.
¿Cómo fue la experiencia de llegar al distrito de donde provenieron sus abuelos?
Fue algo surreal. Sentí una conexión muy profunda e indescriptible con mis raíces. Conocer a mis familiares, que solo veía por fotos, los lugares donde estuvieron mis abuelos es una experiencia que no tiene precio. En una ocasión, estaba hablando con mi mamá por Skype, y empecé a tocar Asadoya yunta, mi mamá no pudo esconder su asombro y me dijo: «esa canción la tocaba tu ojii» . Fue un momento mágico. Me dieron muchas más ganas de aprender todo lo que pudiese hacerlo. Y así lo hice.
¿Qué es lo que más rescatarías de la beca?
Aparte del aspecto cultural y de practicar el idioma japonés, tuve la oportunidad de hacer mis prácticas profesionales en una destilería de Awamori (licor okinawense destilado de arroz).
Por dos meses , estuve trabajando en La destilería Ishikawa que se encuentra en la misma ciudad de Nishihara. Entraba a las 8:30 a.m. y salía a las 6 p.m. , para luego ir a mis clases. Esa experiencia me enriqueció de forma profesional, pues me mostró por un corto periodo, la forma de trabajar de los japoneses. Los altos estándares de calidad que manejan, combinado con la disciplina y el indiscutible sentido del orden, me dieron una lección que nunca olvidaré. Además los trabajadores de la planta eran siempre amables y me trataban con tanto cariño , que se me hizo muy fácil encajar allí. Todos me decían Ricchan, lo cual era muy gracioso para mí, pues era la forma como llaman a los niños. Siempre los recuerdo con mucho afecto, pues me enseñaron mucho y eran muy pacientes, a pesar de que a veces no entendía muy bien las cosas.
Algún mensaje para los jóvenes que están en duda en postular a la beca...
Les diría que no lo piensen dos veces y postulen. Las becas de Okinawa y en especial de Nishihara son una gran oportunidad de conocer el legado de nuestros abuelos, vivir una experiencia única en la vida y crecer como profesionales. Al principio tenía mis dudas de postular, pero tengo que agradecer a Nishihara Chojinkai del Perú por darme la oportunidad de pasar por una de las mejores experiencias de mi vida. A Elena Kobashigawa, Fernando Nakasone, Miguel Kohatsu por poner en mi la confianza de representar al Perú el año pasado. A Mary Kobashigawa y Karina Vallejos por su apoyo y consejos. A Ali Nakasone, mil gracias! No se qué hubiera hecho sin tu ayuda. Y por último, pero no menos importante, a mi amigo Rubén Kanagusuku, por darme ese empujoncito para atreverme a postular a esta beca que realmente me cambió la vida.