Con 47 años de carrera artística, don Yochan Azama nos da cátedra sobre música, karaoke y cultura.
Nació el 8 de julio de 1959 en el Rímac y su debut artístico fue a los 14 años en Radio Lima. Sus padres son Juan y Teresa Azama. Es el mayor de ocho hermanos y es descendiente de la prefectura de Okinawa por sus abuelos.
Está casado con María Esther Uechi, con quien tiene cuatro hijos: John, Peter (Mune), William y Naomi. Asimismo, hace 36 años maneja el negocio que le heredó su padre: la Lavandería City Express.
Quedó en segundo lugar en un concurso de canto en Japón, en 1992, en el que participaron más de 500 cantantes. Fue dos veces presidente de la Asociación de Cantantes Nikkeis y ha ofrecido conciertos en el Teatro Municipal (1988), en el Dai Hall Cultural (1992), en Argentina (1992) y en el Teatro Peruano Japonés (2008) con un unipersonal en el que participaron sus cuatro hijos. «Era uno de mis sueños», nos confiesa. Y lo cumplió.
¿Cómo comenzó con este gusto por el canto?
Inicialmente fue influencia de mis papás y de escuela a la que iba a aprender japonés. Allí me enseñaban canciones infantiles, temas de corte militar que en ese tiempo estaban de moda y canciones de corte popular. Estamos hablando de los 40 o 50.
Además, mi padre cantaba y frecuentaba Radio Lima, posteriormente Radio Inca. El señor Augusto Shozen Irei tenía la Hora Radial Japonesa. Era una radio muy valiente dado que la Segunda Guerra Mundial estaba fresquita y había mucho sentimiento antijaponés.
¿Sus padres fueron víctimas de esta corriente?
Claro. Mis abuelos tenían una chacra grande que todos los días botaba una camionada de plátanos, que les fue expropiada de buenas a primeras.
¿Qué tipo de música prefiere?
Prefiero la música japonesa, sobre todo el enka que es lo que más me motiva. Antes era lo que se llama kayokyoku o música popular. Luego vino el enka que es una mezcla de música popular con temas clásicos que tenían los antiguos japoneses, lo que le llamaban el ryukoka.
El swing, adornos musicales que se hacen a la hora de cantar, se le inyecta al kayokyoku y suena de esa forma. Bastante interesante porque le da vida.
¿Toca usted algún instrumento musical?
Tocaba batería, órgano eléctrico, piano, acordeón y flauta. Actualmente toco guitarra. Todo al oído, no estudié nada de música. Aunque cuando tenía 14 años, luego de haber participado en un concurso de Radio Inca, los amigos de mi padre dijeron que debería tener un profesor. Tuve la satisfacción y el honor de ser brevemente discípulo de don Julio Sato, un gran barítono de nuestra colectividad.
¿Qué música le gusta cantar más?
Enka. Baladas también. La gente siempre me pide que cante Hana y, cuando están con ganas de divertirse, Haishai ojisan. Ambas canciones pertenecen al señor Kina Shokichi.
Pero ya estoy dejando de cantar. Ahora son mis hijos los que participan más. Antes decían «el hijo de Yochan», ahora es «el papá de John» (risas).
Todos sus hijos cantan, pero usted dijo que siente que aún les falta algo.
Todavía les falta. Es que esto de cantar y dirigirse al público algunos lo catalogan como un monólogo, es decir que el cantante está en el escenario y todos tienen que escucharlo. Pero cuando el público que está escuchando le pone interés y se emociona con quien está cantando, se convierte en diálogo. Todavía les falta eso. Lo van a conseguir, pero depende de ellos, hay que ser conciente y tocar tierra, porque es nuestro país es imposible ser profeta en su tierra. Tenemos referentes muy buenos, sin embargo acá son uno más. En cambio, cuando llega un extranjero, llena el Monumental y pagan lo que sea.
¿A qué artistas o cantantes peruanos admira usted?
A Gianmarco, Pedro Suárez Vertiz, Lucía de la Cruz, Eva Ayllón. Me refiero a intérpretes que te mueven el «bobo» por cómo cantan. Pero en compositores me gusta muchísimo Augusto Polo Campos y José Escajadillo.
JAPÓN Y PERÚ
¿Cuándo fue la primera vez que viajó a Japón?
La primera fue cuando nos fuimos con la intención de quedarnos allá en el 62. Al año y cinco meses nos regresamos. Es que en ese entonces Okinawa estaba en poder de Estados Unidos y para ingresar allí necesitábamos visa americana. Y la situación económica en ese entonces era pobrísima. Nosotros acá estábamos muchísimo mejor, pero dado que acá habíamos hecho capital, mis abuelos querían regresar a su tierra triunfantes. Los dekasegi que van y quieren regresar realizados. Pero en menos de un año los ahorros comenzaron a desaparecer y se decidió regresar.
¿Cómo vivió el terremoto japonés del 2011?
Sentí angustia porque las imágenes que veíamos en la televisión parecían sacadas del cine, pero era real. Tremenda angustia porque tenemos amistades en esa zona. Gracias a Dios no hubo desgracias en ese sentido, pero lamentablemente se perdieron muchas vidas.
Al cabo de un año lo que yo siento es admiración. Las comparaciones son odiosas, pero aquí tenemos el terremoto de Ica, ya son cinco años, aún hay problemas y no se ha recuperado nada.
¿A qué cree que se deba esa gran diferencia?
Cultura. Todo es cultura. Por ejemplo, en Japón tú entras o sales de la estación de tren y en las escaleras eléctricas aquel que está tranquilo porque ya llegó a su casa, se pone al lado izquierdo y se deja llevar por la escalera. El que está apurado va por la derecha que está libre.
Acá en nuestro país se bajan como sea o el que está solo pone el pie para que no pase nadie y si tú pides permiso, te dicen «¿estás apurado?». No hay esa mentalidad de pensar por el otro. Eso se llama consideración, pero la gran mayoría no la practica.
Allá siempre están preocupados por el prójimo y eso viene desde la niñez. En el mismo terremoto un periodista latinoamericano observó que un rescatista que estaba repartiendo víveres se acercó a un niño que estaba haciendo cola y le entregó la cajita de alimentos. El niño se salió de la cola, se fue hacia adelante, devolvió la caja y regresó a la cola par esperar su turno. Ya están mentalizados. Eso se llama cultura.
¿Usted se siente más peruano o más japonés?
Las dos cosas al mismo tiempo. Por mí quisiera que la gente vea esas reacciones de los «jaladitos» y trate de imitar lo bueno para mejorar un poco nosotros también. Toda la vida los nikkeis han aportado y han tratado de dar el ejemplo.
PRIMER Y ÚNICO PROFESOR DE KARAOKE
¿Cuáles diría que son sus mayores logros?
En 1992 quedé en segundo puesto en un concurso de canto en Japón y me percaté de qué le interesa a los jurados y es cómo interpretas el tema. Ese es el secreto.
Luego, Luis Sakoda me encomendó que estudiara las técnicas del canto y que me contactara con los profesores. A partir de allí empecé a recibir informaciones de ellos y al cabo de cuatro años, en 1996, me trajeron mi diploma como profesor de karaoke. En el Perú soy el único.
Actualmente dirijo el taller de karaoke en el CCPJ, en la oficina de Fujinkai, todos los sábados de 3 a 6 p.m., hace un año y cuatro meses.
¿Cuál es la diferencia entre canto y karaoke?
La diferencia es que en el canto estudias con partituras, aquí eres aficionado y quieres sentirte estrella. Todo el mundo puede cantar, interpretar es diferente. A partir de allí, varios muchachos han ido a concursar a Japón, tengo varios ganadores.
ASOCIACIÓN DE CANTANTES NIKKEIS (ACN)
¿Cómo se formó esta asociación?
Fue formada por un grupo de cantantes que nos sentíamos afines. Queríamos hacer shows y cuanto mejor agrupados estemos, se pueden realizar más actividades. Antes era la Asociación Nikkei de Artistas Aficionados y abarcaba todo lo que es el arte de la colectividad.
Actualmente la ACN está presidida por Luis Hirota. A todos (los integrantes de la Asociación) los he asesorado en el canto, siempre me ha gustado meter la cuchara.
¿Qué actividades realizan?
Hacíamos una vez al año el tradicional Kohaku Uta Gassen que es una competencia de cantantes hombres contra mujeres. Era una guerra no sólo de canciones sino de «chispazo», sketchs y barras. Era divertidísimo. Se hizo el año pasado. Este año no se podrá realizar.
URGENTE LLAMADO A APJ
¿Por qué no se realizará este año el Kohaku Uta Gassen?
Por que el lamentablemente el Teatro Peruano Japonés, que se erigió con fines culturales para difundir nuestra cultura, se ha vuelto bien comercial y dentro de lo que es teatro es bien pedido por sus instalaciones, facilidades, estacionamiento. Eso ha hecho que sea muy requerido mucho, pero consiguió que nos aleje. No tenemos espacio, tenemos que esperar hasta el otro año que ya hemos conseguido la fecha para poder realizar nuevamente estas actividades.
¿Qué le diría al nuevo presidente de la APJ?
Tengo que conversar con él. Nosotros siempre respetamos todas las actividades que hay, pero no solamente del aire se vive, una institución como el APJ se tiene que mantener, hay que agenciarse de alguna forma, pero de hecho voy a conversar a ver si nos pueden dar un poco más de espacio. De repente cada mes tener un hueco por allí para otras prefecturas que quieran hacer una actividad grande.
¿Qué mensaje le dejaría a la colectividad?
Pienso que la colectividad japonesa necesita más integración, pero eso depende de las autoridades nuestras de cómo se las ingenia para que gente nikkei que está muy alejada de la colectividad miren que estamos allí, que allí pertenecen.
Hoy en día todos los años en la AOP hay una miniolimpiada de integración en que participan diferentes pueblos de Okinawa y cada uno defiende su distrito. Se supone que participan los descendientes de ese distrito, pero se ha extendido tanto la colectividad y se ha mezclado tanto la familia que el hijo no sabe a dónde pertenece.
¿Qué propondría?
Pienso que con el tiempo se debería unificar la identidad. Si quieren hacer un equipo deportivo, ya tendrían que formarlo como símbolo.
A mí me da mucho temor que se pierda la parte cultural y las costumbres. Las tradiciones se van a ir diluyendo y a veces es inevitable porque estamos en otro país. Los descendientes hasta ahora están por respeto, lo preocupante es hasta cuándo.
Mucho depende de la institución matriz, APJ, que desde ahorita vayan definiendo un norte para poder mantener y sostener la cultura, costumbres y valores que tanto necesitamos, y que queremos trasmitir a la cultura peruana. (Grace Gálvez)