Autor: Hoja de Limbo
Parecen dormidos, pero nunca volverán a abrir los ojos. Su padre los observa absorto, como queriendo despertar de una pesadilla, evitando en todo momento la frialdad de la realidad. Abdel Hamed Alyousef acaricia las cabezas de sus gemelos de 9 meses, Aya y Ahmed, dos de las víctimas mortales del terrible gas sarín diseminado por aviones de la armada siria pertenecientes al régimen de Bashar al Asad en la localidad de Jan Sheijun. «Di adiós, bebé, di adiós» alcanzó a decir Hamed mientras sujetaba los cuerpos inertes de los pequeños.
Pero la tragedia para este comerciante de 29 años era aún más grande, además de sus gemelos, perecieron su esposa, dos hermanos y tres sobrinos. Todos con similares síntomas y 10 minutos después de estar conscientes.
La embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley, se levanta de su sillón durante la reunión de urgencia del consejo de seguridad mostrando dos desgarradoras imágenes: la de un niño con los ojos abiertos y en estado catatónico y la de una tolva de una camioneta con más víctimas, entre niños y adultos.
Hasta ahora los integrantes de las Naciones Unidas no se han puesto de acuerdo para lanzar un simple texto de condena de la masacre. El toma y daca de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido contra Rusia por su abierto apoyo a Al Asad han ocupado las discusiones del Consejo de Seguridad. Moscú ha objetado incluso la autoría del ataque al régimen de Damasco y ha señalado que todo no pasa de «falsos reportes», pues sus propios informes de inteligencia concluyen en que la aviación siria bombardeó un almacén donde una filial de Al Qaeda, denominado Al Nusra, estaba fabricando municiones con fuertes agentes tóxicos, las cuales se habrían diseminado en la zona.
Versiones aparte, lo real es que hay 86 personas muertas, más de la mitad de ellas niños y mujeres, y el conflicto civil en ese país acaba de cumplir siete años sin que se aviste alguna señal de paz. Hasta antes de producirse el atentado, el presidente Donald Trump parecía tener una opinión distinta de Bashar al Asad, pero ese parecer terminó por desdibujarse y Estados Unidos acaba de lanzar 59 misiles Tomahawk contra una base aérea siria en Shayrat, tomando partido del conflicto. «Fue una muerte lenta y brutal para muchos, incluso para bebés preciosos, en este bárbaro ataque», dijo Trump desde su residencia de Florida poco después de ordenar el ataque.
Moscú no le ha respondido aún a Washington, pero proteger a Damasco le está saliendo caro. Sobre todo cuando imágenes tan impactantes, quien escribe reconoce haber derramado algunas lágrimas por el destino cruel y sombrío que les toca vivir a los niños sirios sin que ellos tengan un ápice de culpa, sus imágenes inundan las redes sociales y las redacciones periodísticas. Todos saben que Rusia tiene una fructífera relación económica y comercial con Siria, además de militar, pues el régimen de Putin le vende aviones y sistemas de defensa antiaérea.
La lógica estadounidense se apoya en que no están dispuestos a permitir la difusión y el uso de armas químicas mortales, porque ya sabemos que el mal ejemplo siempre termina expandiéndose. Japón fue un caso, cuando diseminaron gas sarín dentro del servicio de aire acondicionado de un tren en la década de los 90. Shoko Asahara fue el temible líder de la secta Aum Shinrikyo (Verdad Suprema) que se adjudicó los atentados y aún espera en el corredor de la muerte. Muchos años después, la inhumana acción se vuelve a repetir en Siria y la condena de la ONU duerme el sueño de los justos.
Nadie esperaba lo de Estados Unidos, pero la misma inacción del Consejo de Seguridad habría empujado a Trump a tomar esta decisión. Varios países sudamericanos han condenado el ataque con armas químicas a través de un documento hecho público desde Torre Tagle, en simultáneo con la cancillería en Buenos Aires. Además de Argentina y Perú, se unieron al pronunciamiento Chile, Colombia, México, Paraguay y Uruguay.