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26 años sin Yasushi Inoue

Autor: Hoja de Limbo

El pasado 29 de enero Yasushi Inoue (Asahikawa, Hokkaido, 1907-Tokio, 1991), el escritor, poeta y ensayista japonés de prosa exacta, trama fabulesca e histórica, quien profesó el catolicismo y obtuvo el prestigioso premio de literatura Akutagawa, cumplió 26 años de fallecido. Desde su partida, el número de adeptos a su obra ha crecido a ritmo trepidante.

Criado por su abuela Kano, creció en la península de Izu y aunque en un primer momento se pensó que seguiría la tradición de la familia materna de estudiar medicina, prefirió la filosofía y el periodismo a través del trabajo como reportero. Su infancia también fue un cofre de detalles surrealistas: Kano en realidad fue la amante de su abuelo, un médico militar que le encargó la tarea de criar a su entonces pequeña hija Yae, la madre de Yasushi, para que se hiciese cargo de él, en su vejez. Sus primeros años, además, transcurrieron en un ambiente apartado del resto de la familia.

Su trabajo literario, en gran parte, se nutrió de viejas historias familiares que escuchó con atención y cuya principal atracción nacía de lo inexplicable o poco convencional. 

En La escopeta de caza, libro con el que ganó en 1949 el premio Akutagawa, ahonda con maestría la relación de un hombre, Josuke Misuge, con tres mujeres: la esposa, la amante y la hija de esta. A raíz de un poema sobre un cazador, publicado en una revista, un lector le envía al director de la publicación tres cartas dirigidas a Misuge y le pide que después de leerlas las queme.

Las misivas guardan un intríngulis cuyo filón ya debe de preverse con el añadido de que, a excepción de la hija en un primer momento, la traición se convierte en la pauta a seguir en medio de las apariencias: la esposa sabe que Misuge la engaña con su prima. 

En Luna llena y otros cuentos, Inoue vuelve a la carga con tres historias de la vida diaria resueltas con brillantez si consideramos que todo relato se convierte para el autor en un inesperado desafío. En el primer cuento, un periodista al que le han encargado el biopic de un pintor de trayectoria, Keigaku Oonuki, cuyo trabajo ha ido postergando en repetidas oportunidades, toma la decisión de hacerlo, y en el recojo de evidencias e información para armar la historia lo más cercano a la realidad, se cruza con el hecho de que alguien está falsificando sus cuadros.

Hasta en los detalles más nimios, la suplantación es la regla. «(…) parecía evidente que Tekishintei (de acuerdo a la traducción de Gustavo Pita Céspedes, es una palabra que tiene dos acepciones: tekishin es  ‘corazón que gotea’ y ‘corazón que chorrea’; y tei, sufijo que suele añadirse a los nombres de los artistas), el nombre artístico de Keigaku, había sido estampado con un cuño de madera, también a imitación del sello de piedra que usaba el pintor; y, aunque a primera vista había sido imitado con destreza, cuando se comparaban las dos estampas había entre ambas una clara diferencia».

Nadie en sus cabales, puede entender la razón de un falsificador de cuadros cuyo pincel es igualmente magistral, con inevitables pequeñas diferencias que le otorgan personalidad al trabajo. Pero es el famoso Shinozaki, el único amigo de Oonuki, cuyo nombre verdadero es Hara Hoosen, quien envuelve al periodista en esa búsqueda por hallar la justificación. La vida del falsificador, que es como se llama este cuento, es un adagio que suena a trivial, por lo menos en nuestro país, pero que no dejará de sorprendernos.  

Luego está Obasute, que toma el nombre de una montaña hasta donde llevan a los ancianos a contemplar la luna y donde luego son abandonados a su suerte. Se trata de una alegoría de la crisis económica que vivió el país después de la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, tenemos Luna llena, un relato exacto y conmovedor a la vez sobre la prosperidad pasajera de un hombre que después cae en la ruina. Pese a todo, sin embargo, el trabajo de Inoue se sigue abriendo camino frente a Kawabata o Mishima.