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«De las experiencias buenas y malas he aprendido bastante»

Por Rubén Kanagusuku

Recientemente becada por Chatan Cho, Magaly Tsukayama nos relata en la siguiente entrevista la experiencia vivida en Okinawa. Ella estuvo becada desde agosto del 2012 hasta diciembre pasado, retornando recientemente a Lima. La experiencia que tuvo como becaria fue inolvidable, encontrando en su camino a mucha gente voluntariosa que la ayudó en su desenvolvimiento durante su estadía.

¿Qué la impresionó al llegar a Okinawa?
Lo que te impresiona primero es el calor. Cuando sales del aeropuerto, te impresionan los paisajes y la playa. De allí el orden. Cuando uno va por la calle, por más tráfico que haya, siempre guardan su línea. Hay bastante respeto por el peatón.

¿Estuvo hospedada en casa de familiares?
Así es. En la casa de mi primo que vive y trabaja allá. Vive en Chatan y trabaja en la base americana. Por eso no tuve problemas para movilizarme cuando tenía que ir a la Municipalidad o al Hispanic Center.

¿Qué curso siguió en la beca?
Nihongo, shodo (caligrafía japonesa), ikebana, sanshin y tuvimos dos clases de uchinaguchi. Más que clases, era información. El profesor era brasilero, se llama Akira Uema.

¿Cómo afectó en su vida la beca?
Al principio me resistía a ir, pero es bien enriquecedor. Lo primero es que estás lejos de tu familia. Allá te las ves solo, en una sociedad donde se habla otro idioma. No me fui con muchas expectativas, pero ahora estoy bien satisfecha y contenta con todo lo que he vivido. De las experiencias buenas y malas he aprendido bastante.

Al llegar a Okinawa, ¿se reencontró con tus raíces?
Los de la Municipalidad de Chatan me preguntaron si sabía de qué pueblo de Chatan era mi ojii. La verdad no sabía. Ellos averiguaron y me llevaron al pueblo llamado Tamayose. Me contaron un poco acerca del pueblo. Allí sembraban arroz y había una especie de fuente de agua, por eso es que era fértil y se disculparon por no llevarme más, pues allí hay una base americana. Fue una sensación un poco extraña porque uno siente una emoción de encontrar sus raíces. Los de la Municipalidad en verdad me han tratado muy bien.

Al ser becario uno interactúa con la sociedad.
Así es. Como vivía en Chatan, me hice socia de la biblioteca municipal y, cuando iba, varias señoras me decían que había libros de Perú. Y me pedían que les enseñara. Al final esas señoras me hicieron como una despedida.
También en Chatan se iba a hacer un festival de comida Chatan Gourmet, entonces estaban todos ajetreados y me dijeron para que ayudara a poner las cajas, los adornos y las banderitas de Orion Biiru. El festival era de todos los restaurantes que hay en Chatan.
De allí colaboré en lo que es información al turista y podía hablar un poco de inglés. Fue una experiencia muy bonita.

¿Qué otras cosas te sorprendieron?
Los matsuri son impresionantes. El de Okinawa Shi, el central, donde van todas las escuelas de eisa es enorme. Y tiene su Orion Biiru Fest. Es diferente a todos los matsuri de los sonjin. Hubo bastantes escuelas de eisa. Por ejemplo, escuchar en el Orion Biiru Fest a Beto Shiroma en castellano es otra cosa. Uno afuera valora más su cultura. Acá uno no es totalmente peruano y allá no te consideran japonés. Somos una mezcla. Creo que esa mezcla debería permanecer.
Uno espera mucho del japonés, así como a nosotros nos han enseñado, pero allá te das cuenta de que muchas veces no son como el concepto que tenemos.
Otra de las cosas que me gustó de la beca es que quería aprender a cocinar comida okinawense. Como normalmente todos los pueblos tienen su revista o boletín, lo publicaron allí y una señora se ofreció voluntariamente. Llamó a la Municipalidad y me avisaron para que me enseñara la cocina okinawense.
Ella me explicó que había ido becada hace tiempo a Brasil y Perú y que la gente la había tratado muy bien. Ella hablaba un poco de portugués y como sea nos entendíamos. Fue bien voluntariosa y fue una experiencia bien bonita. Después me mostró las fotos de su viaje a Brasil, en 1960, en una ciudad llamada San Vicente. En ese tiempo justo el alcalde era descendiente de japoneses. Buena persona la nesan Matsuda. Ella puso los ingredientes para enseñarme a cocinar. Eso no lo encuentras en cualquier sitio. Bien voluntariosa la nesan para dedicarme su tiempo y poder haber ido a su casa a tomar las clases. Normalmente, el tantosha busca a los profesores y te lleva. Pero que se ofrezcan voluntariamente, así nomás no se ve.

Después me regalaron esas botellitas de umamori (botellitas con sal) y les dije a las señoras de la Municipalidad si me podían enseñar a hacer y me dijeron que ellas no lo habían hecho, pero llamaron a la señora que se las había regalado. Ella incluso me hizo como un manual y me enseñó a coser y llenar las botellitas. Todo fue voluntad de la misma persona.

Al llegar a Tokio, ¿qué diferencias encontraste con Okinawa?
En Tokio, la ciudad es muy grande. Mucha gente. Todas las personas caminan a un compás acelerado. Cuando llegué a Tokio quería regresarme nuevamente a Okinawa. Sientes que si vas a preguntar, como que no hay confianza. Por ejemplo, cuando estaba en el eki, le pregunté a una persona dónde se compraban los tickets y me dijo señalando: «allá». En cambio, si le preguntas a un okinawense, lo más probable es que te hubiese llevado hasta el lugar. Pero sí, Tokio es impresionante.

¿Qué les dirías a los jóvenes que piensan en obtener una beca a Okinawa?
Que postulen. Es diferente irte a hacer turismo que irte becado. Si eres descendiente de okinawenses, es bien bonito ir a conocer tus raíces y cultura. Pero como becario creo que aprendes mucho más. No solamente ves, sino que vives parte de la cultura. Como un turismo vivencial. En mi caso he aprendido cultura y cómo se trabaja en Okinawa.