Venancio Shinki Huamán fue distinguido con un diploma que hizo llegar el gobernador de la prefectura de Hiroshima, Hidehiko Yuzaki. Forman parte de este grupo de los 80 años, Carlos Doi Kamida, Rosa Teruko Baba Domoto vda. de Kato, Andrés Nakaya, Angélica Yuriko Mishima de Tanaka y Nelly Violeta Toshiko Tanabe Abe de Yoneyama.
La ceremonia fue un motivo de entusiasmo especialmente para Venancio Shinki, quien agradeció a Perú Hiroshima Kenjinkai, porque es un «gesto simpático del kenjinkai que hace que nosotros nos sintamos en familia».
Shinki, uno de los más grandes pintores peruanos de Latinoamérica se considera muy ingrato con su kenjinkai «porque tengo un trabajo muy particular», explica al definir su entrega al arte, que para él es un quehacer que lo jala demasiado, es una profesión que ama, es parte del destino. «Así es mi dedicación, pero agradezco a la familia de Perú Hiroshima Kenjinkai».
El Keirokai es una razón para evocar Hiroshima. A la pregunta de si su papá solía hablarle de esta prefectura, Venancio Shinki responde: «con esta declaración te vas a sorprender. Mi papá nunca me habló de la prefectura de Hiroshima, él fue agricultor y después comerciante. Mi padre se dedicó a su trabajo, y cuando tuve uso de razón yo también fui comerciante», asegura sobre lo que es la historia familiar de Kitsuke Shinki, inmigrante de Hiroshima, quien llegó al Perú en 1915 y Filomena Huamán, peruana, padre y madre del artista.
Kitsuke Shinki puso su propio negocio en la hacienda Llamachupan, «que estaba al fondo del valle de Pativilca, era un lugar totalmente inhóspito», dice el pintor nikkei.
Venancio narra que hace algunos años, le hicieron una entrevista periodistas de Inglaterra.
«Fue una cadena de filmaciones muy conocida en Inglaterra, me dijeron vamos a seguir la huella de tu padre, por eso fuimos a Pativilca, fue un lugar increíble porque las tiendas ya se habían caído y se habían construido casas muy chiquitas, las casas hacienda ya no existían, todo venía de menos», precisa en una breve conversación durante la celebración del concurrido Keirokai de Perú Hiroshima Kenjinkai.
Al llegar a Llamachupan, Venancio le consulta a los camarógrafos de Inglaterra «¿qué les parece este lugar que eligió mi padre para esconderse y evitar que le envíen a los campos de concentración en Estados Unidos? y ellos me respondieron es un lugar pavoroso», indica Venancio al referirse que en 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno peruano dispuso enviar a los inmigrantes japoneses a los campos de concentración en Estados Unidos.
«Mi padre no estaba en la lista negra, pero tuvo que mantenerse escondido, porque solamente al tener negocio o dinero, ya podían llevarlo a los campos de concentración», enfatiza.
Con gratitud y admiración, afirma que Kitsuke Shinki ha sido un padre muy cumplidor, «por eso que es que yo he tenido educación japonesa. La primera letra que aprendí escribir fue en japonés, sin embargo, empezó la Segunda Guerra Mundial y fue cerrado la escuela japonesa», señala del comienzo de la etapa escolar en San Nicolás.
Su dedicación por el arte nació a los seis años, porque fue una etapa de depresión debido a los constantes líos por ser hijo de inmigrantes japoneses. «Todos los peruanos de la generación nisei en el norte chico vivimos espantosas situaciones y mi iniciación en la pintura me salvó y pude superar la depresión», detalla.
La mejor etapa escolar que vivió Venancio fue el primer día en que recibe un paquete de libros, cuadernos, sobre todo materiales de dibujo y manualidades que hizo llegar Japón a los peruanos hijos de inmigrantes japoneses. «Recibir y ver un libro de artes fue una experiencia maravillosa, yo tenía seis años e iniciar el arte me salvó de una etapa muy complicada», concluye Shinki Huamán.