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Vive, vive, vive, Venancio

Por: Grace Gálvez Núñez
Fotos: Miguel Angel Villanueva

Venancio Shinki está loco. Se llama a sí mismo pescador de imágenes, los judíos siempre compran sus cuadros, se declara amante de la natura, cree que las rocas hablan, que los árboles suenan, que el azul rompe esquemas, que el rojo le devolvió la alegría. En Nueva York mandó al diablo a la pintura y cuando volvió de Japón tuvo una crisis de identidad que superó gritando: ¡Carajo, sí, soy peruano!

Esta es mi huella, Venancio, porque usted dice que todos, siempre, debemos dejar la huella de nuestra vida. Gracias por la lección.

¿Todos los días pesca imágenes?
Sí, voy pescando casi siempre. No digo todos los días, pero hay imágenes que me recrean y otras imágenes que me impresionan demasiado, muchísimo. Cuando me impresionan bastante, quiere decir que esa es la imagen que debo estudiar.

¿Cuál es la última imagen que lo ha impresionado?
Fui en el verano a la playa y había una roca larga como una pared, que llegaba casi hacia el mar. Roca viva. Mientras todos se iban por el agua, yo me quedaba atrás porque la estaba mirando y me sorprendió las imágenes que encontraba. No sé cuántas personas habrán pasado por delante de esas rocas, no tengo idea, pero el asunto era personal entre la roca y yo. Vi el grafismo que había. ¡Qué maravilla! Entonces, al regreso del paseo, puse en mi cuaderno: «Las rocas hablan».

Nosotros los pintores tenemos una visión más particular, porque vemos lo que otros no ven.

¿Cómo se define?
Soy un trabajador de la plástica, trato de hacer lo mejor posible en mi trabajo, es lo que hago, lo que me gusta. Cuando no pinto, me siento muy triste. Por eso digo ¡vale la pena vivir por la pintura! Creo que es una de las profesiones más lindas, pero también, una de las más difíciles que existen. Cada vez que vienen los jóvenes de Bellas Artes —aunque ahora ya no vienen, seguramente no tienen necesidad de conversar con un viejo— yo les digo: «Están ustedes en una de las profesiones más lindas que existen, sigan con la misma locura, con el mismo amor, pero no dejen esto aunque no haya para calmar el hambre del estómago».

Hay que tener valor, locura, hay que ser un loco para aventarse en esto.

¿Usted se siente loco?
Claro, yo soy loco. Si no fuese así, si no tuviese este arranque de locura, no sería pintor. Creo que se tiene que tener esa dosis de locura para seguir caminando en esta profesión que es difícil. En esto no hay que pensar en la cosa material, sino en el arte, en las cosas que vas a dejar. ¿Y qué vas a dejar? La huella de tu vida.

¿Se complementan la locura y la genialidad?
En este caso sí. La locura tiene una dosis de irresponsabilidad, pero la cosa es que logres lo que tú quieres hacer. Cuando me hice profesional en el año 62, trabajaba muchísimo, pero no vendía, no me importaba, hasta que recordé la frase de un profesor italiano: «Antes de tener un cuadro en tu pared, más vale que esté en pared ajena». Entonces, cuando cumplía años un amigo le regalaba un cuadro; una amiga, un cuadro; un matrimonio, un cuadro. Así fue la cosa al principio, ahora ya no regalo ni el borrador (risas).

EXPRESIONISMO ABSTRACTO

¿Usted decidió hacer arte abstracto?
No, yo ingresé a la Escuela de Bellas Artes queriendo ser retratista. A los 16 años fui maestro de la fotografía, pero llegó un momento en que quise cambiar porque vi una imagen en una revista que creí que era una fotografía. Me impresionó la luz. Cuando leí debajo, decía que era un óleo pintado por fulano de tal. Entonces dije, quiero que ser pintor. Cuando entré a Bellas Artes tuve una suerte extraordinaria, era su mejor época, había profesores de primera línea. Naturalmente, cuando les dije lo que quería hacer, me dijeron: «Bien, para que te ganes tu platita». No lo tomaron con entusiasmo. Poco a poco ellos me fueron abriendo los ojos diciéndome qué cosa era la pintura y qué no lo era.

¿Cómo nació su primer cuadro abstracto?
Sale espontáneamente, la abstracción viene de a pocos. Uno de los sitios donde más me gustaba estar en Bellas Artes era en la biblioteca. Siempre recibíamos revistas de arte de diferentes partes del mundo, no sabíamos el idioma, pero veíamos las imágenes. Aprendimos muchísimo, nos actualizamos y me di cuenta de que si hay una expresión plástica extraordinaria, es el expresionismo abstracto, porque con pocas cosas se está diciendo todo.

¿Cuál fue su primer viaje internacional?
Cuando me eligieron para participar por el Perú en la Bienal de Sao Paulo, que es como el campeonato mundial de la pintura donde participan todos los países del mundo. Allí empieza una tragedia tremenda. Fui de stand en stand y me di cuenta de que casi el 80 por ciento de los participantes estaba dentro de mi onda o yo estaba dentro de la suya, y eso no me gustó. Yo no soy francés ni alemán, soy fundamentalmente peruano, pero todos estos estábamos bailando el mismo ritmo. Ni hablar, aquí hay algo que tengo que cambiar.
Viajé a Nueva York y fui a la muestra del artista norteamericano del momento. En la galería vi que la tela tenía un color sobre la superficie, aparte de un tono medio rojito, marrón, azulado y no había un punto ni una raya. ¿Esto es lo máximo?, pregunté. Si esto es arte, ¡váyase al demonio la pintura! He estudiado y me he sacado tanto la mugre para decir que esta cochinada es arte. ¡Ah no, carajo!

Me fui caminando sólo, triste, totalmente decepcionado de la pintura. De pronto entró a mi cabeza un pensamiento que me tranquilizó: «Venancio, cómo piensas que viniendo a la catedral de la plástica universal vas a encontrar tu salida. Tú no eres norteamericano, tú eres de un país latinoamericano y tienes tu manera de sentir las cosas. Tus cosas van a salir de ti mismo, no del gringo que te mira». Retorné a Lima y me encerré.

¿Cambió su pintura?
De la abstracción fui saliendo a la figuración, una figuración nueva en mi carrera. Hacía barriadas, gente volando. En ese entonces trabajaba en el periódico Expreso, hacía diseños para los dominicales y allí vi que venía gente del interior del país con quejas y llorando,  pidiendo que publiquen algo porque no había solución a la situación de ese pueblo. Eso me dolía en el alma. Me di cuenta que estamos ausentes de esa realidad. Eso hizo que yo cambie. Por buen tiempo hice eso.

Luego vienen los recuerdos infantiles, cuando era un niño e iba a visitar a mi viejo que tenía dos establecimientos comerciales en la hacienda Yamachupán.

LA NATURA

¿Qué recuerda de allí?
Más que los recuerdos de la gente, recuerdo el espacio. Esa es mi locura, yo estoy pegado a la natura. Jugaba solo, correteando lagartijas de piedra en piedra y me iba al borde del río que tenía unos árboles enormes que con el viento se doblaban y sonaba «trrrr». El primer sonido me hizo correr, luego observé curioso. Era dramático y hermoso al mismo tiempo.
Estoy pegado a esas cosas, a los pedrones, a la luna, miraba por horas la luna, miraba el sol cuando se podía ver, cuando no brillaba demasiado. Soy amante de la natura. Comía camarones directamente del río, eran riquísimos.

¿Por qué en sus cuadros predomina el rojo?
Sí, muchos rojos. Antes yo era quizás un poco triste, más que triste era melancólico, nostálgico. Eso me llevó a pintar cuadros grisáceos. Pero cuando yo siento que estoy en el ambiente peruano, que me estoy llevando todos los premios, soy distinguido en diferentes concursos, comienzo a vender, mis salidas al extranjero, ¡caracho!, cambió la cosa, mejoró. Cuando me veo que estoy con la bonanza, dije ¡basta de tristeza, basta de nostalgia! ¡Ahora a la vida!. Y empiezo con el color rojo, con el marrón brillante, amarillo, colores fuertes. Me quedé con el rojo intenso hasta ahora.

El rojo, entonces, es la vuelta a la alegría.
Exacto, a la alegría de vivir.

También he visto un azul intenso.
El azul tiene una particularidad. En cada muestra que hago pongo casi dominantes los rojos, pero siempre un azul. Cuando expuse en Nueva York también llevé mi cuadro azul. Es clásico de mi parte poner un color que rompa con toda la unidad de colores. El azul rompe la unidad.

¿Los colores expresan sentimientos?
Claro, hay dramatismo, hay romanticismo, hay tristeza. Con el color se puede hacer todo. Más que color, con el valor del color, la tonalidad del color.

¿Cómo recuerda a Tilsa Tsuchiya?
Tilsa fue una figura importantísima de la plástica peruana, que tenía una calidad de primera. Siempre reconozco eso. Hemos sido amigos por algunos años porque se enfermó. Tilsa era muy particular. Ella no fue formada al estilo japonés, yo sí lo fui. Mi manera de ser era totalmente diferente. Ella tenía su dosis de irreverencia. Por ejemplo, cuando ya estaba fregada de la enfermedad, la fui a buscar al hospital y la encontré sentada en la cama con un cigarro, estaba fumando. «¡Oye, estás fumando! ¡No friegues pues!», le dije. «Qué rico es esto, no tienes idea», me respondió. Así era. Hacía de su vida lo que le daba la gana.

CUANTO MÁS VIEJO SOY, MÁS ME PEGO A LA INFANCIA

¿Qué piensa de quiénes coleccionan sus cuadros?
Tengo que agradecer muchísimo a toda esa gente que ha tenido la gentileza de adquirir una obra mía. En especial quiero dejar constancia de que mucha gente de la colonia judía fue la que más me compró. Gracias a ellos estoy en esta posición. Voy a Venezuela y la primera persona que compra mi pintura es un judío, voy a Miami y el primer cuadro que sale es comprado por un judío, es una cosa rara, increíble.

¿Ha hecho algún autorretrato?
Para mi cumpleaños número 80 me hice un dibujo, lo mandé imprimir y fue un regalo para mis amigos que vinieron. He hecho un montón.

¿Cómo evalúa su pintura actual?
En este momento estoy recreando mis vivencias de infancia. Va a llegar el momento en que me sature o me suceda algo doloroso o algo extraordinario y quiera hacer otras cosas. Cuanto más viejo soy, más me pego a la infancia: la visión infantil, la quebrada, corriendo, los árboles doblados, el atardecer siempre presente.

VENANCIO AL CONGRESO

¿Cómo sintió su reciente reconocimiento en el Congreso?
Fue una gratísima sorpresa, de repente salió y allí me encontré con algunos escritores, viejas actrices conocidas. Los amigos son geniales. El Congreso me dijo que podía invitar a la familia y a algunos amigos, y yo dije ¡a las 10 de la mañana quién diablos va a ir! Pero fueron e hicieron una bulla tremenda cuando me llamaron. Un congresista que estaba allí me dijo: «Don Venancio, yo creo que usted tiene ángel para ser congresista, porque apenas lo nombraron, le hicieron una barra tremenda, usted tiene futuro» (risas).

¿Qué metas tiene?
Seguir haciendo lo que más me gusta hacer. Espero poder dejar esta vida haciendo esto. Ahora, me encantaría hacer una obra suficientemente grande para dejarla y hacer un poco de escultura. Tengo unos bocetos, quisiera presentarlos.

¿Cómo ve al Perú?
El Perú siempre ha estado conmigo, en mis viajes. Me acuerdo de que había tres colegas con quienes habíamos viajado a la bienal de Sao Paulo y el único al que se le ocurrió llevar una bandera peruana, fue a mí. Fui educado desde niño para amar la patria.

Recuerdo que antes me sentía un japonesito, pero pasa el tiempo y ya no. Sobre todo cuando regresé de Japón, estaba con los chicotes cruzados. No salía de la casa, subía, bajaba, daba vueltas. ¿Qué hago? ¿Soy japonés o peruano? De pronto escuché un valsecito criollo y exclamé: ¡carajo, sí, soy peruano!

Recuerdo que cuando estaba en el colegio, antes de entrar a la clase se cantaba el Himno Nacional. Les aseguro que quien cantaba con toda el alma, era yo, porque ya no cantaba por Japón, sino por mi patria. Cuando regresé de Japón se confirmó eso. Llevo la sangre japonesa sin duda, es un honor, pero soy peruano de corazón.