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Dame un beso

Autor: Hoja de Limbo

Una madre de familia peruana que reside en Japón hace más de una década señala que una de las anécdotas más celebradas que ha tenido en todos estos años en ese país es que despide a sus hijos en el colegio con un beso cuando los va a dejar. Las madres de los demás compañeros la miran con atención y extrañeza por ese particular gesto. Entienden que es una extranjera y que probablemente sea una costumbre de su país de origen. 

La historia del beso como tal no encuentra su lugar en la férrea y a veces dura cotidianidad japonesa. Por las calles se puede apreciar a parejas de enamorados tomados de las manos o abrazados, pero casi nunca se ve un apasionado ósculo, al menos no en vías públicas. En la década de los 90, cuando la economía nipona empezaba a sentir el frenazo, era una cosa rara que los que se profesaban amor caminen juntos. Pero el solo hecho de que haya una mirada cómplice delataba una cierta independencia y conquista en el enamoramiento, lo que era impensable en los 80.

A través de una encuesta efectuada por International Press, los mismos japoneses señalan que nunca se darían un beso delante de otros por timidez y por el qué dirán los demás. Refrendan además que les daría igual si una pareja se manifiesta cariño en algún espacio público, siempre y cuando no incomode a los demás. Aquí, como siempre, se conserva la máxima de no molestar al prójimo bajo ningún motivo. Algo que más bien se quiebra a cada momento en Occidente, donde no es una norma.

Las opiniones sobre mensajes o palabras como «te amo» entre el hombre y la mujer tampoco conforman una costumbre entre los nipones. Un dato interesante es que decir a cada momento el popular «Ai Shiteru» termina por trivializar la relación y le quita seriedad y sentido a la afirmación. Solo se profiere cuando el momento lo requiere. Para redondear un poco la idea, los mismos chicos prefieren demostrar su amor a la pareja con las acciones más que con las palabras. No están de acuerdo con el chamulleo, para ser más claros.

Incluso los matrimonios entre personas públicas, como actores o personajes de la televisión, tampoco comparten dentro del guion un beso en vivo. Hay desplazamientos que nos hablan más bien de distancias permitidas como una forma de respeto mutuo. La solemnidad, dicho sea de paso, impone sus condiciones dentro de la propia cultura japonesa. ¿Pero puede darse mayor libertad dentro de la tirante vida de enamorados? La invasión de lo occidental a través de sus diferentes filtros podría provocar algunas fisuras dentro del disciplinado sistema oriental, aunque en los hechos no lo ha logrado.

La prensa española, tan acostumbrada a los escándalos de la jet set, también se ha sorprendido con el beso que el rey Felipe y su esposa Letizia le dieron a la princesa japonesa Masako cuando fueron recibidos en la Casa Imperial de Tokio como parte de la ceremonia de bienvenida, de acuerdo al protocolo oficial, y en la que también estuvieron el príncipe Akihito y la princesa Michiko, así como el primer ministro Shinzo Abe y su esposa. 

Llamada también la «princesa triste» en ese país, la vida de la consorte del príncipe heredero Naruhito tampoco ha sido fácil, y ha pasado por duras etapas depresivas que han resquebrajado seriamente su salud. En las últimas semanas, sus apariciones han sido más seguidas en actos públicos, acompañando a quien, todo parece indicar, en breve se hará cargo de la dinastía japonesa, de manera adelantada ante la abdicación del emperador Akihito por su avanzada edad. 

Desde que a comienzos de la década de los 90 tuvo que ceñirse a la estricta vida palaciega, las ausencias de la diplomática —que mantuvo siempre su independencia laboral— han sido notorias, y la prensa siempre se encargó de subrayarlas. Ese desánimo parece haberse trasladado también a la hija de ambos, la princesa Aiko, quien a su temprana edad atraviesa de manera recurrente recaídas emocionales que la han obligado a abandonar por una temporada sus estudios.

Del otro lado, todo tiende a caricaturizarse. La industria y el entretenimiento para adultos suele cumplir con solemnidad aquello de que todo es superficial y taimado, ya que los besos que las parejas se suelen dar no se condicen con la realidad, sin que exista la menor duda. Los videos musicales tampoco son demasiados pródigos en la repartición de ósculos. Es interesante cómo la cultura del «no contacto» suele, en medio de su rigidez, ser más sincera que la del beso occidental, que se tiene que dar por cortesía a personas que por primera vez en nuestras vidas conocemos y que probablemente no volvamos a ver. Nada es completo por lo pronto.